[El caso catalán]
martes 29 de junio de 2010, 14:51h
Con haber sido pocas las frases que el señor Companys ha pronunciado, han sido las suficientes para presentamos en desusada condensación injusticias
y errores que exigen inmediata replica, tanto más cuanto que todos hemos reconocido el señor Companys un hombre mesurado y dueño de sus gestos. Me refiero sobre todo a tres cosas que quisiera desde luego enumerar, ya que ahora las tengo bien presentes, no sea que luego las olvide y pierda de vista una vez lanzado a la insegura aerostación del orador.
Es la primera lanzar al Parlamento la queja de que se dificulta en él el logro de las aspiraciones catalanas. La segunda es reclamar perentoriamente la satisfacción de éstas fundándose en que son compromiso de la República.
Por fortuna lo primero se puede salir rápidamente al paso y desestimar la increíble queja haciendo con ella lo que los antiguos marinos del Mediterráneo hacían con el canto de las sirenas para inmunizarse frente a su fatal influjo –que era sencillamente cantarlo al revés. ¡Señores catalanes!, desde que se ha abierto este Parlamento no ha habido asunto que más horas de debate consuma que el vuestro, que más atención, enojos, querellas y hasta peligros haya ocasionado a la política parlamentaria. Desde que se iniciaron los debates constitucionales hizo su aparición en este hemiciclo vuestro tema catalán y apenas si hubo título cuya discusión no demorase, ni artículo en cuyo andar no pusiese traba y complicación. Los altercados parlamentarios de más efectiva gravedad fueron provocados por vuestra exigencia de embutir vuestro Estatuto particular en el cuerpo, genérico y para todos, de aquella ley fundamental, cuerpo que nos obligasteis a retocar y deformar por vuestro empeño de que la Constitución española fuese la prefigura y matriz del Estatuto catalán. La hora más aguda y dramática que aquí hemos vivido , la peligrosa para la República se debió a este inmoderado afán vuestro por no querer adaptaros a la política general de la República, sino exigir, sin claros títulos para ello, que la política republicana se adaptase a vosotros, Y el Parlamento y los Gobiernos y la mayoría y las oposiciones aceptaron todo esto y cedieron a vuestra resistencia con una generosidad que, no lo dudéis, sólo se explica por el tesoro de inspiración fraternal que hacia vosotros, por muy hoscas que nos hagáis las caras, todos sentimos.
Cuando necesitábamos concentrar todo nuestro esfuerzo y nuestra atención en la faena apresurada de crear un suelo a la nueva vida española, un área común de Estado donde todos podamos movemos civilmente y plantar en hora futura, si las tuviéramos, nuestras demandas particulares habéis vosotros detenido todo el proceso lanzando entre las ruedas de la nueva política vuestro tema peculiar, preocupados sólo de él , reduciendo al extremo la colaboración de todos los demás órdenes de la organización republicana del país, sin definir vuestra política respecto a ellos y comportándoos en forma que cualquier espectador imparcial interpretaría como desdén hacia tan graves materias. Imaginad un momento que los otros grupos nacionales hubieran hecho mismo y en la misma medida que vosotros y, como vosotros, se hubiesen mantenido suspicaces, ariscos y cluecos sobre su interés privado. ¿Qué restos de la República quedarían ahora? Al oír la queja de los catalanes no he podido menos de devolvérsela íntegra. Y me da algún especial derecho a ello el que no pueda estarse entre todas mis intervenciones parlamentarias y en todas me he ocupado de Cataluña- una sola palabra que rezume o incube hostilidad, no ya hacia Cataluña, pero ni siquiera a la política de los catalanes que considero más desviada. Con entera lealtad aproveché mis primeras palabras en este Parlamento para aconsejaros que no fueseis en él un islote acantilado, expresión por cierto -aprovecho la ocasión para restaurar sentido- que no se refería a Cataluña sino al cuerpo parlamentario de sus políticos. Porque desde siempre he creído que a las aspiraciones catalanas cabía darles una figura atractiva, de gran resonancia nacional capaz de arrastrar tras sí animadamente al resto del país, quitándole ese aire de perpetuo enojo contra el Estado español, de mordisco a la convivencia nacional.