Menosprecio de la Biblioteca Nacional
martes 29 de junio de 2010, 20:55h
Por razones varias, la Biblioteca Nacional es para mí un sitio cercano y familiar.
Hace ya un par de lustros, mi nombre dio un salto informático y se coló, sin permiso previo, entre los de los empleados de la casa.
Supe de ello por un correo electrónico remitido por un reputado funcionario experto en bibliografía. Quería saludarme, decía, ya que había estudiado en el colegio con mi hermano José Ignacio y desconocía que tuviera una hermana en Recoletos.
Asistí a la cita y, maravillada, vi la lista donde se había aposentado alguien llamado como yo. Educación y Cultura eran, a la sazón, un solo ministerio.
Nunca gocé del privilegio de trabajar allí aunque sí dedico un tiempo muy considerable y placentero de mi vida a leer en alguno de sus pupitres.
El último sábado pasé la mañana en la sala general de lectura de la B.N. Fui la primera en llegar. Antes de las nueve estaba en la entrada, y tuve que aguardar un poco a la apertura de la inmensa puerta de rejería que da acceso a los lectores.
Hay que subir por unas escaleras vigiladas por estatuas de eximios hombres de letras tales como San Isidoro, Alfonso el sabio o Juan Luis Vives, sentados sobre pesados bloques pétreos.
La segunda parte de la sala, la más pequeña, tiene varias mesas con ordenadores, y en ella se encuentran los diccionarios, los clásicos griegos y latinos, los denominados grandes escritores y la colección de la BAC (Biblioteca de autores cristianos).
Me sorprendió encontrar unos cubos azules de limpieza por el suelo, entre los anaqueles, y trapos del polvo a la vista, en los pupitres. Y así siguió toda la mañana.
De forma maquinal, recordé la falta de catálogos en la magnífica exposición, “Memoria de los moriscos. Escritos y relatos de una diáspora cultural”, de la sala hipóstila, al menos la semana inaugural.
Se podrá argüir que la cosa tiene poca monta, y no diré yo lo contrario. Mas resulta difícil desvincular esas pequeñas deficiencias, si se quiere, de la tropelía cometida hace un par de meses a cuenta de los planes de austeridad dictados, de forma sumaria, por el Gobierno.
La directora saliente, una profesional avezada y digna, ha explicado cumplidamente por qué no podía aceptar tal degradación de categoría (de dirección general pasa a subdirección general) para la Biblioteca; asimismo, tilda de surrealistas las razones alegadas como justificación por la titular del Ministerio de Cultura, licenciada en Filología Clásica.
En el último número de El Cultural de El Mundo, podrán ustedes leer, si no lo han hecho ya, una esclarecedora entrevista de Blanca Berasategui a la destituida Milagros del Corral, pues no hay duda de que la dimisión ha sido algo inducido por el dislate de un Gobierno incapaz de distinguir un lugar esencial e insustituible para la salvaguarda y difusión del patrimonio sapiencial de las restantes direcciones generales.
Y así las cosas, transcurridas ocho semanas desde el día malhadado en que se rebajó el estatus de la Biblioteca, se mantiene una acefalía injustificable e ilustradora de la desidia e insensibilidad de los responsables.
Cada uno es hijo de sus obras, insiste el maestro Cervantes, y yo no puedo confiar en quien menosprecia la Biblioteca.