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Grabados de Mercedes Gómez Pablos

Antonio Domínguez Rey
viernes 02 de julio de 2010, 18:41h
De un trazo, el índice en el ojo, la “touche”. Tocar el mundo para aclarar su contexto. El tacto de la visión. Cuando la luz trenza la tela o el papel la absorbe licuándola en cuajo de colores aparentemente planos, sus estrías hienden el tejido orgánico de la materia. Planta, flor o árbol; hoja, insecto, aire seco del grabado. En ellos hilaba el rayo de sol esta urdimbre ahora verjurada. Hay un dramatismo interno de volúmenes sostenidos en lindes por contagio, azul y negro grabados en hueco, o pardo y ocre con pétalos rojos y trazas de huella en superficie, grises larvarios. Sobre el tegumento de la corteza arbórea, la impronta del metal y el giro de la mano. Blancura repujada.

La prensa lamina el espacio y el sello de la emoción se hunde por siempre en los nervios vegetales de la página así impresa. El grabado estampa. En él prende el instante de la presión ya antes afirmada sobre la plancha por el buril o grafo del pincel.

La creación pictórica de Mercedes Gómez Pablos nace ejecutada. Es el momento de la impresión tersa y lírica del gesto espontáneo. Su geometría contrasta con la viveza natural del color, de la raya o del roce de algún elemento mineral sobre otro, o simplemente el grumo que de ello transpira: granulaciones geológicas de vida enverada. La entretela, el entretiempo, su intrasentido. La entraña de la organización perceptible a veces descompuesta. Y sin embargo, con un ritmo maestro de líneas enteras, trabadas.

Los grabados que esta pintora entre mallorquina, madrileña y parisina expuso hace unos meses en la galería Orfila de Madrid sintetizan el orden abstracto de sus comienzos, la sobreimpresión del color orgánico y expresivo en maclas de pintura (techos, muros, paredes batidas por el sol o el brillo de las olas saladas, techos azulados de luna en piano), la sombra que germina, oscura o radiada, el contorno de rostros, bustos, desnudos, como si la forma quisiera figurarse. Y ahora esta urdimbre de luz en planos de música contracta.

Sigo su pintura desde hace años en París y Madrid, principalmente, ciudades a las que acude con cierta frecuencia para mostrar sus creaciones más recientes. La trama del color, el impulso de la línea, el reclamo del volumen, el aire abierto de la exposición insinuada de figuras, el plano mismo, ofrecen una lectura poética cuyo ritmo se expande en concretud de objeto dinámico. Nos recuerda que el límite separa definiendo sobre un continuo graduado de luz en la materia. Luz absorbida por el tono y matiz de los objetos. Y el germen del pintor es el contacto del ojo y la mano en la tensión y pulso sostenido al compás del pincel, quilla del ánimo en las ondas claras, densas, de la existencia. Pintura o grabado que mueve la danza musical de una varija o pluma al dirigir y estampar, respectivamente, pero también superpuestas, la partitura de un cuarteto o estrofas de un poema creacionista.

Mercedes Gómez Pablos crea un ritmo inquieto acorde con el ámbito (mar, urbe, naturaleza, viajes, medio social culto, familia, objetos intimados, mundo artístico) e influencia lírica que siempre vivió desde su amistad con poetas, críticos de arte, intelectuales, periodistas, políticos y profesionales creadores comprometidos con la vida espontánea. A veces la tersura del color corrido desconcierta, el gesto señala lo presente y los motivos (flores -rosas prietas, vidrios estrellados-, aguas, cuerpos -especialmente senos, crepitantes, rostros y torsos-, muros, tapias, fachadas) imponen su franqueza de volúmenes movidos entre flancos de sombras grises, mates, violáceas, negrura azulada o verde oscuro, compacto, donde hablan y turban su límite, reflejo o transparencia. Un giro de torsión oculta y cinglada por el tamiz geométrico de curvas, líneas oblicuas, elipses, círculos, drama e impulso de colores movedizos.

El grabado resalta este efecto de pintura medida y fundida con el ojo en la tensión de dedos y muñeca de la mano, materialmente geométrica. El ritmo mide el arco de retina en movimiento. La escritura del tejido, el zigzag horizontal de la línea, el resto y rastro de una pictografía milenaria. El trenzado de señales primitivas. La nervadura de una hoja impresa en la superficie fósil del suelo que pisamos con la mirada. Ver, estamparnos en la telilla del aire. Tales, ahora, estos grabados.

Técnicamente, la pintura, hasta impresa, de Mercedes Gómez Pablos es digital, no analógica. Y ahí está el supuesto que la inspira y permite entender su arte, la gracia que Ortega y Gasset busca en todo cuadro para comprender el “latente sistema de ocultas preferencias” que lo posibilitan. El entendimiento de una obra artística requiere adentrarse en ella desde las intuiciones que la engendran. Y para ello precisamos un leve ejercicio hermenéutico. Y así procede también en su inicio la ciencia, por extraño que suene.

Hay en Mercedes un dedo, una señal, una arista, un índice que brota de la tierra, de una cinta de color suspendido en la dirección de su traza. El pincel fragmenta cuanto marca pero la cualidad de la impresión reverbera. Señala el ahí del elemento e impregna de mineral materia el acá vivo de su entraña. Y a veces, el labio de una mancha en el recodo vaginal del trazo. Su pintura es erógena, musical y poética.

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

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