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Las complicaciones imperiales de Estados Unidos en el macizo afgano. I: En el reñidero colonial

viernes 02 de julio de 2010, 18:58h
¡Ojo, lector! La separación del general Stanley McChrystal de la comandancia general de las tropas del ejército estadounidense destacado en Afganistán, debe contemplarse desde un doble punto de observación.

Primero, desde el ángulo de los insurgentes, pero también agredidos. Es decir, desde el punto de vista afgano-rebelde o, -si se prefiere adoptar la terminología americana- de los insurgentes contra el gobierno de la República islámica que desde 2004 encabeza Hamid Karzai.

Recuérdese, en principio, que el 11-S espoleó esa mezcla de patriotismo (¿patriotero?) y civismo que se manifiesta con frecuencia en el día a día de la sociedad estadounidense. Los insurgentes, talibanes, aparecieron desde entonces como aliados y encubridores de Ossama bin Laden

De otra parte, la administración Bush II no desencadenó solamente una operación de acoso y aniquilación del régimen de Saddam Hussein en Iraq, sino que también decidió reemprender la campaña afgana que, con anterioridad, los Estados Unidos habían apoyado militarmente en los años 80. Entonces, en aquellos años 80, el antagonista a abatir era el ejército soviético en su condición de invasor de Afganistán (1979-1989), en calidad de garante del régimen comunista de Kabul.

El Estado talibán que logró imponerse a la Alianza guerrillera del Norte, impulsó a la administración Bush a cortejar a un señor feudal -permítaseme este anacronismo- miembro de la casta dominante en el país. Una casta, a propósito, integrada por indómitos señores de la guerra, traficantes de opio a escala mundial, y consumados “mediadores” de trayectoria sospechosa. De aquellos polvos, ciertamente, saldrían los lodos que salpican ahora al gobierno americano, al Pentágono, y a la imagen internacional de los Estados Unidos.

A pesar de los buenos oficios desplegados por Estados Unidos para con los gobiernos de Karzai -reelecto en 2009, aunque en circunstancias electorales poco decentes-, sólo unos cuantos señores de la guerra incluidos por Washington en una “lista negra” (como Hach Musa Hotak y Mullah Arsala Rahmani), han desistido de su fidelidad originaria y apoyan ahora el orden interno que persiguen los mandos americanos, bajo el manto legitimador del gabinete Karzai.

Ello significa que en una sociedad patrilineal como la que constituyen los habitantes afganos dispersos en sus regiones de procedencia, es improbable que éstos bajen la guardia en un país que se encuentra en estado de guerra endémica versus la cúpula gubernamental, y, de paso, contra las tropas del ejército extranjero de turno. Gran Bretaña y Rusia en el pasado, Estados Unidos actualmente.

Con razón ha vuelto a recordar Henry Kissinger que la historia de la resistencia afgana al extranjero es proverbial en el transcurso histórico del país, amén de la constatación de un hecho de peso nunca suficientemente tenido en cuenta: la ausencia de un Estado afgano consistente, aunque sí se trata de una nación socialmente tribalizada.

La apuesta por la “fórmula Karzai” o gobierno de Transición, en cuanto menos mala de todos los males políticos, no da demasiada esperanza al triunfo del Pentágono, ni a su legitimadora ONU, en las comarcas, quebradas y anfractuosidades de Afganistán.

Ante este panorama, el representante de la ONU en Afganistán ha comentado recientemente que “ni los talibanes ganarán la guerra, ni tampoco nosotros”.

Horizonte bélico, por tanto, de empate técnico que no lleva visos de despeje, a corto plazo, ni encaja dentro del calendario que la Presidencia americana estableció a finales de 2009 con decisionismo no muy prudente.

Víctor Morales Lezcano

Historiador. Profesor emérito (UNED)

VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías sobre España y el Magreb

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