La “Libertadora del Libertador” o “Manuelita” como se le conoce a este personaje en los libros de historia, no sólo fue la leal amante de Simón Bolívar sino uno los símbolos del feminismo latinoamericano y una de las piezas claves del proceso independentista de América del Sur, tanto por su activa militancia política como por haber combatido junto al hombre que amó y veneró hasta el día de su muerte.
El Bicentenario de las Américas no sería el mismo sin
Manuela Sáenz. Han tenido que transcurrir casi 200 años para que la historia comience a ver con otros ojos su legado, el cual no se limita ha haber sido el gran amor del Libertador, también es considerada como una heroína en su natal Ecuador. Nacida en Quito en el seno de una familia con apellido y abolengo, Manuelita fue una mujer avanzada a su tiempo, que se involucró de lleno con los ideales emancipadores tanto de Bolívar como los del general argentino José de San Martín, de quien recibió el título de “Caballeresa” de la Orden del Sol de Perú.
Sin embargo, su actitud tan poco convencional, tachada de escandalosa en una época en donde las mujeres eran limitadas a cumplir el papel de esposas dentro de una sociedad que las encorsetaba en elegantes bustiers, ocultos en metros interminables de seda y encaje, le valió ser la protagonista de los cotilleos sociales de su tiempo, sobre todo por haber hecho caso omiso a sus votos matrimoniales con el médico inglés James Thorne para caer rendida a los brazos de
Simón Bolívar y acompañarle en sus campañas.

Ser mujer no impidió que empuñara la espada. Recibió el grado de Teniente de Húsares del Ejército Libertador por su participación en la Batalla de Pichincha y ascendió al cargo de coronela tras combatir en la Batalla de Ayacucho bajo las órdenes del brazo derecho de Bolívar, el mariscal Antonio José de Sucre.
Su incondicional lealtad hacia el Libertador incluso le llevó anteponer su vida para salvarle la de él. El 25 de septiembre de 1828 durante su estancia en el Palacio de San Carlos, actual sede de la Cancillería colombiana, Bolívar fue blanco de un intento de asesinato, que fue frustrado gracias a la rápida acción de
“Manuelita” que se interpuso entre los sicarios para que su ilustre amante tuviera tiempo de escapar por la ventana. Una de las tantas anécdotas, muy al estilo del tumultuoso Siglo XIX, que a lo largo de ocho años avalaron un idilio a prueba de batallas, conspiraciones y la soledad del exilio, mas no inmune a la muerte. En 1830 la tuberculosis se llevó a Bolívar y con este el corazón de la que llamo su “Libertadora”.
Este 5 de julio, día de la firma del
Acta de Independencia de Venezuela, el presidente de
Ecuador Rafael Correa, viajó a Caracas para entregar los “restos simbólicos” de Manuela Saénz, que murió de difteria en Paita (Perú) el 23 de noviembre de 1856, en donde terminó en una fosa común como anónimo testimonio de su destierro.

Cinco mujeres cadetes fueron las responsables de escoltar la caja que contenía parte de esa tierra hacia el Panteón Nacional, lugar en el que yace el cuerpo de uno de las grandes figuras del
Bicentenario.
Aún cuando el acto ha sido objeto de numerosas críticas por parte de historiadores como el presidente de la Academia Nacional de la Historia, Elías Pino Iturrieta o el historiador de la cátedra Pío Tamayo de la Universidad Central de Venezuela, Agustín Blanco Muñoz, que cuestionan el carácter político del homenaje, debido a que tanto
Hugo Chávez como Correa lo capitalizan con fines propagandísticos para reforzar el ideal revolucionario de sus gobiernos ; el mismo no deja de conmover a los espíritus más románticos para quienes estos dos personajes suponen el vivo retrato del
Romanticismo latinoamericano, inspirando la pluma de poetas y escritores como Pablo Neruda, Victor Wolfgang von Hagen o Jaime Manrique.
"El amante en su cripta temblará como un río. Pablo Neruda. A Manuela Sáenz", es la inscripción que reza la placa que ostenta la caja con los restos simbólicos de la que el autor chileno le dedicó “La insepulta de Paita”, que ahora después de casi 200 años se encuentra junto al hombre que desde un balcón le robó su corazón lanzándole una corona de rosas y laureles.