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El secuestro del pueblo catalán

miércoles 21 de julio de 2010, 21:39h
De todos los espectáculos penosos vividos en el Congreso en el debate sobre el Estado de la Nación, el más significativo ha sido el ofrecido por la oligarquía partidaria catalana en las mociones sobre el Estatuto de Cataluña.

El supuesto clamor popular recogido por los partidos catalanes para propiciar aquel Estatuto, hoy claramente cuestionado por su sustancial inconstitucionalidad, era una filfa, un montaje, un invento. La prueba: los partidos que agitaron los sentimientos de los catalanes frente al “agravio” del TC no han sido capaces de ponerse de acuerdo ni en lo que quieren del Estatuto, ni lo que éste significa, ni las consecuencias que se derivan de él.

En realidad, cada uno de los partidos “estatutistas” catalanes quiere una norma diferente, y que ésta produzca diferentes escenarios de futuro. Pero mintieron a su pueblo con su aparente unidad en la lucha por un Estatuto en el que todos rivalizaban para superar el listón más alto, hasta el límite de la ruptura nacional española.

El PSC y Montilla, CiU y Mas, Esquerra Republicana, ICV e incluso el propio y reciente “identitario” catalán, Zapatero y su PSOE, han utilizado el Estatuto de forma calculada para sacar beneficios electorales. Y, para ello, no han dudado en manipular y engañar a los catalanes. En pocas palabras: han usado como rehén al pueblo catalán.

Tan grande no debía ser la reivindicación estatutaria catalana, tan unívoca y tan generalizada, cuando ni los políticos que la han agitado como una bandera pudieron defenderla juntos, porque era una bandera de pacotilla. Por eso votaron unos contra otros, votaron en contra de lo que habían defendido antes, votaron sobre lo que no se votaba. Y, lo más triste para ellos: el gran enemigo de todos, el PP, salió de la sesión como el gran vencedor moral.

El cuatripartito nacionalista no quiere un Estatuto para su pueblo, sino un arma electoral, una pancarta. Y miente cuando afirma que su defensa estatutaria es la defensa de la dignidad de Cataluña, porque Cataluña y los catalanes son muy dignos con éste y con el anterior y con ningún Estatuto. No está en juego la defensa de la dignidad de otros, sino la del bolsillo y la del poder (generalmente, ambas) de ellos mismos, de los presuntos intérpretes de la voluntad popular.

Es cierto que la manipulación propagandística surte efecto, y hay ahora muchos catalanes bienintencionados que se sienten irritados por este proceso. Muy pocos necesitaban hace cinco años un Estatuto. Pero los partidos nacionalistas y asimilados (como el PSC-PSOE) sí lo consideraban vital para sus intereses y han logrado que una parte de la ciudadanía catalana vea ahora normal la reivindicación, y se enfade con el Tribunal Constitucional por ponerla en cauce.

Mejor haría el sensato pueblo catalán en mirar a su alrededor y descargar su furia contra su clase política nacionalista, que le ha vendido una burra ciega. Más aún, una manada de burras ciegas, cada partido la suya. Y ahora se descubre, porque cada uno quiere embolsarse el dinero de toda la manada.

Cataluña tiene bastantes problemas, como el resto de España. Pero, algunos son propios y especiales. El principal, los dirigentes políticos del Tripartito gubernamental y de CiU y su vergonzosa manipulación de los sentimientos populares hacia el distanciamiento, el victimismo, el agravio y hasta el odio frente al resto de los españoles.

No deberían vencer en esa empresa, puesto que hay afinidad interna entre los españoles, porque en el conjunto de España se quiere y se admira a Cataluña, porque en Cataluña hay sentimiento de hermandad con los vecinos y porque estamos todos demasiado mezclados como para buscarnos inexistentes diferencias. Pero, sí hay riesgo, por la agitación manipuladora identitaria, pues hasta el nacional socialismo alemán se hizo creíble en sus atrocidades gracias a la propaganda de Goebbels. Y hay riesgo de reacción hacia estas provocaciones por parte de los demás españoles que tampoco son inmunes al trazo grueso de la confrontación vecinal.

La mayor ventaja que contamos para el mantenimiento de la convivencia en España es el infinito egoísmo y la ambición desenfrenada de la oligarquía política nacionalcatalanista. Y su no menos espectacular torpeza.

Algún día, una mayoría de catalanes les pedirá cuentas por el intento de secuestro que ha sufrido, que aún sufre y que probablemente sufrirá mientras la banda partidaria vea posibilidades de cobrar el rescate. El del tres por ciento, claro.
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