La temporada 2009-2010 ha ofrecido imágenes históricas para este deporte como las exhibiciones del mejor Messi, la victoria española en el Mundial de Sudáfrica o los goles de Milito en la final de la Champions para devolver la gloria al Inter. Sin embargo, este año también ha hospedado una preocupante inercia entre los profesionales del balompié. La revolución que generó la infidelidad de John Terry –que le costó la capitanía de su selección- ha resultado ser un aperitivo en vez de punto y final. El coqueteo de algunos jugadores brasileños con los narcotraficantes de las favelas de finales de 2009 se ha transformado en una red de orgías aliñadas con drogas y prostitutas, destapada la pasada semana. Para completar el paisaje explota el “caso Zahia” con Ribery y Bezema imputados. Además el nuevo presidente del Mallorca es denunciado por acosar sexualmente a una empleada. El balance describe una situación complicada cuando falta un mes para que arranque el nuevo curso.
El universo futbolístico ha guardado con tradicional firmeza un lugar especial a los genios capaces de poner en pie a todo un estadio e innovar en este deporte, y con una vida privada oscura y repleta de borrones en su expediente existencial. Casos como el de
George Best -uno de los mejores extremos de la historia, idolatrado en las islas británicas y protagonista de innumerables altercados por su problema con el alcohol- se amontonan en la memoria colectiva del balompié que encumbra a los iluminados que se desvían del camino correcto.
Garrincha -amante de la vida nocturna al que se le atribuían 36 hijos-,
Gascoigne -talento puro e irrefrenables adicciones-, o
Cantona -elegante sobre el césped y “polémico” fuera de él- tienen su sitio en la historia del fútbol.
Sin embargo el perfil de los protagonistas de las rocambolescas historias que han oscurecido el brillante curso 2009-2010 son bien distintos a los míticos genios perdidos. La diferencia más sustancial es que los casos actuales se relacionan estrechamente con el apartado sexual y las drogas, mientras que sus “predecesores” se nublaban con el alcohol. La gravedad de algunos acontecimientos relacionados con futbolistas y la extraña inercia acontecida en los últimos 12 meses han convertido en preocupante la situación que atraviesa el deporte de la pelota.
Los dos últimos episodios constituyen un ejemplo claro de la gravedad que se ha alcanzado. El más cercano temporalmente, destapado por la televisión brasileña
O Globo la semana pasada, es el “climax” del desmadre futbolístico. Futbolistas y ex futbolistas cariocas -entre los que se encuentran jugadores internacionales actuales- participaban en fiestas de 48 horas, en las que el
consumo de drogas y las prácticas sexuales con prostitutas y estrellas del porno era el menú. Tan solo ha habido un deportista que ha reconocido su participación,
Renato Gaucho. El ex profesional de fútbol ha explicado que “ es una práctica habitual en este ambiente”. Además, la cantante
Suzana Pittelli ha asegurado que los futbolistas pagaban miles de dólares para conseguir la presencia de alguna chica en la fiesta.

La noticia ha provocado una conmoción espectacular en el país sudamericano que ha visto como su ilustre combinado nacional caía con estrépito en Sudáfrica, como el seleccionador dimitía ipso-facto, y como la seriedad de los deportistas del país queda de nuevo en entre dicho. Todo ello en menos de un mes. El aviso y fuego de apertura en este annus horribilis lo protagonizó el delantero
Wagner Love en febrero de 2010, cuando fue descubierto acudiendo a una fiesta en una de las favelas más conocidas, la
Rocinha, acompañado por narcotraficantes. Junto a él,
Adriano, el díscolo delantero, ya efectuó otro coqueteo con el narcotráfico carioca en 2008. Compró una motocicleta de 20 mil dólares y la puso a nombre de la madre de
Paulo Rogerio de Souza Paz, alias “Mica”, uno de los jefes de las favelas de Chatuba, Sereno y Caracol. Además, la policía detuvo el pasado año al narcotraficante
Richard Alex da Silva Martins 'Gigi' -considerado como uno de los capos de la "mayor y más organizada" banda de narcotraficantes de la capital del estado de Río Grande do Sul- en la casa de Porto Alegre del jugador del Manchester United
Anderson.

En Europa encontramos otro tipo de altercados relacionados con los profesionales del balón. El más reciente ha sido la denuncia que ha sufrido el
recién nombrado presidente del Mallorca. El también embajador de España en Austria, Josep Pons, ha sido acusado de acoso sexual a una empleada durante su estancia en el país centroeuropeo. A pesar de la polémica suscitada por haber adoptado el cargo de mandatario del club balear,
Pons ya ha confirmado su permanencia en el puesto. Desde luego que no es el mejor arranque de la persona que debe poner orden en un club destrozado por la inestabilidad económica de los últimos años.
La bomba del verano en el balompié europeo estalló en Francia, la protagonista negativa en el Mundial de Sudáfrica. La denuncia en este caso se dirige a dos de los futbolistas de más calidad y proyección del deporte galo:
Franck Ribery y Karim Benzema. El cargo por el que ya están imputados,
proxenetismo. La acusación explica que los jugadores solicitaron los servicios de la prostituta menor de edad
Zahia. La joven explicó que fue contratada en el Café Zaman, en la zona de los Campos Elíseos parisinos. El juicio se pospuso hasta el mes de julio por la participación francesa en el torneo mundialista.
De ser inculpados, los jugadores de Bayern de Múnich y Real Madrid serían castigados con
tres años de cárcel y 45.000 euros de multa cada uno, tal y como recoge el código penal francés. El presunto desconocimiento de la edad de la prostituta por parte de los deportistas podrías ser decisivo en la decisión final del tribunal. Esta es sin duda la guinda perfecta a la actual situación del fútbol francés que, tras hacer historia en lo negativo en el Mundial -con revolución interna incluida- y con destitución casi popular del seleccionador, podría ver como dos de sus mejores jugadores van a la cárcel o se libra de milagro.

El paisaje del fútbol internacional, lleno de claroscuros, queda completado con uno de los casos más estridentes de infidelidad en el deporte británico.
John Terry engañó a su mujer con la novia de un compañero de selección, Wayne Bridge. Las consecuencias:
Terry pierde la capitanía en la selección y Bridge renuncia al Mundial por principios. La prensa inglesa emprendió una de las campañas de derribo a un deportista más espectaculares jamás vistas. Desde noviembre de 2009, todo el mundo pudo saber también que el padre de John trató de vender cocaína a un redactor inglés y la madre robó en una gran superficie londinense. Además, el ex-capitán de Inglaterra fue sorprendido cobrando por guiar visitas de aficionados por los pasillos del estadio y campos de entrenamiento del
Chelsea, por supuesto a espaldas del club.
El panorama que deja esta inercia en el mundo del fútbol es rotundamente pobre, árido. En una temporada en la que se ha podido disfrutar del mejor
Messi y su nacimiento como astro comparable a Maradona, del
primer Mundial en la historia de España y de la recuperación de gloria del
Inter, más de tres décadas después, la imagen de este deporte ha quedado erosionada de manera muy notable. La relativa comprensión mezclada con lástima que acompaño a jugadores como George Best o Garrincha ha quedado obsoleta para los rocambolescos acontecimiento que en los últimos 12 meses han convertido el balompié en materia de sucesos más que de deporte.