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reseña

David Grossman: La vida entera

sábado 24 de julio de 2010, 14:39h
David Grossman: La vida entera. Traducción de Ana María Bejarano. Lumen. Barcelona, 2010. 807 páginas 22,90 €
David Grossman (Jerusalén, 1954), escritor, articulista y activista político israelí, tiene una larga experiencia como narrador de historias, cuya calidad ha quedado contrastada en novelas como Llévame contigo o La memoria de la piel. Sin embargo, con la publicación de La vida entera alcanza probablemente el punto álgido de su carrera, con una narrativa que algunos han considerado imprescindible de la literatura de estos comienzos de siglo.

La vida entera es un relato áspero, duro, cruel, pero en contraste a lo que pudiera parecer, rebosante de energía, de sentimiento y de ternura. Una composición de tanta complejidad que solo puede encontrarse en perfecta combinación si esta se realiza con la finura y la destreza de un autor que, junto con Amos Oz, está considerado como uno de los autores contemporáneos de referencia.

A través de esta historia, Grossman pone blanco sobre negro las imperfecciones del hombre y las relaciones humanas, expuestas en la persona de Ora, una mujer que, tras haber visto marchar a su hijo Ofer al frente de batalla sin poder hacer nada por impedirlo, inicia un largo peregrinaje cuya única finalidad es evitar que alguien pueda comunicarle la muerte de su hijo. A través de esta huída hacia adelante, el lector no sólo aprenderá a comprender a Ora, sino que acabará por acompañarla, junto a Abram, página a página, en su largo deambular por las tierras de Israel, descubriendo en ella a una mujer que –en palabras de Paul Auster– no tiene nada que envidiar a la Bovary de Flaubert o la Karenina de Tolstoi.

Una historia desgarradora, que achica el corazón hasta los límites de la resistencia humana, y que es fruto de la propia experiencia del autor, quien, a punto de concluir la obra, recibió la devastadora noticia de la muerte de su hijo Uri en el frente de batalla durante la guerra del Líbano de agosto de 2006. Grossman no consiguió, como el mismo advirtió que pretendía, proteger la vida de Uri a través de la historia de Ora y su vástago Ofer. Sin embargo, con su prosa, experta en ahondar en las profundidades de la turbación, única en reflejar las contradicciones de la condición humana, repleta de miserias y mediocridades, pero para la que todavía cabe un destello de esperanza, Grossman ha conseguido acercar al lector hacia una realidad muy diferente a la conocida sobre el conflicto israelí. Una realidad que casi siempre ha llegado a nosotros deformada por la confluencia de dos visiones antagónicas e irreconciliables, pero que esconden tras de sí un reguero de dramas humanos que no entiende de razas ni de religiones, sólo de muerte y desolación. Una realidad diferente y expuesta sin contemplación al dolor humano que, pese al golpe emocional que supuso la desaparición de su hijo, Grossman ha decidido dar a conocer, sirviéndose para ello de la singular experiencia de Ora. Bienvenida sea.

Por Carlos F. Ojea
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