De las provincias
jueves 29 de julio de 2010, 19:35h
Don José Miguel de Azaola publicó en 1972 el primer tomo de su libro Vasconia y su destino, del que aparecería en 1976 el segundo, ahora en dos volúmenes. Se trata de exponer su idea del País Vasco, pero enmarcado en una España reordenada territorialmente. Así la Vasconia de 1972 lleva el subtítulo significativo de “la regionalización de España”. Azaola considera el problema de la reorganización territorial del Estado, remedando a Ortega, el “tema de nuestro tiempo”. Acertadamente en la propuesta de Azaola se relaciona democracia y descentralización, reparándose más en la dimensión plural de los integrantes del Estado que en la reorganización del mismo.
A mi juicio las consideraciones de Azaola sobre la regionalización de España son de una pertinencia asombrosa y prefiguran con sorprendente exactitud el orden autonómico constitucional, pero no sólo en el diseño sino en el devenir mismo de nuestra forma territorial. Sin embargo en este recuadro no quiero referirme a este particular, sino a su idea de la provincia, sobre la que el autor vasco reflexiona al tiempo que expone la visión de la misma que se deduce del libro de Ortega al respecto.
Azaola no contrapone a la regionalización la provincia, pues no comparte las tesis de muchos sobre su carácter artificial y aun dañoso. Azaola ciertamente no se ensaña con las provincias, desde luego no con las Vascongadas y con Navarra, pero tampoco está dispuesto a exagerar las críticas contra su artificialidad o arbitrariedad. No son, como las francesas, producto de una mentalidad de regla y cartabón, esto es, el sueño de un burócrata: denotan un cuidado por asegurar cierto tamaño y variedad, pues muchas tienen una extensión, que acompañada de una población adecuada, habrían suministrado soporte para el protagonismo político. Pero no son la unidad local óptima, cuyo lugar ocupa la región “cuatro o cinco veces mayor que ésta (territorial, económica y demográficamente). La región es la base adecuada de la indispensable descentralización”.
Azaola inteligentemente llama la atención sobre la actitud de Ortega, “madrileño de pura cepa” que divide, como se hace en Francia con París, España en Madrid y las provincias y que escribe un libro sobre la descentralización La redención de las provincias pero no exactamente a favor de las provincias, que son un fracaso como expresión de la vida local, y que no sirven de intermediarias, según Ortega, entre “la vida de la aldea y la gran vida nacional”. Lo que han de ponerse en pie, según el filósofo madrileño, son las grandes comarcas (nueve o diez), o sea las regiones, núcleos que sirvan a los ciudadanos para “apasionarse y entrenarse”. La comarca como estructura política revitalizaría la nación y mejoraría la participación de los españoles en la vida democrática.
A Azaola el ataque de Ortega a las provincias le parece excesivo, pues tiene, como decimos, una visión más benévola de esta circunscripción política. Quizás Azaola desconfía de los planteamientos abstractos y sistemáticos o doctrinarios de Ortega.
En cualquier caso las observaciones de Azaola sobre Ortega, omiten la referencia a los puntos de vista de Azaña, que es , como se sabe, en este tema el reverso de Ortega, y no resaltan el acierto de Ortega al justificar desde la democracia el federalismo. Según es conocido Ortega abominaba de este concepto, pues creía que el problema de la soberanía no tenía solución verdadera en el Estado federal; y en todo caso, no admitía más que los federalismos de integración, que llegan al Estado común desde los Estados miembros preexistentes, pero no lo que yo llamo federalismo de descentralización o devolución, esto es, cuando la forma política federal sucede al Estado centralista.
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Catedrático
Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.
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