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De previsiones y augurios (u ordenadores frente a cefalópodos)

José Enrique Rodríguez Ibáñez
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jerodríguezelimparciales/12/2/12/24
domingo 01 de agosto de 2010, 20:01h
Pocos días antes de que comenzara el recién clausurado Mundial de fútbol, leí en el International Herald Tribune que una simulación realizada mediante un sofisticadísimo programa informático daba ganadora a la selección española frente a la brasileña, en partido ganado por 1-0, con gol solitario de Villa. La verdad es que no estaba nada mal hecha la previsión: España ganó el encuentro final por 1-0, Villa fue el principal goleador a lo largo del conjunto de partidos y la finalista frustrada lo podría haber sido de no mediar la artera y escasamente deportiva selección holandesa. Sin embargo, al menos que yo sepa, este pronóstico con visos de cientificidad no ha tenido eco mediático alguno.

¡Qué diferencia con la fama alcanzada por un pulpo que, ignorante de las veleidades y emociones colectivas de los humanos, se lanzaba a elegir golosina a su albur, tomando involuntariamente partido (nunca mejor dicho) por una u otra enseña nacional! Lo que seguramente empezó como hallazgo magistral de marketing de un avispado gerente de acuario ha terminado dando la vuelta al mundo y produciendo un variopinto corolario de anécdotas.

Todo pasará, sin duda, cuando los días empiecen a acortar y la rutina laboral vuelva a mostrar su cara torva allá por Septiembre. Pero lo que ha ocurrido en estas breves semanas de jolgorio estival debería hacernos reflexionar una vez más sobre nuestra contradictoria e imperfecta humana conditio. Resulta que no confiamos en el valor de las creaciones tecnológicas y, en cambio, sucumbimos al encanto de los viejos augurios de raíz cosmológica o animal. Dudamos de los ejercicios de razón y no tanto de los mensajes oscuros que emanan de la naturaleza y los compañeros de viaje evolutivo. Apostamos por nuestra estrella individual (cualquier persona medianamente versada en los intríngulis de la opinión pública sabe, recordando a Cantril, que en los sondeos los individuos suelen valorar positivamente su futuro individual y negativamente el de su país), por más que soñemos con un plus de baraka o fortuna que la haga viable.

Un ilustre “compatriota” del simpático y tentacular augur, el pensador alemán Theodor W. Adorno, escribió a mediados de los años cincuenta un ensayo llamado “Las estrellas a ras de suelo” (“The stars down-to-earth”), dedicado a analizar la sección de horóscopos zodiacales del Los Angeles Times. Allí, este severo crítico cultural creía ver un doble síntoma: por un lado, el éxito de la sección periodística reflejaría cómo el incipiente consumismo norteamericano dotaría a la cultura popular de un paulatino abandono de la mitología heroica que habría venido poblando el mundo del cómic y los seriales en la época de preguerra; por otro, el carácter pasivo y admonitorio de los horóscopos daría cuenta a su manera del clima de ansiedad y fatalismo propio de los años de guerra fría.

A casi seis décadas vista, la iconografía del augurio ya no casa con esas visiones proclives a lo dramático. El gusto por lo paranormal permanece pero sus escenarios, globales y posmodernos, son otros. Eso sí, aun siendo festivo, dicho gusto o regusto habla muy elocuentemente de nuestras limitaciones. Reducimos la escala del temible cefalópodo gigante que amenazaba la navegación del Nautilus, renunciando así a la estatura protagónica del capitán Nemo. Domesticamos las selvas soñadas y las aventuras de toda laya de Stevenson, Conrad o Salgari, limitándolas al césped rectangular de un estadio embutido en los márgenes del televisor. Y esquivamos los pronósticos de la ciencia social, máxime si, como en el presente, predicen vacas flacas.

Esta curiosa bipolaridad afecta a todos y cada uno de nosotros (¿acaso usted, querido lector, no respiró aliviado como un servidor cuando el pulpo escogió la enseña española?), incluidos los más altos dirigentes políticos, económicos, culturales o religiosos. Así quedó patente en el transcurso de las sesiones de ese exclusivo club llamado G-20, en las que las “vuvuzelas” y las pasiones tribales interrumpían los debates sobre el nuevo orden financiero.

Se trata, en definitiva, de algo que ya recogía muy sabiamente aquel viejo dicho gallego que reza: “no creo en las meigas pero haberlas, háylas”. Vayamos atentos, pues, no sea que nos crucemos con la santa compaña. Pero, ¡ay!, vayamos atentos también a los estudios de prospectiva del Banco de España y del Fondo Monetario Internacional.

José Enrique Rodríguez Ibáñez

Catedrático de la UCM

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