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La soledad sonora

miércoles 04 de agosto de 2010, 19:21h
Hace años que dejé de viajar en verano. En parte porque circunstancias familiares impusieron tal medida. Pero también porque descubrí ésa que Juan de la Cruz llamaba la soledad sonora. Me refiero al hecho de que estar a solas, en un lugar recoleto y un tanto apartado de los precipitados vaivenes sociales de los meses anteriores, producía en mi espíritu (y en mi corporalidad) una serenidad tan intensa que era capaz, de nuevo, de re-encontrarme conmigo mismo y, así, ser capaz de rehacer mi agenda interior, un tanto trastocada en nombres y en citas durante otoño, invierno y primavera.

El culto al yo, fuente de agobios sin remedio, es sustituido, durante estos breves días, por ese otro culto a la verdad, sumergido bajo el peso de lo urgente, de lo estresante, de lo engañoso. La soledad sonora. El descanso absoluto.

Esta experiencia la vengo realizando en un pequeño pueblo mallorquín de nombre Valldemossa, cercano a Palma, la capital isleña. Es un lugar situado en la Sierra de Tramontana, al oeste de esta isla tan bella. Un pueblito en el que naciera la única santa mallorquina, Catalina Thomás, pero en el que pasaron una breve época Chopin y su amiga George Sand, donde infinitos pintores han intentado captar sus verdes montañosos y sus azules marítimos, estando como está, a cuatrocientos metros sobre el mar y rodeado de una belleza arbórea dominante.

Durante el día, turistas. Desde las siete de la tarde, el pueblo-pueblo, sus gentes, sus palabras amigables, y sobre todo, la soledad llena mi memoria. Largos paseos, algunos baños en el Mediterráneo, y escapadas a la Ermita de la Trinidad, donde cinco hombres silenciosos oran y laboran. Nada y todo.

Y con frecuencia, me encuentro con Dios. Esa maravillosa sonoridad de la soledad. Y me re-siento hombre. Pruébenlo.

Norberto Alcover

Profesor de la Universidad Pontificia de Comillas

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