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Sin Julián Lago, un año después

David Felipe Arranz
sábado 07 de agosto de 2010, 18:29h
“Jimmy Jiménez Arnau te va a empitonar esta noche”, le comenté a Julián en los pasillos de Telecinco tras observar la actitud esquiva del contertulio del programa La Noria cuando llegamos a los estudios presididos por Paolo Vasile, pues Jordi González iba a entrevistarlo por la reciente publicación de Un hombre solo. Casi unas memorias (Styria). “Son imaginaciones tuyas –me contestó seguro–: Jimmy me pidió como un favor personal que lo llevara a ‘La máquina de la verdad’ porque le hacía falta dinero: le conseguí un buen contrato y siempre le di trabajo en las revistas”. Cuando Julián se sentó frente a Pilar Eyre, Pepe Calabuig y Jiménez Arnau, el respeto y admiración de los dos primeros por Julián se trocó en vulgaridad y en agresividad en el último, con frases como “con este libro no vas a vender ni moco”, “como poeta no vales nada” y “a ti quién te peina”. Aquella noche el ex marido de Merry Martínez-Bordiú Franco se definió solo, cubriéndose de gloria ante un Julián pacífico y melancólico, de vuelta de todo, que acusaba una grave enfermedad circulatoria que apenas le dejaba respirar: ocho bypass y un aneurisma aórtico le trenzaban por dentro un delicado recorrido sanguíneo. Me quedé con muchas ganas de decirle unas cuantas cosas al alterado personaje que tira de la Noria: lo guardo para mejor ocasión.

Me viene a la memoria este recuerdo, entre otros, cuando recorro las galerías de los dos últimos años que pasé junto a Julián, en su última aventura madrileña y a su regreso de Salamanca, de donde venía de dirigir la Tribuna de Salamanca, diario que abandonó voluntariamente porque su presidente, Mariano Rodríguez, difería en cuanto al criterio periodístico sobre la primera página de Julián, “el mejor hacedor de portadas del mundo” en palabras de Alfonso Torres. Rodríguez le discutía a Julián los titulares y Julián, defensor a ultranza de la verdad, no lo podía sufrir: “Era ir contra mis principios: si a la redacción me llega un informe sobre las costumbres sexuales de los salmantinos o la corrupción política y empresarial de algún cacique regional y lo considero novedoso o informativamente relevante, yo tengo la obligación moral de publicarlo”.

Estas continuas discusiones agravaban su estado de salud, alterando su tensión arterial de forma alarmante, al punto de que el cardiólogo le prescribió que abandonara inmediatamente la dirección del rotativo. Apasionado Julián. Valiente Julián. Temerario Julián. Todo un carácter: combinación única de un extraordinario sentido del humor y de momentos de extremo rigor, especialmente cuando la ética profesional –y humana en general– quedaba en entredicho. Arriesgando su propia salud se plantaba ante el morlaco de la actualidad con un periódico como capote. Julián Lago, “El revoltoso”, el novillero que se iba de chiquillo al alba a dar capotazos a la finca del marqués de Alonso Pesquera. Le facilité un dvd donde se veía cómo Julián, en la década de los años 90, todavía toreaba con gracia en una capea celebrada por los antiguos alumnos el Colegio San José de Valladolid. Sé lo que hubiera pensado sobre la reciente prohibición de las corridas de toros aprobada por el Parlamento catalán: lo hubiera entristecido aún más, guerrillero del albero como era, defensor de la tauromaquia como patrimonio cultural de esta tierra y sector productivo de regiones como la extremeña.

Su voluntad murió en Paraguay la noche del 3 al 4 de agosto, en el Centro Médico Bautista de Asunción; yo esperaba la llamada de la doctora: tras una lucha feroz de dos meses y medio, Julián había empeorado, sus riñones no filtraban y se estaba hinchando de manera desproporcionada e intoxicándose por dentro. Acodado sobre la mesa de cristal de mi comedor, me mantenía a la espera: el teléfono me sacó de mi sopor a las cuatro y diez de la madrugada y parecía que el terminal móvil ya me gritaba que mi tío se había marchado, que ya no podía batallar más, que esperó lo que pudo a un costoso avión medicalizado que no llegaba: me sonó clavándoseme en el alma y no podía tragar saliva. Dicté la noticia a EFE como pude: se me iba la voz.

El 8 de agosto de 1975, hace ahora 35 años, Maribel Rodicio entrevistó a Julián en la sección “Tres minutos” de El Norte de Castilla, periódico que acababa de abandonar para irse a trabajar al Grupo Mundo: “No he dejado nunca de ser periodista, pero cada día soy más periodista político, a Dios gracias, porque pienso que pobre del periodista de estos días que no se comprometa con la realidad social. […] Estoy plenamente convencido de que se va a un periodismo político, que tomará cuerpo cuando las plenas libertades democráticas sean una realidad en España”. Fue un investigador durante toda su vida de la verdad de las palabras “arrancadas en el tira y afloja de la interviú”, como le gustaba decir; un amasador del pan y la sal del diálogo que daba a la columna periodística sabor, aroma, forma y color.

Cuando volvimos en el coche de la entrevista de Jordi González, cerrada ya la madrugada sobre el cielo de Madrid, Julián me miró y después de un silencio que se sumó a la decepción, me dijo: “Tenías razón al advertirme de las intenciones de Jimmy, pero… ¿por qué lo habrá hecho?”. Hace un año que no comparte conmigo los más altos secretos de las políticas del país. Julián sabía que, después de todo, sin terminar está la historia de su “España Transitiva”.

Gloria, a Julián, es la que todos le deben. Un destierro voluntario para ayudar a los niños guaraníes en Simón Bolívar con su carne ubérrima llenó su alma fatigada, yerto antes su corazón y herido de muerte por una profesión por la que había dado todo. Su aventura del amor también había sido, como el periodismo, una broma absurda y pesada. Hoy, sin él, siento tedio y hastío por este periodismo de péndulo lento y me muerden el tuétano sus últimas soledades entre las multitudes de Madrid. Hoy, sin las claridades de sus ojos zahoríes, la boca me sabe a sangre y a la sal de las lágrimas, buscando también el lienzo soñado de la verdad. Pero aunque no pueda volver, Julián nos hace falta más que nunca.
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