crítica
J. M. Coetzee: Verano
sábado 07 de agosto de 2010, 23:38h
J. M. Coetzee: Verano. Traducción de Jordi Fibla. Mondadori. Barcelona, 2010. 255 páginas. 18,90 €
Es difícil saber si estamos ante una auto-biografía disfrazada de novela o ante una novela que se pretende la autobiografía de John Coetzee, sujeto paciente de la narración que contiene el libro que comentamos. Si nos atenemos a la autoridad de la nota de la contraportada, se trata de la tercera parte de las “memorias” que ha ido escribiendo Coetzee, el premio Nobel sudafricano, en los últimos años. Sería ésta la tercera entrega que nos llega tras Infancia (1997) y Juventud (2002). Pero hay una diferencia sustancial con respecto a estos precedentes: en ellos subsiste una voz narradora que, aunque en tercera persona, organiza el relato, y, sobre todo, sabe de qué va la vida. Por ejemplo, el narrador hace afirmaciones del siguiente tenor: “En un mundo perfecto, sólo se acostaría con mujeres perfectas” (Juventud, Mondadori, 2002, pág.39). Ahora, sin embargo, el artificio narrativo es mucho más complejo y, por decirlo así, descentralizado.
Después de la muerte de Coetzee, un joven investigador académico se enfrenta a la tarea de reconstruir un puñado de años de su vida, concretamente desde 1971, año en que vuelve a Ciudad del Cabo, después de haber cursado estudios en Estados Unidos, de donde al parecer fue expulsado, hasta finales de los setenta, cuando publica su primera novela y comienza a hacerse una reputación literaria. Para ello entrevista a cinco personas, cuatro mujeres y un hombre, profesor de Universidad, con que el que el protagonista del relato tuvo amistad. Las voces femeninas se supone que han tenido una relación, muy próxima, incluso íntima, con él. La selección de los informadores la ha establecido el autor de las entrevistas basándose en las notas personales, diarios y cartas del novelista. Si prefiere reconstruir su peripecia biográfica a partir de la narración de los entrevistados y no de la interpretación del material biográfico es por la curiosa razón de que, como escritor, Coetzee es “un creador de ficciones”, a lo que le responde irónicamente la última de las entrevistadas, Sophie, que “todos somos creadores de ficciones”. En cualquier caso, el investigador, cuyas entrevistas leemos dentro del libro escrito por J. M. Coetzee titulado Verano –en ningún caso se dice que éste sea el John Coetzee de la narración–, apuesta por una reconstrucción de perspectivas múltiples, incluida la del propio yo biografiado que comparece bajo la forma de extractos de sus cuadernos de notas que se “copian” al principio y al final.
Es claro que Coetzee no cree ya en los privilegios de una voz narradora omnisciente ni considera que su propio punto de vista sobre su vida tenga por qué ser más veraz que el de los otros que la han compartido. Si comparamos estas “no-memorias” –ya Malraux escribió unas “anti-memorias”– con una de las más famosas, las del Caballero Casanova, nos encontramos con que en éstas, el yo habla con sabiduría de las mujeres, mientras que en aquéllas, las mujeres hablan de un yo al que apenas conocen. Una de las cosas en la que coinciden las distintas voces narradoras es en que no hay anécdotas que contar.
Y sin embargo, sospechamos que Verano es algo más que una “novela” urdida sobre la “materia de vida” del Sr. Coetzee, profesor y novelista de éxito. La tentación de afirmar que estamos ante la “de-construcción” del género auto-biográfico es demasiado fuerte, dado que la crítica ha encasillado los procedimientos narrativos de nuestro autor como típicamente “post-modernos”. Sin embargo, me atrevo a sugerir que es otro género, el de las “confesiones”, el que es “ironizado” o “de-construido” en este libro sin centro ni voz totalizadora.
De las confesiones de Agustín de Hipona ante Dios, hasta las variaciones modernas del género, el discurso de Descartes, las ensoñaciones de Rousseau o las conversaciones de Goethe con Eckherman, el yo moderno ha disfrutado del privilegio de concebirse como el núcleo organizador de la experiencia vivida, incluso del mundo. Pero Coetzee, fiel discípulo de Beckett, a quien se le hace un guiño, prefiere mostrarnos su propio yo sin adornos, sin privilegios, casi en carne viva. No hay anécdotas, casi, pero sí lo que adivinamos fueron las graves preocupaciones en la vida del difunto Coetzee. Para empezar, el misterio de las mujeres y el sexo. No es casual que cuatro de las cinco voces sean femeninas y que todas ellas hayan tenido una relación de intimidad, no necesariamente sexual, con el novelista. En segundo lugar, la infancia y su paisaje, el desierto en la región de Ciudad del Cabo. Y sin embargo la sensación de exclusión: “Nuestra presencia en aquel territorio era legal pero ilegítima”, se dice en un momento. También la familia y, sobre todo, su padre, con el que convive desde su vuelta a Sudáfrica, un padre fracasado, maltrecho y enfermo al que debe cuidar, aunque sin la seguridad de si será capaz. Finalmente, algunas alusiones, siempre vagas, a su oficio de escritor. La pregunta de por qué se escribe aparece aquí y allá, pero sólo para desvanecerse en el conjunto de impresiones que las voces van tejiendo. Y sin embargo la maestría narradora de Coetzee termina por dibujar un auto-retrato que es cualquier cosa menos complaciente. Julia lo ve “flacucho”, con un “aire de sordidez, de fracaso”; Margot lo ve “quisquilloso, testarudo, incompetente y ridículo”; Adriana como “un hombre blando que no estaba a gusto en su cuerpo...” que seguramente no pudo ser un “gran Escritor” porque era un hombre pequeño, sin importancia; juicio que confirma la última fuente, Sophie, la más intelectual, y que coincide con Adriana en que “nunca tuve la sensación de que me encontrara con una persona excepcional”.
El libro se lee de un tirón, las mujeres están vivas, como vivos están los recuerdos del novelista huraño que no dejó indiferente a ninguna. Las anécdotas fluyen distraídamente no exentas de ternura, gracia y profundidad psicológica, alimentando la dureza de algunos de los juicios que contiene este extraño libro sobre el difunto John Coetzee que firma, felizmente vivo, un tal J. M. Coetzee.
Por José Lasaga