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Nuevos Sueños de Francisco de Quevedo

Concha D’Olhaberriague
martes 10 de agosto de 2010, 15:42h
Si se confirma la noticia, y tiene visos de autenticidad, el de 2010 será un año muy importante para los lectores del torrencial, multiforme y brillante Francisco de Quevedo, uno de los escritores imprescindibles de la lengua española.

Hace sólo unos meses, se publicó una antología de poemas quevedianos inéditos, expurgados de la biblioteca de Évora merced al trabajo concienzudo y venturoso de la investigadora María Hernández.

Ahora, en plena época estival, cuando los periódicos de papel dan descanso a los suplementos culturales, las agencias de prensa difunden por las rotativas el hallazgo valiosísimo de una versión de los Sueños libre de los cortes y cambalaches infligidos por la censura a las ediciones en circulación.

La fuente es la Fundación Francisco de Quevedo de la Torre de Juan Abad.

La historia y los intríngulis filológicos de los Sueños constituyen un embrollo considerable desde siempre.

No hay autógrafos de esta serie que se dio a conocer, con gran éxito, por partes, a medida que se terminaba cada Sueño. Amanuenses aficionados y escribas profesionales los copiaban en respuesta a una creciente demanda de los lectores. Cuando se imprime por vez primera la colección completa, en Barcelona, en 1927, ya andan por ahí multitud de ejemplares con diferencias, erratas o contaminaciones causadas por la procedencia y consiguientes particularidades lingüísticas de los copistas o bien por errores de lectura o distracciones anejas a la tarea.

Los estudiosos de Quevedo recomendaban que, a falta de una edición príncipe fidedigna, se diera prevalencia a los manuscritos más antiguos y no a la mencionada primera de Barcelona, más alejada en el tiempo del original perdido, máxime al no haber constancia de que el escritor madrileño revisara ninguna de las versiones conocidas.

Tal fue el criterio seguido por James O. Crosby, artífice de la mejor y más exhaustiva edición de los Sueños, de 1993, basada en un minucioso cotejo de todos los textos disponibles, tanto manuscritos como impresos, de diversas bibliotecas públicas y privadas de una decena de ciudades.

El hispanista americano sugirió la existencia, en el pasado, de copias intermedias que él creía irremediablemente desaparecidas, y percibió, con clarividencia, las deturpaciones y cambios impuestos por cuenta de los censores, en especial, en referencias satíricas del Alguacil endemoniado y el Infierno.

Y parece que el sabio profesor no se equivocaba en lo segundo. El manuscrito recién descubierto viene a confirmar sus hipótesis.
Una noticia excelente, sobre todo, porque los nuestros son tiempos que propenden a las prisas, a favorecer ocupaciones de otra índole y a fomentar el predominio avasallador de lo visual.

De las consecuencias indeseadas y el menoscabo que dicha deriva acarrea al cultivo de las humanidades advierte el autor de la biografía de Quevedo más completa y documentada, Pablo Jauralde Pou, en el prólogo de la Poesía inédita a que antes aludí.

Recuerda, además, que hay muchos documentos patrimoniales de escritores del Siglo de Oro a la espera de que se les preste la atención merecida.

El que acaba de aflorar viene a confirmar su atinado aserto.

Habría que hacérselo ver, asimismo, a los responsables académicos y a los mecenas.



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