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El fracaso de la política española en Marruecos

miércoles 11 de agosto de 2010, 07:01h
De vez en cuando, en diferentes periodos, el gobierno de Marruecos decide atacar a España de diversas maneras. En las últimas semanas se ha iniciado el nuevo “round” de acusaciones y descalificaciones del gobierno marroquí en relación al gobierno español. Se han producido cinco notas de protesta en un mes, en las cuales se acusa a la Guardia Civil de maltratar a los subsaharianos repatriados, acusación que se extiende a la policía, cuerpo al que se le imputan actitudes racistas por su comportamiento con los ciudadanos marroquíes en la frontera de Melilla. De paso, se aprovecha para reclamar nuevamente las ciudades autonómicas de Ceuta y Melilla.

A estas acciones del gobierno marroquí le han seguido protestas y manifestaciones frente a la embajada de España en Rabat, así como declaraciones de ONG’s de defensa de derechos humanos que han criticado a las autoridades españolas y solicitaban una investigación por violación a los derechos de los emigrantes. La ola de protestas va en aumento y la relación entre Marruecos y España se tensa, mientras que Argelia aprovecha para fortalecer su posición frente a su vecino magrebí.

El Ministerio de Exteriores respondió a las dos primeras protestas, pero no a las tres siguientes. De acuerdo con el Ministerio, no se ha querido continuar con la dinámica de acusaciones y réplicas que no parecen llevar a ninguna solución. Esto es cierto porque lo que el gobierno marroquí parece querer es una escalada en la tensión diplomática, en la que la imagen de España salga deteriorada. En este sentido, la cautela del Ministerio español parece razonable. Sin embargo, también es evidente que la política exterior auspiciada por el señor Moratinos hace aguas por todas partes. Cualquier gobierno español debe procurar fortalecer las relaciones con Maruecos, una prioridad fundamental para España. No obstante, la política obsequiosa para con Marruecos del presente Gobierno no ha tenido precisamente la respuesta favorable que sus artífices esperaban. Por eso, si la política exterior española no se redefine y mantiene una postura firme, sufre el riesgo de desprestigiarse y perder credibilidad.
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