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En el centenario de la “Resi” (y 2)

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
Escorada la labor de los dos centros citados en el artículo anterior en pro de una mentalidad de conservadurismo renovador –la apertura a las vanguardias del lado de la Sociedad no contrapesó ni de lejos el academicismo del Comité-, su inventario depone a favor de las virtualidades creadoras de la tolerancia y coexistencia alcanzada en la vida cultural española de los años veinte. Un conservadurismo de bases no estrictamente tradicionalistas, receptivo a los ecos y tensiones de la coyuntura histórica y en el que confluyeran las posiciones moderadas de diversa identidad, se mostraba culturalmente eficaz como elemento de desarrollo científico y educativo. El que la cristianización del fenómeno dependiera de un conjunto de tan azarosas circunstancias como las referidas descubre la debilidad de este proyecto cultural, si proyecto puede considerarse a lo que fue más bien un voluntarismo imperfecto y efímeramente materializado. La dialéctica y dinamismo inherentes al hecho cultural en todas las latitudes determina que el irenismo y la panfilia no enmarquen nunca el discurrir de la vida artístico-literaria así como la doctrinal. Pero las fracturas en la cultura hispano finisecular llegaron a ser tan profundas que imposibilitarían desde entonces en adelante la existencia de un mínimo contexto de identidad y convivencia, con el consiguiente naufragio de las escasas propuestas de tolerancia y diálogo entre el haz de fuerzas intelectuales del país.

A tal fin, en buena parte, respondió el nacimiento en abril de 1926 en la capital madrileña del Club Femenino Lyceum. Pese a algún precedente como la Residencia de Señoritas ya aludida, la radical novedad que esta asociación exclusivamente femenina representaba en el horizonte español –y también europeo, conviene reparar- desató una fuerte campaña de hostilidad frente a una institución consagrada a elevar el nivel cultural y social de la mujer. El carácter tan fuertemente innovador del Lyceum, la heterogeneidad de sus miembros – presidenta María de Maeztu, secretaria Zenobia Camprubí, tesorera Amalia Galárraga, pero abierto a cualquier socia que pudiera pagar la cuota- y ciertos errores de planificación dieron como resultado que no se alcanzaran parte de sus ambiciosas y nobles metas, pero sin que ello pudiera eclipsar el valor simbólico y real de la experiencia, muy representativa del nuevo rol de la condición femenina en la España de la Dictadura y del acortamiento de distancias sociales y crecimiento de la tolerancia y diálogo registrado en el país durante los años veinte. En la misma estela anglosajona y, en particular, britanizante de la ILE y la Residencia de Estudiantes, obvio es detallar que sus actividades primordiales se cifraron en las conferencias –singularmente famosa y controvertida fue la pronunciada con talante provocativo por R. Alberti-, los conciertos y las visitas artísticas. El lesbianismo más o menos público de algunas de sus socias –especialmente, de una de sus vicepresidentas: Victoria Kent- y la atención prestada en sus actividades, en estrecho paralelo y como eco muy significativo de una incipiente y “provocativa” literatura médica y ensayística, a los temas de biología sexual, hechos situados en la base misma de la polémica que el Lyceum despertara en las esferas bienpensantes, subrayan a su vez el avance experimentado por la España del momento de las corrientes modernizadoras.

De ahí, pues, que episodios como los acontecidos en el seno de las corrientes más desplazadas de la órbita ideológica prevalente a la manera de los que nos acaban de ocupar, deben inexcusablemente de señalarse como un camino que pudo tener más largo recorrido para el bien de la propia cultura nacional. La Dictadura que, políticamente, ensanchó la escisión de la sociedad española, culturalmente contribuyó a su cohesión. El que apenas establecido el Directorio Civil, el bullicioso y muy joven ministro de Trabajo, el catalán Eduardo Aunós, lograra todo el respaldo del gobierno para instaurar a partir de 1926 la Fiesta Nacional del Libro Español en la efemérides de la muerte de Cervantes o, en un plano privado pero de hondo impacto en la socialización de un sentimiento de identidad, en 1929 se concluyese -70 volúmenes- la Enciclopedia Universal Ilustrada, más conocida como “El Espasa”, vinieron a ser sin duda notorios ejemplos de lo aseverado.
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