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Carta a los educadores

Fernando Zamora Castellanos
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fzamoraabogadosorcr/7/7/16/19
martes 17 de agosto de 2010, 18:32h
Durante la Segunda Guerra Mundial, el médico checoslovaco Otakar Sedlacek, había sido enterado del momento en el que los sabuesos de la Gestapo llegarían a confiscar la valiosa colección de relojes de su casa-museo, por lo que se preparó para la visita. Ya estando los oficiales alemanes adentro, una explosión devastó el lugar. Nada quedó en pie. La historia documenta que de entre los escombros, solo se halló la esfera quebrada de un viejo reloj, del cual, -inexplicablemente-, podía aún leerse: “una sola vez suena la hora para todos los hombres”. Esta frase me hizo recordar una premisa de nuestra condición humana: que la más vigorosa defensa de la verdadera libertad, radica en la comprensión de nuestra vida como misión con sentido trascendente. Donde el hombre se ve a sí mismo como peregrino que, en esta dimensión pasajera y breve, determina quien pretende ser para siempre. Entendiendo que la vida nos es otorgada, solo para que sea finalmente elaborada por nosotros mismos. Empresa o tarea inacabada, en función de realizar un propósito que es nuestra responsabilidad completar. Ortega y Gasset señalaba que es la razón por la que somos responsables y donde la vida del hombre es intrínsecamente moral. No solo porque debo elegir, sino porque además debo determinar el objetivo. Es una noción contraria al materialismo. Antídoto frente al “descompromiso” que impone la cultura del placer que promueven las sociedades posmodernas. De ahí que Frankl contestaba que la fuerza centrípeta que debía dirigir la existencia humana era el esfuerzo por descubrir el significado de la vida. Para sostenerse aún en grandes adversidades, nada tan eficaz que la certeza interior de ese conocimiento. Ante los recientes hechos de los que hemos sido testigos, la conclusión es que el verdadero drama de la juventud actual, es la devaluación de la idea de libertad que promueve hoy el materialismo. En todas sus manifestaciones. Lo que incluye la arremetida de sus cosmovisiones filosóficas. Como oleadas que evidencian alguna voluntad de degradar la idea del hombre, desde el Siglo XVIII, se han venido sucediendo relevos de ellas dedicadas a la tarea de reducir al ser humano como un organismo subordinado estrictamente al determinismo de las leyes naturales, sean físicas, económicas o biológicas. Pero todo determinismo es una negación, -o al menos un temor subconsciente-, a la responsabilidad que la libertad impone. Julián Marías la veía como una tendencia que suele estar acompañada de un extraño deseo de aniquilar el consenso social sobre la esperanza de la vida trascendente. Terror ante la idea de la supervivencia eterna y el compromiso que la fraternidad conlleva. Afirmaba que la incertidumbre es comprensible, lo que no entendía es “que se sienta hostilidad a algo que en todo caso sería admirable.” Por ello los determinismos materialistas con los que tan obsesivamente se adoctrina a las juventudes hoy, serán siempre una tentación contra la libertad. Y en Occidente esa compulsión se agrava cuando las sociedades abdican de sus ideales fundadores. Enfrentar el reto requiere identificar con claridad sus causas. Nuestros educadores de sincera vocación deben advertir que estamos enfrentando una contracultura que se alimenta de tres afluentes perversas:

1) De un implacable sentido de inmediatez existencial. Es una idolatría del presente y de la retribución inmediata que atropella cualquier noción del deber que se interponga.
2) En lo que a educación formal respecta, de un tenaz adoctrinamiento en función de las cosmovisiones materialistas. El fundamento del cual se construyen todas estas doctrinas, parte del principio de que es el azar la causa primigenia de la existencia. Lo que incuba en el alma de los jóvenes, no solo un grave sentido de despropósito, sino el sentido de inmediatez ya aludido.
3) La entronización social de una suerte de relativismo absolutista, que insiste en desacreditar la aceptación de la verdad aún como concepto, y cuya consecuencia es el languidecimiento de las fuerzas que sostienen los consensos morales.

De ahí que, el reto de nuestro sistema educativo, sea el de alumbrar en los jóvenes el rastro hacia los ideales verdaderamente merecedores de un compromiso de vida. Todo lo demás es accesorio. Una respuesta que ninguna cosmovisión materialista puede ofrecer. Sin embargo, se percibe una disimulada indolencia del sistema a enfrentar esa contracultura con la misma determinación con la que ella se impone. Por el contrario, parece ceder en el sentido de acomodarse ante esa dañina corriente de límites inciertos. Tan inciertos que la gurú de la filosofía post estructuralista, Judith Butler, en reciente entrevista internacional, -por cierto también difundida en un medio universitario costarricense-, nos anuncia el próximo paso al que aspira la corriente de la que es activista: “Es un asunto de igualdad de derechos civiles…deberíamos preguntarnos, ¿porqué el matrimonio está restringido a dos personas?...¿porqué no estamos pensando en otros modos de dependencia, parentesco y alianza sexual?...” Inaudito desafío que ilustra el ciego afán por imponer el disenso contra los valores que hasta hoy han sostenido a Occidente. Esas cruzadas por quebrar los fundamentos sobre los que se han construido las sociedades libres, hacen aún más incierta y confusa la senda que deben hallar nuestros jóvenes en búsqueda de sus propias respuestas. Lo que además debe reputarse como problema de todos, pues cuando se minan los consensos constitucionales, no es posible construir nada grande en un escenario de paz. En esencia, nuestro problema se torna en uno de común sentido de destino.

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Fernando Zamora Castellanos

Abogado

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