Reflexionando dos siglos de independencia hispanoamericana
jueves 26 de agosto de 2010, 19:15h
2010 es un año importante para varios países hispanoamericanos que conmemoran sus bicentenarios como naciones independientes. Es un proceso que inició en 2008 al rememorarse dos siglos de la invasión napoleónica a España (1808), la que supuso entonces la ruina para la monarquía hispánica y la oportunidad del separatismo americano. Tales actos terminarán hasta 2024, justo en el bicentenario de la batalla de Ayacucho, que puso fin al dominio español en la América Continental.
Por eso son trascendentes los hechos de 1808 que impactaron a 1810: por ser el punto de partida de un proceso identitario que no ha cesado, complicado, involucrando a España y a América por igual. En este proceso complejo cabe poner nuestra atención en dos aspectos: en la creación de las nacionalidades iberoamericanas (varias, no una como hubiera sido acaso deseable) y en la postura de quienes en Indias no querían la ruptura del Imperio español.
Para el primer punto, la creación de identidades que se tradujeron en nacionalidades, es pertinente recordar que ya existían incipientes atisbos de identidades locales en el seno del Imperio español (se era novohispano, navarro o peruano) a través de las cuales, cada región unida al resto por una corona en común, manifestaba su apego a la tierra que le era propia y sentíase parte integrante de una estructura mayor que era el Imperio español “en ambos hemisferios”. Así, los reinos de las Españas y los reinos de las Indias por igual, reconocían al mismo rey. Mas se marcaron diferencias entre todos. En 1808 empezó un complejo proceso de concreción de identidades locales al hundirse el antiguo régimen y desplomarse la corona borbónica que unía a todos.
A toro pasado se ha reflexionado en torno a la eficacia de las nacionalidades iberoamericanas actuales y en torno a la validez y vigencia de sus pilares conformadores, pero hay que decir de tales nacionalidades y las identidades que las conforman parten de la innegable desaparición del Imperio español y estas naciones iniciaron sus propios caminos hacía el futuro. España, incluida, que justo entonces también emprendió la conformación de su identidad nacional unificadora como una nacionalidad integral “española” ” tal y como ya la entendemos hasta hoy, dejando de ser “Las Españas.
En cuanto a la aparición de la postura de los leales a la Corona, aquellos que no deseaban la independencia, existió antes de responder incluso a las declaraciones firmadas por los insurgentes americanos en distintos puntos del Imperio en América –acaecidas desde 1809 y a lo largo de 1810–. Respondió entonces a los súbditos insurgentes que pensaban, no sin razón, que la separación era oportuna, pues España sucumbiría finalmente al poderío francés y entregaría las Indias a Bonaparte o que actuaron porque España no podría evitar una ruptura que ya venía fraguándose.
Cuando Carlos IV y Fernando VII abdicaron la corona de España e Indias, algunos insurgentes americanos partieron decidida y atinadamente de la idea de que el lazo que los unía con España estaba roto y les sirvió de acicate para argüir que la independencia era legal y físicamente posible. Procedieron en consecuencia. Las nacionalidades actuales del mundo iberoamericano parten de esa ruptura. Y los leales a la Corana defendieron la continuidad en peligro.
Los leales comportaban el bando contrario que terminó siendo el bando perdedor y que no por ello y a pesar de ser ignorados y borrados de la conciencia colectiva americana (y española), dejarían de reclamar en sus textos que se mantuviera la unidad imperial, denostaron los esfuerzos por acabar con aquella y espetaron a los insurgentes que el levantamiento independentista era un doble pecado: contra Dios y contra el Rey.
Los leales dejaron en claro que la independencia americana sería la ruina tanto de España como de las Indias. Clamaron apelando a que la constitución que se estaba creando en Cádiz resolvería los motivos de reclamo y apostaron a señalar que si España llegaba a caer en manos de Francia irremediablemente, las Américas recibirían gustosas a los peninsulares que desearan trasladarse a ellas, pues se salvarían de ser pervertidos por el “diablo Napoleón.”.
Cuando dos siglos después leemos que aún falta por discutir con toda la serenidad del caso qué fue aquella ruptura imperial –sin tapujos ni falsos pudores– y sobre todo, queremos saber qué nos depara el futuro en un marco amplio de cooperación, los iberoamericanos todos aún tenemos pendientes que atender. Todavía debemos terminar con mitos y omisiones conformadoras de nuestras nacionalidades, medias verdades que existen sin duda en ambos lados del Atlántico; requerimos entender mejor ese proceso de ruptura acaecido dos centurias atrás. Eso será en provecho de ambas orillas del océano, puesto que nadie puede quedarse indiferente. Esa es la oportunidad que nos brindan las conmemoraciones de los bicentenarios de las naciones hispanoamericanas.