Cuatro años no han sido suficientes para
José Montilla, que apura los últimos días para hacer los deberes. Cuenta con la ventaja de que es él quien pone la fecha del examen y bien que lo está aprovechando. Sabe que, para sus intereses, no es indiferente marcar en rojo un día u otro del calendario. Incluso sondea fórmulas no puestas en práctica en España, como convocar la votación en día laborable.
Ha logrado evitar celebrarlas en octubre. Ningún partido se explica el retraso, aunque todos saben los motivos del presidente. Sencillamente, los sondeos. Ni siquiera los que elabora la
Generalitat dan un respiro a los socialistas. El Centro de Estudios de Opinión, dependiente del Gobierno catalán, vaticina la mayor brecha de la legislatura entre CiU y PSC –con los convergentes coqueteando con la mayoría absoluta- y da un suspenso a Montilla frente a unas notas óptimas para sus más directos rivales.
El 24 de octubre era el día. Cuando se hablaba meses atrás de “elecciones en otoño”, los partidos tenían en mente el domingo 24 de octubre. En estos momentos, se complican también las opciones en noviembre, nada más y nada menos que por una visita del Papa y por un
Barcelona-Real Madrid. Tiempo que gana el rezagado en las encuestas. Periodo de nervios para quienes llevan la delantera y necesitan mantener o mejorar su buena imagen.
No obstante, noviembre es el mes. O eso comunican desde la Generalitat a este periódico, a la vez que invitan a esperar a que sea el presidente quien concrete el día horas antes de la
Diada, el 11 de septiembre y cuando los candidatos, en plena cuenta atrás, desplieguen sus argumentarios y comiencen los codazos típicos de cada antesala de elecciones.
Montilla debió firmar el decreto de convocatoria esta semana para que en octubre se dilucidara el futuro de Cataluña. La ley obliga a hacerlo, al menos, con 54 días de antelación. Pero octubre volará para asombro de la oposición y será noviembre cuando los catalanes sean llamados a las urnas. El 31 de octubre queda descartado al coincidir con el puente de Todos los Santos, así como el 7 de noviembre por la visita del Papa a Barcelona. No hay impedimento para celebrarlas en las siguientes dos semanas, pero, argumentan desde la Generalitat, no es conveniente que la llegada de
Benedicto XVI tenga lugar en plena campaña. O quizá es para seguir ganando tiempo. Queda, pues, el 28 de noviembre. Barcelona-Real Madrid en el Camp Nou. Por eso, el día apropiado, coindicen desde la oposición, era el 24 de octubre.
La falta de domingos óptimos en noviembre abre la puerta a un sorprendente movimiento que plantea llevar a cabo Montilla: elecciones en día laborable. Lo adelantó
La Razón y nadie ha salido a desmentirlo. En realidad, la falta de domingos no es tanto una razón como una excusa. El
PSC sostiene que la abstención le hace mucho daño y que votar en día laborable hará que la participación sea mayor, sobre todo la del electorado obrero. Tradicionalmente, la abstención en Cataluña oscila entre el 35 y el 40 por ciento en las autonómicas. Los estrategas sospechan que el desencanto ciudadano con la política es ahora, si cabe, mayor.
El retraso está logrado, falta el golpe de efecto. No lo fue la sentencia del Estatut y el enfado de Montilla, tampoco los esfuerzos del presidente del Gobierno para devolver a Cataluña alguno de los rechazos del Tribunal Constitucional ni el caso ‘Pretoria’. El último movimiento es la vuelta de
Celestino Corbacho, con buen nombre en Cataluña.
Lo adelantó EL IMPARCIAL en junio. El ministro de Trabajo se ha sentido ninguneado en los últimos tiempos por Rodríguez Zapatero y deseaba un retiro dorado allí donde la política le ha dado sus mayores satisfacciones. Ahora Corbacho está en el cartel con Montilla y las encuestas internas dirán si, esta vez sí, hay reacción en un electorado que parece querer darle una oportunidad a CiU y que castiga no sólo a PSC sino también al principal de sus socios, ERC.
Llegado noviembre, no habrá otra salida que salvar los muebles en los mítines. Cuatro años y algún mes que otro extra a la espera de un vuelco en los sondeos no han sido suficientes para asentar un modelo político en Cataluña que termine de convencer. CiU derrotaría con mayor solvencia al PSC en 2010 que en 2006, aunque sin mayoría absoluta necesitaría del PP o del divorcio del tripartito. Nadie descarta un penúltimo as en la manga del presidente catalán si los sondeos mantienen la tendencia. El PSOE no puede permitirse perder
Cataluña o se sumaría, a día de hoy y según las últimas encuestas, a Castilla-La Mancha o Andalucía.