¿Cuántos ángeles pueden bailar en la cabeza de un alfiler?
martes 07 de septiembre de 2010, 01:30h
La exposición lógica, de ser posible, es una meta razonable para la mejor comprensión de la historia del hombre y también del arte. Y si a la lógica se añade un recorrido cronológico y ordenado, mejor que mejor. Pero la vida no es sólo lógica y ordenación. Ya lo decía el emperador Marco Aurelio: “La vida se asemeja más al arte de la guerra que al de la danza.” Hay en ella mucho de irracionalidad, diacronismo, contradictoriedad y conflicto. Unos perfiles aplicables especialmente al mundo de las Vanguardias artísticas de principios del siglo XX, pero que ya no nos han abandonado, ¡pues han decidido quedarse definitivamente a vivir con nosotros!, en el devenir estético y plástico posterior. Una realidad constatable, una vez más, en la Exposición Nuevos Realismos: 1957-1962. Estrategias del objeto, entre ready made y espectáculo, que se puede ver estos días en el Museo de Arte Reina Sofía. Y ello, por más que, ¡finalidad encomiable desde una perspectiva docente y comisarial!, la Exposición se estructure de acuerdo con un hilo discursivo temporal. Pero la metodología escogida, como diría también ese buen comisario y excelente artista que es Paco Pérez Valencia en su reciente libro Tener un buen plan, no puede desvirtuar la naturaleza insita y propia de las cosas. En este caso, de las artísticas.
Los seis años que van de 1957 a 1962, fechas de arranque y fin de las obras expuestas, siguen explicitando el revoltijo existente. Pero no sólo la mescolanza y el amasijo recibido de los Gaugin, Picasso, Braque, Matisse…, sino el batiburrillo y la confusión vividos. No parece posible encontrar, dada la intensa y variada diáspora de manifestaciones y experimentos, suficientes cajones de sastre con que racionalizar, encauzar y reestructurar las ansias creativas. Los fogonazos del informalismo, el expresionismo abstracto, el tachismo, el pop art, el minimalismo, el arte conceptual, el dadaísmo…, no permiten un acercamiento acompasado y metódico a tan dionisiaco y convulso proceso. Las palabras de Frank Stella eran admonitorias de lo que sucedía: “Mi pintura se basa en el hecho de que sólo está en el cuadro lo que está en el cuadro. Es de verdad objeto… Lo que ves es lo que ves.” Un tiempo de embrollo que pone en tela de juicio la mismísima noción del arte. El mejor representante de este movimiento secularizador e iconoclasta será, por supuesto, Marcel Duchamp.
Y así, se le pintan unos bigotes a la mismísima Monna Lissa, al tiempo que se apunta en un juego de palabras su permanente estado de celo, mientras se nos hace creer que somos los espectadores, y no el artista, quienes ponemos término, y hasta formalizamos el espíritu de la creación. El infinitamente reproducido urinario de Duchamp, en el Museo de Estocolmo, así nos lo explicita y recuerda. Y eso que nunca, por mucho que hayan dado de sí los juicios de un Vasari o un Alberti, se ha divagado, conceptualizado y argumentado tanto como ahora. Los Steinberg, Greenberg o Rosenberg son, como nos recuerda la excelente obra de Tom Wolf, La palabra pintada, recientemente reeditada, los nuevos e intocables gurús de la época contemporánea.
En este recorrido a saltos, con idas y venidas, para adelante y para detrás, encontramos -“Yo no busco, encuentro”, había dicho años antes Picasso- toda clase de experimentos. Son 230 obras, pertenecientes a 29 artistas, entre los que merecen resaltarse los de casi siempre: los Pollock, Rauschenberg, Roy Lichtenstein (con su Cigarrillo) -todavía recuerdo la excelente retrospectiva del Reina Sofía de este artista hace unos años-, Klein (con sus azules monocromos patentados), hasta los Kaprow (con su obra Yard construida con cientos de neumáticos), Manzoni (sus defecaciones enlatadas), Christo (sus Latas envueltas), Tinguely (deténganse en su Ballet de pauvres), Arman, Whitman (con su instalación American Moon), Spoerri… Una lista tan variada y con expresiones tan antitéticas entre tan dispares protagonistas, como en sus lenguajes plásticos: la pintura, que a pesar de sufrir tantos intentos de asesinato, no termina de morir; una recurrente escultura desfigurativa que tampoco desea renunciar a su intrahistoria; la ya clásica, entre lo más clásico, fotografía; las impenitentes instalaciones y happenings que no quieren abdicar de su conquistado protagonismo; los desafiantes eventos y objetos más cercanos al consumista hombre de la calle; y la menos presuntuosa, pero no menos potente, obra gráfica. Y muchas más pulsiones de una ensalada artística casi infinita, como son las máquinas Meta-matic, los artefactos y objetos de casi cualquier condición que deciden, por alguien que se autoproclama artista, revestir la categoría de arte, y ser en consecuencia exhibidos.
En el aire, queda una pregunta que no me resisto a dejar de formular: ¿lo hubieran hecho ustedes mejor? Acérquense a la Exposición, y ya me dirán.
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Catedrático de Derecho Constitucional
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