Raíces de Castilla. Remembranzas e Historia
martes 07 de septiembre de 2010, 21:07h
Confiada en el fresco que suele brindar Burgos en verano, y segura de la belleza y los atractivos del lugar, me voy a pasar el fin de semana estival a la zona norte, la que linda con Álava. Lo malo es que ni la idea de llama quema, como dijo el filósofo, ni la de frescor refresca, y hacía por allí un calor intenso, tal como el que se esperaría al otro extremo de Castilla. Pero el paraje ameno y frondoso de ríos, cascadas y desfiladeros y la armonía de los conjuntos urbanos medievales compensan con holgura el rigor estacional.
Frías con sus casas colgadas, Oña y el monumental conjunto monástico y panteón de San Salvador, y Poza de la Sal, el pueblo salinero en donde nació y observó desde la plaza mirador el naturalista Félix Rodríguez de la Fuente, integran la región tradicional, bautizada hace una década con la evocadora denominación de Raíces de Castilla, tras constituirse en mancomunidad las tres localidades mencionadas.
Situada entre las comarcas de Las Merindades -de los merinos, cada uno de los cuales ejercía su jurisdicción por nombramiento real- y la de La Bureba, la flanquean, por la parte septentrional, la masa montañosa de los Obarenes, estribaciones postreras de la Cordillera Cantábrica por donde se alineaban, guardando los portillos que no sobrepasaron los árabes, los castillos a los que debe su nombre Castilla, y, por la meridional, los Montes de Oca.
Junto a ellos, según el monje de San Pedro de Arlanza, autor del Poema propagandístico de Fernán González, se hallaba el límite de Castilla en el siglo décimo, época del histórico y legendario fundador. Así lo canta el anónimo autor en sus versos elogiosos y centenarios del mester de clerecía:
Entonces era Castiella un pequeño rincón,/ era de castellanos Montes de Oca mojón,/e de la otra parte Fitero el fondón,/ moros tenían Caraço en aquella sazón.
En Miranda de Ebro, la ciudad más importante de las inmediaciones, se tiende la primera vega amplia del río más caudaloso, del cual toma la península su apelativo, y en la plaza del barrio antiguo de Aquende, bailan las parejas de lugareños mayores al son de una conocida ranchera. También hay vida, ahora, por estas tierras tan ricas de pasado.
Recordar lo memorable es lo que desde Grecia se tiene por tarea de la Historia. Su musa, Clío, es hija, al igual que sus hermanas, de Zeus y Mnemosine, la Memoria, y a ella dedica su libro primero Heródoto de Halicarnaso, según la tradición alejandrina. Por eso resulta redundante y confuso el nombre de “Memoria histórica”, y parece falso; no nombra sino que lanza un eslogan. El último episodio de la insensata campaña propulsada por quienes lo pusieron en circulación fue la exhibición, infamante para las víctimas, hace un par de días, de una foto de tamaño natural de una fosa común en el ágora de la madrileña Puerta del Sol.
Cada viaje despierta, en fin, reflexiones anudadas, por cuenta propia, con sucesos de nuestra vida cotidiana. Mirar al pretérito con atención procura unas buenas lentes para lo de nuestro entorno. Así me asaltó el enojoso asunto de la vuelta inoportuna y rencorosa a la Guerra Civil.
No sé qué opinarán ustedes, lectores, de todo ello. Yo percibo venganza en lugar de justicia y veneración por la infernal Hécate antes que por Clío. Nadie debe negar a otro el derecho a sepultar dignamente a los suyos, huelga decirlo. Muchos lo han ejercido con decoro y discreción, sin azuzar odios antiguos y, con frecuencia latentes, ni utilizarlo de forma malsana. La convivencia no es un don natural ni espontáneo y más nos valdría tenerlo presente.