crítica
Fernando Vela: Ensayos
sábado 11 de septiembre de 2010, 16:28h
Fernando Vela: Ensayos. Edición de Eduardo Creus. Fundación Banco Santander. Madrid, 2010. 329 páginas. 20 €
Tras editar a colaboradores de la Revista de Occidente como Benjamín Jarnés, Antonio Marichalar, “Corpus Barga”, José Díaz Fernández y Esteban Salazar Chapela, la encomiable colección “Obra Fundamental” de la Fundación Banco Santander publica ahora al que fuera, junto a Ortega, alma del proyecto editorial que aglutinó lo más granado de nuestra intelectualidad durante la primera mitad del siglo pasado: Fernando Vela. Ensayos recoge buena parte de la obra de Fernando Evaristo García Alfonso, quien se refugió siempre tras la máscara de varios seudónimos, y firmó las más de las veces con el segundo apellido paterno: Vela; aunque su ausencia de protagonismo incurriera con harta frecuencia en la anonimia.
En su niñez diseñó una gaceta manuscrita con los hijos de “Clarín” al jugar –ese modo de madurar bajo el auspicio del divertimento–. Descontada aquélla, sus primeros pasos literarios datan de 1913 en El Noroeste de Gijón. Vela sitúa su vida y trayectoria intelectual en un tramo bien definido: “Mi vida –quiero decir la parte de actividad intelectual literaria que puede haber en ella; en suma, mi vida– está comprendida entre las muertes de dos grandes hombres: Leopoldo Alas “Clarín” y José Ortega y Gasset” (pág. 277).
“El poeta del misterio”, artículo sobre Maeterlinck de Ortega publicado en “Los Lunes” de El Imparcial en 1904, despierta un vivo interés por el filósofo en el periodista en ciernes. Es en 1913 cuando conocerá a Ortega y en Madrid asistirá a su curso universitario (con sus “apuntes minuciosos y correctísimos” el filósofo compondrá El tema de nuestro tiempo). Vela visita la casa de Ortega a la que sólo iban los amigos de siempre –Gregorio Marañón, Ramón Pérez de Ayala y el filósofo Manuel García Morente– y frecuenta la tertulia que tenía en el Café de la Granja del Henar. Ya no le abandonaría ni siquiera los veranos, para lo cual toma piso en Zumaya convirtiéndose en el más fiel discípulo extrauniversitario. Llegó a seleccionar y revisar su obra póstuma.
Cuando Ortega emprende su proyecto de Revista de Occidente confía su secretaría a Vela, “la mente más clara que había conocido”, en quien delega buena parte de los aspectos más incómodos, decidir qué se publicaba y qué se rechaza. Ello le vale la acusación de ser un hombre excesivamente riguroso, incluso intransigente (pág. 322). El resultado, sin embargo, fue quizá la mejor revista cultural hispana del siglo pasado que situó nuestro pensamiento a nivel europeo. Periodista de raza, fundó La Región y escribió durante once años editoriales políticos en El Sol, donde hizo campaña por el advenimiento de la República. Abandona temporalmente el periódico al cambiar éste de ideario para fundar Crisol, Luz y Diario de Madrid, del que fue director. Volvió en calidad de director a El Sol y como garantía firme de que el rotativo se ajustaría a su programa inicial, según publicó el propio periódico. Las acusaciones de gente resentida le causaron disgustos durante la guerra que le obligaron, alertado por Marañón, a trasladarse a Francia y de allí a Tánger donde dirigió España y publicó sus únicos versos, Poesía en asilo, de 1939. A su vuelta, rechazó ocupar su antiguo cargo en Revista de Occidente, quizá por lo anterior o simplemente porque sentía que los tiempos, muerto ya Ortega, eran ya distintos. Quedó al margen como asesor literario, aunque publicará todavía algunos artículos y ensayos.
En su libro Circunstancias (1952) da cuenta del tono de modernidad y humildad que preside su escritura: “Al cabo de cuarenta años de actividad literaria no he podido libertarme de escribir al día. Escribir al día es idéntico a «vivir al día»; hay que renunciar a los grandes proyectos a largo plazo y dedicarse a lo inmediato, cotidiano, de fácil producción y pronta salida (...) ofrecer al lector únicamente el vislumbre, el relámpago primero”. En El grano de pimienta –la recolección de ensayos más conocida por su edición en la colección Austral– admite que “las condiciones de la vida literaria española obligan al escritor a desparramar su atención sobre innumerables temas dispares”. Las ventajas que en ello vislumbra son parte de su propia etopeya, “una curiosidad universal, una observación constante del mundo contemporáneo, el atisbo de lo que nace, lo que perdura, lo que decae y desaparece. El escritor español no puede encerrarse en su poesía, su novela o su filosofía; tiene que estar «al tanto», al tanto de todo y hablar de ello”. Pero siempre pretende extraer de la noticia diaria “algo más sustancial y duradero” para delimitar las coordenadas en que se sitúa el hombre de su tiempo y precisar el ritmo de una época brillantísima. Otras recopilaciones son El arte al cubo y otros ensayos, de 1927, y El futuro imperfecto de 1934. Aclaró conceptos e ideas de los intelectuales europeos al resumir a Bergson, Spencer, Rudolf von Ihering, Husserl y realizar numerosísimas traducciones. Redactó estupendas biografías de Mozart, Talleyrand, y Roosevelt, esta última con título Los Estados Unidos entran en la Historia; del detalle en la anécdota extraía la comprensión histórica.
Escribió una Historia de la literatura alemana en 1947 de la que no da cuenta la bibliografía de este volumen. Tampoco incluye el atinadísimo ensayo “La fantasía en la filosofía de Ortega” ni “Embrutecimiento”, lúcida crítica al zafio fascismo, pero sí cuenta con una joya de análisis estético, “El arte al cubo”, o también con “Modos de hablar”, de obligada lectura para todo hablante de español. Resulta complicado seleccionar la obra de un autor tan prolífico y polifacético –su primer libro resulta ser el primer tratado español sobre Fútbol. Asociación y rugby–. Sin embargo, el profesor Eduardo Creus, encargado del volumen, sigue oportunamente las agrupaciones que Vela realizó en vida, y acierta también al recoger textos totalmente olvidados de su primera época, pues fue un gran escritor desde el principio. Además, un prólogo minucioso muestra la originalidad del pensamiento de Vela, que se nutre siempre del escolio, como exponente del ensayismo español. La fidelidad profesional, el respeto máximo y humilde al oficio y la dimensión intelectual extraordinaria de Vela representan cómo el último nivel del ser orteguiano es de índole ético.
Por Francisco Estévez