México : Independencia y Revolución, ¿algo que celebrar?
martes 14 de septiembre de 2010, 18:41h
La celebración del bicentenario de la Independencia y del centenario de la Revolución mexicana corrió con mala fortuna: correspondió organizarla a un gobierno sustentado en una corriente histórica que aún ve con recelo la primera y todavía se opone a la segunda. No son de extrañar las desavenencias en el comité organizador, donde desfilaron cuatro responsables. Para cubrir la falta de acuerdo acerca del contenido del programa, se recurrió a estrategias publicitarias que nada dicen sobre el sentido de conmemorar.
De ahí la general indiferencia que se manifiesta en los llamados tanto del gobierno como en los de la Jerarquía eclesiástica a participar con entusiasmo en las festividades previstas. El presidente Calderón ha mezclado, indistintamente, sus exhortos a la unidad nacional en torno al bicentenario y a su lucha, cada vez más personal, contra el crimen organizado. Su Secretario de Educación maltrata el idioma y pidió “desenfatizar” lo que nos separa, consideró un “desperdicio” no festejar los aniversarios, y expresó su inquietud porque “muchos mexicanos pregunten qué vamos a festejar porque revela todo un estado de ánimo, a veces una mezquindad entre los mexicanos, pero la mayoría aplastante estamos convencidos que tenemos mucho que festejar, nuestro ser, nuestra cultura”.
La Jerarquía eclesiástica, en su carta pastoral sobre los dos aniversarios fue más allá y consideró que sería “un pecado de omisión (de los obispos) quedarnos al margen y guardar silencio”. Los medios generalizaron “el pecado de omisión” a todos los mexicanos por mala lectura y porque participan de la desgana nacional. El propósito eclesiástico fue insistir en que el laicismo “mal entendido” amenaza la religión y “no tiene cabida en una sociedad respetuosa del derecho”, sin especificar cuál derecho. Convenientemente, la Iglesia soslayó su condena a los insurgentes de 1810, sus intrigas posteriores contra el liberalismo y su participación en la instauración de los dos imperios del siglo XIX. Tampoco recordó su oposición a la Revolución mexicana, primero mediante el Partido Católico que apoyó al asesino de Madero, el dictador Victoriano Huerta, y diez años después, su participación en el levantamiento armado de los cristeros.
El presidente Calderón, a su vez, ha omitido que su partido, en sus 60 años de oposición, celebró los aniversarios de la Independencia al margen de las conmemoraciones oficiales y, en ocasiones, con otro santoral: el 15 de septiembre de 1996, el propio Calderón, a la sazón presidente del PAN, vitoreó al emperador Iturbide. Cuatro años después, Vicente Fox sacó de la residencia oficial de Los Pinos el retrato de Benito Juárez, figura emblemática del liberalismo y autor de la verdadera ruptura con el orden colonial.
La Independencia de 1810 introdujo una división vertical entre las elites liberales y conservadoras. La Revolución de 1910 escindió, horizontalmente, al país: de un lado la masa desposeída, del otro las viejas elites decimonónicas, confundidas en una oligarquía. Esta doble ruptura se replantea en este 2010 y, al igual que en 1810 y 1910, los problemas se han agravado por la debilidad del Estado y la incapacidad de la elite en el poder.
Por tradición dogmática y práctica política, el PAN se encuentra emparentado a la gran familia, oligarquía y clero, que se opuso a la Independencia, al liberalismo y a la Revolución. De ahí que uno y otro enfrenten un serio problema conceptual para celebrar acontecimientos que desembocaron en su marginación social durante décadas. Conmemorar va contra su natura política y, por lo mismo, se ha recurrido a la superficialidad y a la frivolidad de actos y eslóganes propios de las triviales ocurrencias de las agencias de publicidad. Todo es “bicentenario”, sean vehículos o bancos, aunque ninguno sea nacional.
México pareció después de la Revolución como un país profundamente nacionalista y motivos y manifestaciones no faltaron: la pintura mural, la novela, la música (culta y popular) y más que nada el reparto agrario, la nacionalización del petróleo y la “mexicanización” de algunas empresas, principalmente mineras. Sin embargo, este periodo de auténtico nacionalismo fue breve. En el ámbito de la cultura, la generación de “la ruptura” apareció en los años cincuenta, al tiempo que el país se industrializaba y se abría al turismo y a la inversión extranjera. También en los cincuenta se estableció el primer programa de trabajadores migratorios con los Estados Unidos para labores agrícolas.
El nacionalismo mexicano no pudo consolidarse, como en Europa, ni por situación geográfica ni por condición económica. Si el nacionalismo se afirma frente al otro, México carecía de vecinos con los cuales compararse: uno grande en exceso, otro demasiado pequeño. Los esfuerzos posteriores a los primeros gobiernos “revolucionarios” por crear una “burguesía nacional” sucumbieron ante el imperio; el boom demográfico expulsó a los Estados Unidos a campesinos y obreros sin empleo; la clase media, en su mayoría, se fijó un horizonte cultural que no rebasaba Disneylandia o Las Vegas. El único vínculo entre criollos, mestizos y las varias etnias separadas por la geografía y el idioma fue el esfuerzo educativo, el partido “oficial” y un inevitable Estado fuerte, necesariamente centralista y, en ocasiones, autoritario. Sin estos soportes, culturales y políticos, el nacionalismo mexicano tiene una buena dosis de folclor y otra de xenofobia, al igual que todos los nacionalismos, pero en una proporción mucho menor.
Ni gobierno ni sociedad se encuentran en el mejor estado de ánimo para celebrar un bicentenario de la Independencia que se pierde en la noche de los tiempos o una Revolución que le sigue los pasos. La prensa informó el 1º de septiembre que ocho de cada diez alumnos de primaria y secundaria, de escuelas públicas y privadas, más de 13 millones, tienen conocimientos “insuficientes o elementales” sobre la Independencia y la Revolución, ya que desconocen nombres, fechas o lugares. Este enorme porcentaje indica que ni en la escuela ni en el hogar se habla de los aniversarios.
El desempleo, la inseguridad y la subida de los precios privan sobre otras preocupaciones. Las conmemoraciones del 2010 recuerdan las del centenario de la Independencia, celebradas por la afrancesada oligarquía del Porfiriato, seguida dos meses después por la Revolución de 1910. Hoy, al igual que entonces, no hay mucho que celebrar.