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El terrorismo islámico vuelve a la Zona Cero

jueves 16 de septiembre de 2010, 19:03h
¿Ha probado a rezar el Rosario en Arabia Saudí, delante de todo el mundo? Si aún no lo ha hecho y le gustan las emociones fuertes, es el momento. Podrá experimentar en carne propia lo que se siente al ser flagelado, lapidado o simplemente ahorcado. Pero si es usted de los que prefiere el recogimiento, quizá prefiera buscar alguna iglesia o capilla donde tener un rato de oración. No la encontrará. No al menos en Arabia Saudí, ni en bastantes países musulmanes. Bien es verdad que en otros tantos -Marruecos, Turquía o Jordania, por ejemplo- sí hay templos de algunas confesiones religiosas diferentes al Islam, aunque no por ello tienen las cosas fáciles.

Occidente es otra cosa. En realidad, cualquier parte del mundo en la que budistas, hinduistas, judíos, cristianos o lo que sea estén en mayoría lo es. El problema tiene siempre el mismo epicentro. Pero que nadie se confunda: el problema en cuestión no es el Islam, sino quienes, por un lado, lo utilizan como patente de corso para llevar a cabo todo tipo de salvajadas y los que, por otro, practican una suerte de victimismo tan nocivo como absurdo. Estos últimos son los que acusan al mundo entero de intolerancia por el rechazo que suscita la construcción de una mezquita en plena Zona Cero de Nueva York.

Por si alguien no se acuerda, quienes estrellaron dos aviones de pasajeros contra las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001, llevándose por delante la vida de casi 3.000 inocentes, lo hicieron en nombre de Alá. Madrid, Londres y tantas otras ciudades del mundo entero han padecido también la barbarie de tan particular forma de hacer proselitismo. Y lo que queda. Desde hace ya tiempo, los servicios de seguridad estadounidenses están en máxima alerta ante la posibilidad -casi certeza- de que el terrorismo islámico vuelva a actuar en las inmediaciones de lo que era el World Trade Center. Su osadía no conoce límites, y el efecto propagandístico que conseguirían con ello sería colosal.

Lamentablemente, los animales que secuestraron los aviones aquel día pergeñaron sus atrocidades en mezquitas. Desde las que, dicho sea de paso, se dictan sentencias de muerte, como la del escritor Salman Rushdie, considerado blasfemo por muchos que no han leído una sola línea suya. O se da amparo a personajes como el imán de una mezquita de Lyon, víctima de la intolerancia occidental. Total, el pobrecito se limitaba en su prédica de los viernes a justificar la violencia física contra las mujeres, aprobar la lapidación de las esposas adúlteras y preconizar la poligamia. Aunque sólo sea por las familias de las 2.976 personas asesinadas el 11-S, el provocador que ha tenido la ocurrencia de hacer allí una mezquita podía mostrar algo más de respeto por la memoria de los muertos.

Tengo amigos musulmanes, todos ellos excelentes personas. Me cuesta verles dinamitando aviones, lapidando a mujeres adúlteras, pegando a sus esposas o defendiendo el uso de prendas como el “burka”. Sin embargo, más de uno alberga en su interior un “sí, pero…” cada vez que se tocan estos temas. No lo exteriorizan, aunque lo sienten. Y es ahí donde radica el quid de la cuestión. El Islam tiene que adecuarse al siglo XXI. Conservar su esencia y sus tradiciones, sí, pero adaptándose a una sociedad tolerante y en la que caben todos. Sin que hacer un simple dibujo -recordemos las caricaturas de Mahoma en un periódico danés- le pueda costar la vida a su autor, sólo porque a alguien lo considere de mal gusto. Por esa regla de tres, Tapies tendría que haber sido pasado por las armas hace ya tiempo, y en cambio ahí sigue, embadurnando lienzos…


Antonio Hualde

Abogado

ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset

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