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Desbarrar impunemente

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 17 de septiembre de 2010, 19:14h
En un país pródigo en sus muestras, este verano se asistió a un ejemplo alzaprimado de tan fustigable conducta; tanto más cuanto que es particularmente visible en gentes de encumbrada nombradía política y mediática. Por un quítame allá esas pajas, cualesquiera de nuestros famosos discursean y pontifican, desprovistos de conocimientos, acerca de lo divino y lo humano; sin que su proceder reciba el consiguiente réspice de las personas investidas de autoridad en la materia.

El fenómeno, por descontado, trasciende anchamente la anécdota y el caso particular para elevarse a un plano de entidad cultural y sociológica, cuyo análisis, desde luego, requiere páginas más holgadas y especializadas que las periodísticas. Al desgaire, se trae aquí el lance mencionado por la singularidad que reviste, dada la trascendencia de la materia y la singularidad de los protagonistas: Catalunya y España, comentadas en sus relaciones actuales por Dª Carme Chacón y D. Felipe González, con titularidad académica de licenciados en Derecho y, políticamente, estrellas máximas de la constelación socialista de la última trayectoria del centenario PSOE. En el selvático artículo aparecido en un diario nacional con sus firmas se añascaban argumentos manualísticos y otros ad hominem e indigentes de información acendrada con disquisiciones eutrapélicas, afirmaciones por entero voluntaristas y jupiterinos anatemas contra casi todos los que no se situaran en su envidiable posición.

Nada, sin duda, novedoso, como ya se dijera, en el panorama cultural español de hodierno, y cuya relevancia sólo deriva de la importancia del tema y sus glosadores. En un acto de grave incontinencia doctrinal y verbal, ambos arrojaron con su escrito por la borda el merecido respeto y aplauso que les ha granjeado parte de sus altos servicios a la comunidad. Naturalmente, como ciudadanos están plenamente capacitados para expresar su opinión dónde y cuándo les pete; pero bien se entiende que, en sujetos como los referidos y en una hora se suma gravidez, un mínimo sentido de responsabilidad les exigía, habida cuenta de su relieve individual e institucional, estudiar con cierta detención un asunto de tan hondo calado y significación. Una amplia porción de nuestra historia moderna y contemporánea se escribe sobre la falsilla del diálogo y la confrontación a una y otra orilla del Ebro, siendo incontables las plumas cimeras que enriquecieron su análisis: recientemente, desde Pla y Vicens Vives hasta Pabón y Fernández Almagro. Sin al menos un ligero repaso a sus obras, resulta temerario engolfarse en cuestión tan enrevesada y ocasionada a la estéril controversia.

Venturosamente, el artículo susomentado recibió casi instantáneamente el condigno varapalo a cargo de una descollante personalidad intelectual no muy alejada de la órbita de la ideología de sus autores. Redactada a vuela pluma como una “carta al director”, la puntualización del escritor de Ética para Amador bien podía titularse “Rectificación de Fernando Savater o el esplendor de la inteligencia”, por el virtuosismo de su argumentación y lenguaje. Siempre, aunque quizá cada vez menos, habrá jueces en Berlín para devolver los fueros perdidos al rigor deturpado o al pensamiento oscurecido.

Los hobbies e inclinaciones por la escritura, de poner negro sobre blanco son sumamente elogiables y en manera alguna deben censurarse. Mas cuando se manifiestan en mujeres y hombres de acusado porte en la vida pública, han de ser severamente controlados. En el decálogo del recado de escribir, el principal de sus mandamientos estriba en no utilizarlo en vano.
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