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Una novillada en Horche

viernes 17 de septiembre de 2010, 19:39h
Una punzada de luz va hiriendo las miradas de los que suben a la plaza. En los altos de Horche, ya las eras confundidas y recorridas de hormigón a trozos, las talanqueras de metal corinto conducen al coso, aplastado por el cielo alto y claro de la Alcarria. Al fondo, un monte de pinos bajo el que se mecen los álamos, aún verdes, que custodian el paso silencioso del Tajuña. No hay fiestas sin toros por estos campos altos de Castilla.

En la sombra breve que recoge el muro de la plaza, entre una furgoneta y un coche de lujo ostentoso y metalizado, el veterinario apunta en unos papeles al amparo del sombrero blanco, la guardia civil se acerca, verde, en su coche; un mozo en camiseta roja — en el pecho “Adicto” (y dentro de la o el escudo del Atleti); en la espalda “Escribe el futuro en rojo y blanco”— pasea el percherón de picar; los picadores fuman destocados junto al camión y una rubia de ajustada minifalda y piernas interminables y torpes bajo los tacones inverosímiles convoca los ojos lujuriosos de todos los taurinos. Por las barras de hierro de la puerta entran al callejón los paisanos camino del tendido y ceden el paso a un mozo de espadas circunspecto, el fundón y las puntillas bajo los brazos. Allí, en el entramado de espadas y capotes, mozo y apoderado aprietan el palillo —el estaquillador bien ajustado a la franela de la muleta— girando la hembrilla con el estoque simulado. Todo tiene justo y cabal sentido en la sombra portátil que surge en el altiplano, en la era alta de la luz del septiembre castellano. Un cepillo de raíces repasa en el cemento el percal rosado de un capote y su sonido regular y áspero es como un anuncio del tiempo que pasa y no pasa, detenido en el mundo agrario y antiguo de los toros.

Hay más cigarrillos que puros entre taurinos y aficionados, más pipas que cubalibres entre chavales y peñistas, más viseras que paja en gorras y sombreros y, de pronto, suena la charanga de la peña La Amistad cuando ya la reina y sus dos damas han iniciado, erguidas y sonrientes, casi disculpándose, una vuelta al ruedo. Tres mantillas negras por la raya única y blanca de picadores. Cuando ellas terminan, comienzan los novilleros. Luis M Amado, Juan José Varela y Antonio Rosales van a lidiar novillos de Pío Tabernero de Vilvís, y el público, expectante y mesurado, tras las palmas del paseo, guarda un silencio que solo interrumpe el crujir uniforme de las pipas.

A Porta Gayola, de rodillas, le cambia Amado al primero las vueltas azules de su capa; el novillo le aprieta tras el remate y pierde el torero el aire. Ya no lo encontraría en el resto de la tarde. Menos mal que Adalid, banderillero de oliva y plata, cuerpo de mantis religiosa, cabeza afilada de pájaro asustado, pareó en lo alto con suma perfección y torería —es banderillero de verdad, de los de antes y siempre— y aunque merecía más que unas palmas —la Alcarria es parca, percibe y calla— cambió el sabor de boca. Sonaba Chiclanera en una versión casi de jazz y el torero huye frustrado por el miedo y la impotencia y deja media contraria y un bajón paletillero. Sería esta misma frustración la que en el cuarto, un casitoro acarnerado con cuajo y presencia, le violentaba la cara, lo inducía a latigar con la muleta y le impedía encontrar la calma que le recomendaba el apoderado desde las tablas. Sólo la inmovilidad de tres antenas telefónicas ponían un punto de quietud a la barahúnda de la arena.

Hormigones La Vega de Horche.

J.J. Varela trastea al segundo con ganas, pero la ansiedad no le deja ver la buena clase del toro y se va de la suerte. Tiene otra oportunidad y el quinto —que hace bueno el dicho y no es malo— ha derribado al picador. Un señor bajito —muy bajito— de ojillos vivos —muy vivos— y rizos crespos que hace un rato dijo que tenía compañera sentimental ya va para diez años y que pasan juntos el verano en Aranda, opina que novillos como estos no los echan en cualquier sitio; que le gustaría ver si salen así hoy en las corridas de las figuras en Albacete o en las mismas Ventas. Un navajazo rápido en el cuello pone de punta la paja del sombrero de otro aficionado.

Ayuso y Molina. Carpintería metálica y cerrajería.

Antonio Rosales es más joven, de Leganés y viste de grana y oro. Algo, la cara, la estatura breve, el tipo anticuado, un aura indefinible, hace guardar silencio. Y del silencio surgió al fin el derechazo, se abrió el compás, sonó la trompeta más nítida y templada —como la muleta—, más dulce en la atmósfera azul sobre el pueblo y el campo. Un no sé qué se apoderó del alma de toro, torero y horchanos, y la tarde, por un momento, congeló a los pájaros en el cielo. Desde la última fila del sol una mujer abre las bermudas de sus muslos y se tapa la cabeza con un paraguas de triángulos azules y blancos. Rosales daba golpes de rabia en la tronera con la mano abierta cuando perdió las orejas con la espada. Pero quedaba el último. Y el ganado embestía. Y no abría la boca ni doblaba una mano. No como en Albacete o en las mismas Ventas. Y salió un torete. Con trapío. En seguida los más expertos buscaron el guarismo en la paletilla porque les parecía más que utrero. El novillo aprieta, el piquero da los pechos y cae derribado. Desde la arena pone la vara. La gente protesta. Adalid sonríe.

La luz parte la plaza por la mitad con precisión infinitesimal y en la zona iluminada brillan las lentejuelas de un sombrero azul sobre media melena adolescente. Rosales se dobla, se desarma, se vuelve a doblar mandando y da una tanda con temple y empaque. La sal le baja a las muñecas, sonríe, cambia de manos con gracia, carga la suerte, lleva el natural a la cadera, se gusta en la trinchera y la banda atiza el bombo y la caja con entusiasmo. ¡Ayyy, Campanera! Ahora sí, una agitación de pañuelos entre viento de trompetas, clarinetes y un trombón. Sonríe el torero alzando las orejas y el rabo del novillo. Cuando da la vuelta al ruedo ve el sombrero azul brillar y le lanza la oreja.
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