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Faraón subasta derechos constitucionales

Mariana Urquijo Reguera
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lacajadelostruenosyahooes/18/18/24
sábado 18 de septiembre de 2010, 13:28h
Erase una vez un país en el que había una Constitución que regulaba la convivencia de sus ciudadanos, los derechos y los debres de éstos y de sus representantes. En el corpus legal se contemplaba el siguiente tema:

“Artículo 47: Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación.
La comunidad participará en las plusvalías que genere la acción urbanística de los entes públicos”.

Un día, llegó al poder un señor que venía de otra época, cual viaje en el tiempo, se instaló en la alcaldía de la capital del reino un faraón dispuesto a convertir la entera ciudad en un templo de veneración y exaltación de su poder. Así, al no entender éste lo que significaban ni los derechos ni las obligaciones constitucionales, obvió el corpus legal que limitaba sus acciones y debía guiar y orientar sus decisiones.

Entonces se endeudó como no lo hacen otros países para construir grandes grutas subterráneas, grandes edificios, para decorar las instituciones que él pisaba a diario y que debían lucir y relumbrar de forma afín al poder que él ostentaba. Luces y brillos que acompañan al gran faraón.

De forma casual, un día sus intereses convergieron con los que defiende el artículo 47, y construyó una serie de edificios para los sin nombre, sin casa, sin derechos. Lo definieron como casas de alquiler con opción a compra. 630 familias fueron tocadas con la gracias del gran señor. Les dieron las llaves con atentas cámaras que emitieron el momento a diestro y siniestro. Y ahí el faraón, echó sus polvos mágicos y se desvaneció.

Nunca más se supo. Se empezó a caer el techo sobre las mil cabezas que habitaban el lugar. Avisaron, pero el gran faraón no les escuchó. Cuando alguien contestó fue para decirles que lo arreglaran por sí mismos, ya que antes o después las casas serían suyas. El abandono reinó el lugar entrando en una decadencia colectiva propia de aquello que no se cuida, porque el dueño oficial, el faraón, no ejerció su obligación de arrendatario. También desconocía esta parte de la ley.

Un día el faraón se encontró con un problema: no tenía más monedas de oro para jugar. Entonces, reunió a sus amigos y les dijo que soltaran unas moneditas de golpe y a cambio él les daría bonitos edificios que soltaban moneditas de a poco. Sus amigos contentos con el regalito que les hacía el faraón, se pusieron a imaginar qué pasaría si cada domingo, frente a un rico elixir de uva, el faraón fuera regalando edificios por unas pocas monedas.

Soñaron y soñaron hasta que una mañana, los sin nombre se levantaron, aullaron y envenenaron a todos los faraones y a sus amigos. No los mataron, sino que sembraron en su sangre el deseo del bien común. Cuando despertaron, nunca más intercambiaron moneditas sino que se dedicaron a repartirlas. Así nunca más hubo sin nombre, sin casa y sin derechos, nunca se cayeron trozos de techos encima de las cabezas de nadie y todos fueron felices para siempre.

Sin embargo, la vida no es un sueño ni un cuento: tal elixir no existe y el faraón sigue vivo intercambiando moneditas con sus amigos a cambio de la vida de millones de personas que viven en la capital del reino.

Siguiendo el artículo 47 de la Constitución, es imprescindible denunciar al faraón por grave prevaricación, por especulador, por reiterada negación del artículo 47 a la población madrileña y por negar a ésta la participación en el plusvalor que estos movimientos inmobiliarios. Una denuncia colectiva ya para apoyar a las 630 familias de Madrid que esta semana asistieron a la subastas de sus casas, sin derecho a pujar por ellas, sin derecho a vivir dignamente porque el ayuntamiento ha omitido su deber de arrendador de cuidar por el bienestar de sus inquilinos y los edificios e instalaciones de las comunidades, en unas viviendas de VPO que el ayuntamiento a través de su Empresa Pública de la vivienda construyó y después olvidó a su suerte. El lunes se consumó el delito y las voces de quienes protestaban fueron acalladas aquí y allá.

Mariana Urquijo Reguera

Filósofa, profesora e investigadora.

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