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Zapatos de Baker Street

domingo 19 de septiembre de 2010, 20:36h
El cielo de Brighton es un papel de periódico arrugado y vuelan las gaviotas rasgando titulares gastados, viejos ya cuando la tinta aún riela fresca en las páginas. La vida en la calle Baker no es muy diferente a la de cualquier otra. A ambos lados se alzan hileras de casas bajas y adosadas, sin ostentación, sin remilgos, sin persianas; pero con esa cierta altivez británica que aquí impregna el suelo, como el salitre el viento. Nunca he entendido por qué los ingleses se creen tan especiales, después de todo, ellos también tienen ‘Gran Hermano’. Hay además un supermercado asequible donde las fresas siempre están en oferta y una tienda de esas en las que lo mismo puedes copiar una llave que mandar reparar un tacón. Son curiosas estas tiendas que ahora descubro también universales. Debe existir un nexo íntimo y secreto que relacione zapatos y llaves, y que a mí se me escapa, del mismo modo que no alcanzo a ver, pero Mayor Oreja sí, la realidad indisoluble que conforman el Gobierno y ETA. Tal vez, la clave (que también es llave) de todo resida en el calzado y no sea cosa baladí que el presidente se llame Zapatero.

Al abrigaño de la humedad nocturna, un grupo de estudiantes españoles discute si la palabra “taberna” se escribe con “B” o con “V”. Se han dado cita en un restaurante del paseo marítimo que para ellos ya solo es el Seafront. A fuerza de resignación se han acostumbrado a un clima poco generoso y, cuando hablan en castellano, es fácil escucharles expresiones traducidas del inglés: “No, realmente”, responde alguien, mientras otra persona confiesa sus dificultades para recordar si el vocablo español “móvil” es con “V” o con “B”. Hubiera apostado cien libras a que el camarero que les atiende es español, y las hubiera perdido miserablemente: es griego su acento, aunque suene tan castizo como el de Valladolid.

De vuelta a casa, en las calles se ha hecho un vacío inaudible. Solo de vez en cuando, la puerta de un pub se abre, dejando pasar un chorro de música electrónica que va llenando las aceras siguiendo el principio de los vasos comunicantes. Luego se cierra tras alguien con aspecto punk, devolviendo el silencio a la ciudad. Las ondas de radio se alejan en todas direcciones después de este particular big bang que tal vez alguien que aún no ha nacido pueda registrar un día, a millones de años luz. En estas y otras cosas hueras voy pensando cuando tropiezo y caigo al suelo. Al levantarme ilesa, compruebo ante mi bota mutilada que he perdido un tacón.

Había pensado llevarlo a reparar al establecimiento de la calle Baker, pero de eso hace ya varios días. Desde entonces me atenaza una intranquilidad rayana en el miedo, un desasosiego inexplicable despertado por la posibilidad de encarar la tienda, tomar el pomo de la puerta, traspasar el umbral, descubrir tras el mostrador la abundante barba, los ojos pequeños, el pelo a raya, la voz meliflua de Mayor Oreja.
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