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Diccionarios, enciclopedias y franquismo (y 2)

José Manuel Cuenca Toribio
miércoles 22 de septiembre de 2010, 20:41h
La formación cultural recibida hasta entonces en escuelas, institutos y colegios había sido, también conjunto, muy buena y sus redactores poseían un bagaje intelectual notable y en extremo respetuoso con las exigencias académicas de cualquier quehacer editorial de cierta ambición.

Todavía en dicha época Barcelona ostentaba sin disputa la primacía bibliográfica del país, publicándose en la Ciudad Condal la gran mayoría de la literatura mencionada. Sin embargo, comediados los ebullentes años sesenta y por razones fiscales, una de las grandes editoriales asentó en Pamplona la sede de su adaptación al castellano de una de las enciclopedias más reputadas. Por dicha razón, nació en la capital iruñesa la enciclopedia intitulada bien expresiva y elocuentemente Monitor. Un mallorquín de envidiables cualidades gerenciales y no menos admirable cultura y sentido nacional, Rosendo Verdaguer, pilotó la excitante y novedosa aventura. Pues, en efecto, la flamante y arriesgada empresa de difundir con acribia y agilidad el saber acervado en la época entrañaba no poco de apuesta y su pericia logró sortear los muchos obstáculos interpuestos para llevarla a buen fin.

Casi coetáneamente, pero en la misma Barcelona, el editor más legendario del siglo XX español, el sevillano José Manuel Lara, conducía a buen puerto otra tarea similar, mas en un ámbito quizá de más alto coturno divulgador. La traducción del mítico Diccionario Larousse se realizó impecablemente con un suplemento de voces hispanas de notoria amplitud y calidad. Casi todo el censo de las Universidades barcelonesas –Central y Autónoma- participó de manera más o menos intensa y asidua en sus numerosos volúmenes al lado de un cuadro de redacción de primer orden, en el que se integraban, a la vieja usanza de las editoriales de mayor prosapia, represaliados de la primera hora del franquismo e igualmente –y, claro es, en mayor número- de la última. Si todas las parcelas de la vasta publicación recibieron un cultivo esmerado, en ocasiones, del lado de autores consagrados, tal vez la histórica y, singularmente, las artísticas se situaron en vanguardia de una labor presidida, a la moda del día, por la excelencia.

Otros muchos diccionarios y enciclopedias tachonan con brillantez el panorama cultural de la dictadura en los diversos tramos de su largo recorrido. Como las glosadas más arriba, ponen al descubierto un clima intelectual de innegable densidad y, con ello, la necesidad, y en algún punto la urgencia, de revisar, a más de setenta años de su implantación, clisés y estereotipos acerca de una época en la que el légamo y la herencia de una deslumbrante tradición cultural no se evaporaron ni guadianizaron. El tema no admite simplificaciones extremas y requiere discusiones críticas más sosegadas y acaso algo más matizadas de las observadas hasta el momento. El binomio autoritarismo y desarrollo cultural e, incluso, el de dictadura política e ideológica (no racial) se visualiza en la historia sin exceso de excepcionalidad.
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