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Una bala en la recámara

Antonio Domínguez Rey
viernes 24 de septiembre de 2010, 19:04h
Nos nos engañemos. El País Vasco y Cataluña se repartían durante el franquismo casi el setenta y cinco por ciento de la renta per capita de los españoles. Los demás ciudadanos se contentaban con el veinticinco restante o se esparcían, emigrantes, por tierras de Europa y América. Era difícil ver a vascos, especialmente a catalanes, y que no fueran exiliados, en situación de emigrantes. Esa predominancia económica se traducía políticamente en presencia ministerial y bancaria en el Estado y desarrollo lento, pero continuo, de la industria, así como traslado de sectores obreros de otras provincias españolas hacia Bilbao y Barcelona. Andaluces, gallegos, castellanos y extremeños incrementaron la población de estas ciudades. El norte y noroeste de España se beneficiaba de la proximidad con Europa gracias a los mares Cantábrico, Mediterráneo y los Montes Pirineos. Vino luego la eclosión turística a reforzar estas costas y la andaluza, a la que insufló cierto respiro económico, sobre todo veraniego, con el primer bum del cemento y ladrillo, auspiciado por los ahorros de los emigrantes, en particular gallegos, pero invertidos fuera de Galicia.

El esplendor económico de estas zonas produjo una burguesía cómoda con barnices de cultura progresista y ciertas capas sociales adineradas. Sin embargo, el poder político seguía en manos exclusivas del Jefe de Estado, quien aconsejaba a sus próximos en el poder, según cuentan algunos contertulios suyos, que lo imitaran y no se metieran en cuestiones políticas.

Nada extraño, pues, que con el cambio democrático acaecido en España después de 1975 y reforzado por la Constitución de 1978, se incremente la ambición política de la economía vasca y catalana, inmersa además en las respectivas estructuras autonómicas del Estado, y que aspire al poder que su proximidad natural al resto de Europa, así como las ayudas recibidas de Bruselas, favorecen. Quieren en forma de política activa la cuota que ya tenían y ahora administran casi directamente.

Esta ambición se traduce de diversos modos, entre ellos los Estatutos de Autonomía, verdaderas dentelladas a un Estado de derecho cada día más dependiente del nacionalismo nororiental. Su estrategia política busca además otros apoyos históricos como el de Galicia, pero los hacendados industriales y la Banca gallega miran hacia otra parte al son de una música especial, distinta, y no sólo de gaita.

Y en este escenario incide la izquierda vasca y catalana solicitando también su parte alícuota de poder fresco y gratificante. En el caso vasco la petición se beneficia con la trágica realidad de una tendencia separatista ramificada en varios tentáculos y con una tenaza de terror calculadamente administrada. El movimiento separatista vasco pervive desde hace casi medio siglo y a pesar del franquismo, que no pudo erradicarlo, la Transición, que lo sufrió crudamente, y esta Democracia ahora mismo acosada y puesta una vez más en solfa con tensiones que, si bien la reforzaron en casos, como el 23 de Febrero de 1981, la debilitan en otros.

El anuncio de ETA sobre un compromiso de abandono de la violencia, restringida capciosa e irónicamente a su aspecto defensivo, abre un respiradero a tantos años de muerte y dolor escanciado con método de goteo político en vertiente marxista-leninista. Hasta ahora, los sucesivos gobiernos del Estado español, menos el franquista, que intentó exterminar a ETA sin conseguirlo, y sufrió su garfio en la entraña de su pervivencia, se limitaron a pasarse la patata caliente de legislatura en legistura con acciones policiales más o menos acertadas y declaraciones monótonas, impotentes, después de cada fechoría. Cada vez que había y hay crisis de gobierno, o se acercan unas elecciones, se afirma el acorralamiento de ETA y se repite que la serpiente de su estandarte enrosca los últimos coletazos. La respuesta era y es siempre la misma, otro crimen, explosión o secuestro.

En el primer lustro de los años ochenta, cuando trascendía en el entorno de los exiliados españoles residentes en Burdeos el rumor de que se celebraban encuentros en el norte de Burgos u otros lugares del País Vasco entre representantes del Gobierno y sectores independentistas, un compañero matemático, ya fallecido, y yo hacíamos cálculos sobre otros dramas previsibles. Lamentablemente, la noticia trágica de sangre variaba sólo en pocas semanas, a veces días. La respuesta de ETA ante las negociaciones frustradas según sus exigencias era siempre la misma: un cadáver o más en las calles, montes de EusKadi o alguna ciudad española. Implacables en el análisis y la ejecución de sus previsiones. Y vuelta a las comunicados gubernamentales y de la oposición política condenando la violencia. Y así hasta el día de hoy.

ETA es la mayor evidencia de la debilidad democrática de España. No sólo amenaza la integridad del Estado, sino que es un punto crucial de desestabilización posible de Europa. Desconcierta que en pleno siglo XXI una nación como España, de las más significadas históricamente, no pueda resolver este conflicto de modo democrático. La pervivencia de la propuesta etarra no se explica sin apoyo continuo de alguna o algunas instituciones extranjeras, bien directa o indirectamente. La izquierda denominada abertzale ha conseguido introducir en la red del entramado social vasco una organización de miniestado con estructura y funciones propias, política, militar, económica y casi administrativa, por lo menos docente. Apenas se desmantela una de estas organizaciones, surge otra y casi de inmediato. Mientras exista un sector ciudadano considerable de apoyo, cuya juventud esté dispuesta a un sacrificio carcelario de por vida o por largos tramos de su existencia, este movimiento resiste e impondrá condiciones al resto del Estado español. Y si arrecian el paro y el desconcierto social, más simpatías y adhesiones.

¿Y qué exigencias puede aceptar de una banda terrorista, como continuamente se la juzga, una nación que se precie? La crucial y básica de tal organización, la independencia de Euskadi, destrozaría la unidad del Estado. “¡Independencia! Sí, qué palabra tan bonita”, responde una señora mayor dueña en Vergara de un restaurante “nouvelle cuisine” a un contertulio abertzale que le había preguntado, en la última década del siglo XX: “¿Verdad, doña X, que seremos independientes?” Y ella añade: “¡Sí!”,preguntando, a su vez, de inmediato: “¿Y para depender de quién?”.

ETA aún hostiga el escenario de la política española con frío cálculo político de análisis materialista. Sabe incidir en las cuestiones de Estado cuando es precaria su imagen e impone, como se dice ahora, una agenda u hoja de ruta. Necesita incrementar su trama política con presencia aparentemente legal en las instituciones vascas. Esto le proporciona cierto crédito público, a cuyo escenario acude con efecto mediático cuando ve que las condiciones internas del Estado español la favorecen. Ha conseguido asomar un pie oficioso en Bruselas. Y desde su umbral reclama ahora el establecimiento de condiciones bajo el nombre de Euskal Herria, de cuyo dominio se siente representante, pues no reconoce la Autonomía vasca incursa en la Democracia española mediante Constitución escasamente votada por aquella ciudadanía. No admite bajo ningún aspecto la sombra de una derrota. Y sus exigencias no varían. Si consigue un crédito económicamente político homólogo al de las extorsiones actuales, tal vez ceje temporalmente en alguno de sus objetivos. Esto daría también un respiro al Gobierno, dado a incidir en cuestiones que mantengan al Presidente en foto y pantalla permanente.

¿Está dispuesta España a compartir una franja de las condiciones independentistas, que apuntan, directas, a la reforma constitucional, la liberación inmediata o escalonada de presos, la autodeterminación del País Vasco, el cambio autonómico por el federalista y, más tarde, cuando el viento sople impulsivo, el establecimiento de un Estado propio que incluya la zona vasca de Francia?

Por parte francesa lo tienen claro. El último tiro de muerte efectuado en este territorio contra uno de sus gendarmes ha sido decisivo para la nueva estrategia anunciada. Saben que sobre sus cabezas ha caído el peso inmisericorde de la República. Los conocen, escrutan sus escondrijos, movimientos, los atrapan directamente o delegan en servicios españoles.

Todo indica que una parte de ETA se aviene al plan trazado y presentado hace algunos años por Pascual Maragall en Ferraz para la pacificación de España. Indicación suya fue la visita de Carod-Rovira al entorno abertzale en 2004 para convencerlos de la oportunidad de crear un sector político nuevo o de aprovechar alguno ya existente y dar así entrada legal a los miembros de ETA. La estrategia, se deduce de lo que vamos viendo, y administrada política y astutamente por el Gobierno actual de España, que también gana crédito político de este modo, incluye además la previsión de un corrimiento de votos hacia el socialismo vasco entre aquellos sectores de la izquierda que se sientan discordes con esta medida. El tiempo demuestra además que se delegó esta misión en personas firmantes de la Declaración de Bruselas, efectuada este mismo año en curso por mediadores internacionales como la Fundación Nelson Mandela, su amigo el arzobispo anglicano Desmond Tutú o el Premio Nobel de la Paz John Hume, además de la que fue presidenta de Irlanda, Mary Robinson, y otras instituciones. Un amplio número de abertzales la amparan igualmente, entre ellos bastantes de los presos encerrados en cárceles españolas.

La estrategia incluye aislar a los sectores más radicales de ETA, lo cual explica las últimas detenciones realizadas casi en cadena y permite sospechar que detrás hay bien chivatazos, sacrificio de personal etarra para salvar el rostro oficial del Gobierno o consenso, al menos tácito, entre Francia, España y tal vez otros países, con el fin de acorralar su entorno y dejarlo reducido a la mínima expresión posible. Esto podría suscitar incluso arreglo de cuentas en el entorno abertzale.

Aún así, ETA sigue dominando el escenario que decora, puño en alto, con ecos internacionales. Se reserva, por tanto, una bala en la recámara. Si no hay acuerdo según la condición última de Euskal Herria, la culpa será, como siempre, del Estado español, y ahora, además, de la República francesa. Y con esta bala, tal vez el último cartucho del Presidente del Gobierno para ganar unas elecciones generales entonces tal vez anticipadas.

Y detrás de todo ello, como telón de fondo inevitable, la reforma pactada de la Constitución con aires republicanos.

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

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