Los animales y los días
viernes 24 de septiembre de 2010, 21:05h
El tsuku tsuku boshi es un tipo de cigarra japonesa que con su canto marca el final del verano. Antes, los niños han estado recogiendo todo el verano semi, cicadas, un tipo de cigarra grande, oronda, con un cuerpo rechoncho, dos grandes ojos saltones separados (tienen otros tres más pequeños entre esos dos) para meterlas en cajitas de plástico con agujeros y llevarlas a casa. Coleccionan cigarras por su canto. El canto de las cigarras es en Japón una metonimia del verano, su estruendo significa verano. Recuerdo un anuncio televisivo de cerveza en esa estación: su canto resonaba en una habitación vacía, y volaba sobre los suelos de tatami hasta desaparecer en un jardín verde y borroso, al fondo. Un japonés cierra los ojos, oye el canto de la cigarra y siente el verano. O su fin, cuando el que canta es el tsuku tsuku boshi.
Las cigarras cantan porque se quieren aparear. Cantan los machos gracias a unas membranas externas, unos timbales, y las hembras perciben sus vibraciones y responden a ellas. La hembra responde con un canto diferente, menos ruidoso, y entonces el macho adapta el suyo al de la hembra y deja de hacer ese ruido fuerte y repetido. El macho se sincroniza a la hembra. Los niños japoneses coleccionan cigarras y también las pieles que dejan las cigarras en su última metamorfosis, antes de convertirse en insectos adultos. Es curioso el interés que muestran los niños en Japón por los insectos, y en especial por las cigarras. Quizá les fascine su capacidad metamórfica, su propensión al cambio radical, su abandono de antiguas pieles. ¡Qué peligroso el cambio radical de los demás! ¡Qué desconcertante el de uno mismo! Es posible que de los insectos y de la fascinación de los niños japoneses por ellos salgan esos robots y animales fantásticos y transformistas que pueblan el manga y el anime japonés. Quizá ese interés venga de las propias metamorfosis físicas y psíquicas de los niños.
La relación de los animales con las estaciones es algo notable. El cuclillo, el ruiseñor, el cisne, los cuervos se pasean por los poemas japoneses clásicos, por el Kokinshu y el Manyoshu, las dos grandes recopilaciones de poemas japoneses, comparables en temática a veces a la lírica galaico-portuguesa. Se diría que los animales en la literatura forman un calendario, que son las manecillas y los números de un reloj natural, al que no hace falta darle la vuelta, cuerda o cambiarle la pila. Un reloj solar en su base, pero animal y vegetal en su expresión. Es posible que gran parte de la literatura que consideramos antigua no sea sino un gran calendario, un reloj tan simbólico y tan enigmático como un templo solar. Creo que son los japoneses los que inventaron los relojes solares de pulsera. Yo tengo uno y lo miro esperando algún poema que no llega. Quizá el poema sea el mismo reloj solar de pulsera. Igual que los relojes antiguos, de cuerda, automáticos, solían ser redondos, pequeños soles simbólicos de muñeca también. El culto de los japoneses al canto de la cigarra suele hacer mucha gracia a los españoles que van a Japón en verano y lo descubren (hace falta algo más que ir a Japón para descubrirlo). Les parece algo extraño, primitivo, extravagante. Los mismos japoneses no esperan que un extranjero lo comprenda. Son una de esas pequeñas cosas. Sin embargo, yo recuerdo que en verano iba a la casa de mis abuelos, una casa grande en el Sur, en el campo, con el pueblo más cercano a quince kilómetros. En la casa, además de familiares vivían media docena de criados. No sirvientes, tampoco empleados, criados. Hombres y mujeres cuyo estatus era de casi semi-parentesco y que tenían una relación que iba más allá de un intercambio económico. Una de ellos era Doña Lola, una mujer pequeña, siempre vestida de negro y que casi nunca salió de su habitación. Mis abuelos la habían recogido, a ella y a su ajuar, tras la guerra civil. No era una criada en el sentido estricto, pero vivía como tal, aunque sin hacer nada. No limpiaba, ni ordenaba, ni cocinaba, ni servía. Pasaba el tiempo en su cuarto, con su ropa, sus muebles y su pequeño joyero. Con su ajuar. Mis hermanas conocían aquel joyero, yo nunca llegué a ver su interior. De vez en cuando se hablaba en la casa de quién la heredaría. Porque los criadas dejaban herencia, a veces a los señores o a sus niños. Qué orden tan raro hoy en día, pero qué grato. Digo señores, aunque Doña Lola solo habría usado --yo nunca se la oí-- esa palabra con mis abuelos. El resto eran niños: niño Juan, niña Piedad, etc. Aunque tuvieran más de cuarenta años. En verano, Doña Lola ponía en el interior de su habitación, junto a la puerta, una pequeña jaulita de madera y alambre. Por las tardes, cuando hacía calor, de la jaula salía el canto de la cigarra. A mí me gustaba subirme a alguna silla para intentar ver el diminuto insecto negro que producía aquel canto. Las cigarras españolas eran mucho más pequeñas que las japonesas, por lo que apenas distinguía el animal. Pero sí su canto. Entonces no sabía que esa cigarra, cuando la temperatura subía y llegaba a los grados adecuados para el apareamiento, cantaba. No sabía que buscaba pareja. Para mí, por metonimia, el canto de la cigarra era Doña Lola, y Doña Lola era una parte del verano, una mujer vestida de negro, pequeñita, que no hacía ruido y que colgaba una enigmática jaulita sonora junto a su puerta. Una cigarrera. ¿Qué oiría Doña Lola en ese canto? ¿El verano? ¿El eco de una transformación personal? Por si quedaba alguna duda, la cigarrera la heredé yo, voluntariamente. Es una obra casi perfecta. La tengo encima de la mesa. El verano se acerca a su fin pero el tsuku tsuku boshi todavía no ha cantado. De vez en cuando, me encaramo y miró el interior de la cigarrera. Por si acaso.