Naciones Delicuentes
Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 24 de septiembre de 2010, 21:40h
Ante la expulsión del territorio francés de grupos de gitanos inciviles, cabe preguntarse si existen naciones, etnias, grupos religiosos o incluso razas proclives al delito como forma de vida en las sociedades en que parasitan y que, por tanto, se alimentan de los recursos ajenos contenidos en el cuerpo social que hacen enfermar. Ahora bien, no nos andemos con fariseísmos, y si la respuesta es afirmativa a esta interrogativa indirecta, debemos saber que somos, técnicamente hablando, racistas sensu lato.
Es evidente – la Historia nos lo dice – que han existido pueblos y etnias cuyas prácticas de comportamiento eran marcadamente inciviles y de una brutalidad criminal superlativa. Los pecenegos, por ejemplo, que arrasaron territorios de Ucrania, Polonia, Eslovaquia, Hungría y Bulgaria, acostumbraban a fabricar cálices a partir de los cráneos de las poblaciones masacradas. Con el tiempo fueron ellos mismos aplastados y asimilados a partir del siglo X entre los búlgaros, magiares y gagauzos, pueblos que tenían prácticas de convivencia algo más civilizadas. Sin duda, se consiguió esta integración, entre fuerza y mano izquierda por Esteban el Santo, primer rey de Hungría. Y es así que los sucesores de los pecenegos ya no han vuelto a beber mosto en cráneos humanos. Y este mismo ejemplo nos permite aprender el error de bulto conceptual en que caen los políticos racistas. Una cosa es la práctica cultural de un pueblo ( ablación del clítoris, beber en cráneos humanos, lapidar o deformar el rostro de la mujer adúltera, matar a la mujer que bebe vino, abortar, vender gato por liebre, matar a los viejos, prostituirse con los extranjeros, cazar a un ilota al final de la ephêbeía, asaltar las caravanas, piratear, etc., etc. ), práctica elaborada durante largo tiempo por una interacción entre la casta dominante o sacerdotal y los individuos vasallos, y otra muy distinta el individuo concreto y radicalmente singular que en cuanto ser humano se puede cambiar o intercambiar con cualquier otro ser humano en razón de su igualdad esencial, y que a base de educación puede integrarse en cualquiera otra programación social distinta a la que ha nacido si la integración la empezamos a realizar en la infancia. Dicho de otro modo: en el supuesto de que alguna práctica cultural o étnica fuera criminal, jamás lo es el individuo por el mero hecho de ser hijo de un señor y de una señora pertenecientes a una etnia o a una raza. El racista confunde a los individuos con la curiosidad antropológica que son los pueblos. La Iglesia Católica supo distinguir esto muy pronto, y ya Martín de Braga en su De correctione rusticorum ( 565 d. C. ) sabe diferenciar de forma genial los pecados de los individuos de los pecados de su cultura. Y a los que pecan los pecados de su cultura no los llama “perditi”, sino “ignorantes”. Esto hace que la Iglesia siempre haya visto a todos los hombres como posibles conversos, porque en ellos “la culpa cultural” nunca los puede definir como hombres, en cuanto que sólo es una circunstancia o situación ( de ahí viene la endiablada casuística de los jesuitas ). Por el contrario, los racistas creen en un mito aún no probado por la ciencia: los padres transmiten por la sangre al niño las malas obras. La raza predispone a un determinado comportamiento. Nada más lejos de la realidad. La moral del hombre la programa el entorno, y sólo hombres con un señero ingenio pueden sustituirla por su propia mundivisión. Todo sentido decente y liberal de la vida choca contra este torpe prejuicio de prejuzgar a las personas por la etnia, raza, religión o pueblo al que pertenecen. El crimen será siempre una responsabilidad personal intransferible, no imputable al pueblo o a la etnia en los que uno haya nacido, aunque se pueda decir que hay unos grupos humanos más disponentes que otros a las malas o buenas acciones. Pero en todo caso la acción tiene nombres y apellidos, y no un gentilicio, y básicamente es ajena a cualquier genotipo.
Es por ello que llama la atención que prócer tan progresista como Zapatero, prescindiendo de todo principio ético y haciendo aún más elástica su enorme sabiduría, defienda la barrabasada y herejía parademocrática perpetrada por el Presidente de Francia, Nicolás Sarcozy ( tan perspicaz, por otra parte, en otros asuntos), de expulsar del territorio francés a grupos étnicos enteros, empezando por los gitanos rumanos. Nos inquieta tantos cambios radicales en el ánimo preclaro y siempre coturnatus de Zapatero. A este paso, ¿adónde va a acabar? Ya no es que vaya a podar el árbol de las Administraciones Públicas – como dice Rajoy -, sino que, converso del liberalismo más zafio, acabará con ímpetu talándolo. Y es que cuando un socialista se transforma en un ultraliberal se hace más enemigo del liberalismo que antes, pues que desquicia y corrompe la doctrina liberal. Izquierda y Derecha parecen dispuestas con igual fervor a conducirnos al Estado más barato, al Estado mínimo. Al fin y al cabo para los ricos un Estado bien constituido no tiene por qué tener más que varias divisiones de guardias civiles y unos centenares de registradores de la propiedad. Pero el tema de la expulsión de etnias es un asunto aún más grave, porque entraña al espíritu de humanidad que debe latir y configurar nuestra civilización. La expulsión sólo puede tener una proyección ad hominem, y nunca ad genus. Sarcozy tiene todo el derecho de expulsar de Francia a todos los extranjeros que se han hecho indeseables por sus malos actos, pero no a grupos étnicos, que no dejan de constituir clasificaciones de antropólogos con frenesí tabulador. El racismo no es sólo que constituya un mal político, es que además es una simpleza.
También es malo el racismo sensu contrario, es decir, aquella discriminación racial que se produce a favor de la etnia minoritaria, pues ello suele conllevar un parasitismo social y con él un enquistamiento de la marginación social. La discriminación racial positiva es un catalizador que acelera el parasitismo del grupo e impide la integración en el grupo mayoritario que por ser mayoritario tiene todo el derecho a marcar las reglas de juego sociales.
En ansia de permanencia en el poder está indignificando la figura de Zapatero: apoya lo que odia, capta los votos de los diputados vascos comprándolos con el dinero del erario público, lo que representaba en Roma un delito de “ambitus”, que conllevaba la muerte civil, resucita con negros encantamientos y desentierra los viejos odios de contiendas civiles para ganar apoyos fundados en el odio remoto, y no en la concordia actual, separa, envenena, se contradice, siembra cizaña, renuncia, en fin, a sus ideas socialistas y de izquierda por el poder. En sólo siete años ya es el retrato de nauseabunda senectud de Dorian Gray.
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Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
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