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Recordando a Mohamed Arkoun

Víctor Morales Lezcano
viernes 01 de octubre de 2010, 15:14h
Conocí personalmente a Mohamed Arkoun durante el transcurso de un coloquio que tuvo lugar en la pintoresca ciudad marroquí de Ifrán a finales de los años 80. Volví a coincidir en Granada con este eximio islamólogo a principios de los 90, con ocasión de un simposio hispano-árabe que tuvo por marco la capital de los nazaríes.

Finalmente el destino que gobierna las andanzas del gremio profesoral de vocación euro-árabe, nos reunió en Marsella, y poco más tarde en la meridional Aix-en-Provence; siempre en convocatorias que apelaban a la curiosidad intelectual y sensibilidad cultural “mediterraneísta” que pudiera latir en muchos de nosotros: J.L. Miège, patrón del marroquismo francés; Abdallah Laroui, intérprete de la historia del Magreb pre- y post-colonial; B. López García, que , como el autor de estas cuartillas, profesaba también en la Universidad Autónoma de Madrid durante la, hoy, denostada Transición del Franquismo a la Democracia; y, naturalmente, Mohamed Arkoun.

Arkoun había nacido en un pueblo de la Kabilia argelina. Hizo sus estudios superiores en Francia, donde se incardinó en calidad de Profesor en la Sorbona (Director de Estudios Árabes e Islámicos – París III). Desde allí irradió su obra escrita, de la que se me ocurre citar su Crítica de la Razón Islámica y opera minora, entre la cual se cuenta el breve y esclarecedor discurso que lleva por título El pensamiento Árabe (Eds. Paidós, 1992). Algunos jóvenes universitarios españoles aprendimos de sus escritos a navegar, si quiera a duras penas, por el mundo árabe-islámico. Por todo ello, todos aquéllos que ya hemos sobrepasado el medio camino de la vida tenemos contraída con Arkoun una deuda profesional de consideración. Así lo ha recordado Andrés Martínez Lorca en unas columnas que se publicaron en El País el pasado 14 de septiembre.

No quisiera detener en una mera semblanza biográfica e intelectual, éste in memoriam. Cuando se tiene el placer de tratar a ciertas personas de distinción notoria, no debemos substraernos a la tentación de evocar alguna que otra observación de cosecha propia sobre su personalidad. Vayan, pues, por delante, estas anotaciones.

De mis encuentros con Arkoun en los cenáculos que he recordado antes, he retenido del maestro dos rasgos difíciles de olvidar: su templanza de carácter y su ironía amable. La una dejaba siembre abierto un resquicio para que emergiera la otra, y su ironía era en él, frecuentemente -más que maligna-, jocosa, aunque siempre contenida.

De resultas de aquellas modulaciones arkouníes (permítaseme esta licencia adjetivada), no podía generarse sino atracción hacia el talante del maestro en su doble dimensión, tanto cuando intervenía desde la cátedra como en la pausa-café de un coloquio; e incluso durante el transcurso de un paseo de amigos por el vieux-port marsellés flanqueado por las dos fortalezas que delimitan la vía de paso al mar.

De esta atracción que ejercía Mohamed Arkoun en cenáculos mayores y en pequeño comité, conservo vivo el recuerdo de la persistente solicitud de un grupo de universitarios marroquíes que, al término del coloquio celebrado en Ifrán, pedían con insistencia ser recibidos por el maestro para “ampliar conocimientos” sobre el nudo de la cuestión abordada en el salón de actos. La cuestión trataba (nada menos) de las causas del atraso histórico de las sociedades magrebíes post-coloniales. Menos podré olvidar la molestia que la demanda juvenil de necesitar más luz sobre la materia, parecía provocar en las facciones de los ulemas o doctores en ciencias coránicas, que compartían mesa con un grupo de profesores participantes en la convocatoria de marras.

El Magreb de sus expectativas futuras generaba en Arkoun las posiciones críticas en el fondo, aunque moderadas siempre en su expresión escrita u oral, sobre el Magreb de los estados que se fueron configurando al final de la etapa colonial entre 1954-1962.
En un breve texto que llegó a mis manos, no recuerdo en qué circunstancias, Arkoun plasmó el crucial asunto al que me acabo de referir con esta puntualización: “De concesión en concesión, de la sumisión táctica a la interiorización de los “valores” transmitidos por las representaciones comunes, los intelectuales (magrebíes) afectados por la crisis de la modernidad vienen a confundir a su vez las necesidades de la construcción nacional -lo que implica un compromiso ideológico- con la primacía del esfuerzo propiamente intelectual, cultural y espiritual para promover, proteger, ejercer el derecho del espíritu a la verdad”.

Ha muerto Mohamed Arkoun. Qué viva el Profesor por mucho tiempo entre nosotros.

Víctor Morales Lezcano

Historiador. Profesor emérito (UNED)

VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías sobre España y el Magreb

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