Una tarde redonda de toros en Las Ventas en la Feria de Otoño con toros de Torrealta: Puerta Grande para Juan Mora y sendas orejas para Curro Díaz y Morenito de Aranda.
Madrid, 2 de octubre luminoso y cálido. Feria de Otoño. Plaza de Las Ventas. 5 toros de Torrealta, desiguales de presentación pero manejables y nobles, menos el 3º, un sobrero de casi seis años de Martín Lorca, que tuvo brusquedad. Juan Mora (3 orejas y Puerta Grande); Curro Díaz (oreja) y Morenito de Aranda (Oreja)Solo un breve claro en los tendidos solares del 5, cuando al ritmo del pasodoble los tres diestros iniciaron un paseo lento, los ojos en la arena, las monteras bajas, como corresponde a los toreros con arte.
Salio Retaco —615 kilos— y Mora, muy majestuoso a la verónica, y muy auténtico, ganando terreno, donde está el toreo, despidió el ramillete con una media regia que se posó en el tercio como pluma de milano. Y la repitió en el quite con aroma de cerezo extremeño. Quien tuvo, retuvo. E hizo un brindis largo, muy hablado, de torero antiguo, de Maestro a Maestro. El Maestro que lo recibió fue Ignacio Álvarez Vara, Barquerito: los ojos más atentos, la palabra más fiel y más exacta, la pasión más serena, la inteligencia más sutil y medida de quienes año tras año, nos cuentan el mundo de los toros. Merecido brindis. Un recibo esencial, templado, la altura calibrada, el remate en la distancia justa. Luego la derecha, asaz templada, vaciando al toro; y tras un pase eterno, la mano a la izquierda, con suave vuelo claro y lento. Y el toro fijo. Otra tanda tan torera como indescriptible, por natural, por honda y sincera, por su sutil templanza. Como el Jerte. Salió el toro cuadrado de una trinchera y, como antes, sin preámbulos, Mora se perfiló y metió la espada en lo alto. Faena carísima, de las que se ven pocas. Faena de otoño, en la que volvió la melancolía del toreo en toda su belleza. Cuando salió a pasear las orejas con un niño, el purismo madrileño se quejó: les sonaba a charlotada, a talanqueras —decían. Seguro que no recuerdan la belleza áspera de todo aquello, allá en el otoño de los tiempos del toreo. O nunca lo han visto.
Curro Díaz tenía ganas de verónica y ajustó el vuelo a los pitones, con ansias apresuradas que templó en la media. Bien doblado, toreando, aseado, le descubrió la nobleza y dio una tanda enjundiosa de derechazos que arrancó entusiasmos y a la que siguieron, entre enganchones, dos trincheras de oro. Pero manseó el toro y se acabó la fiesta
Morenito se esforzó en el tercero, un sobrero que cumplía los seis en noviembre, con capote honesto. “Ven Luis Miguel, ven”. Y le puso la montera en el hombro al banderillero Campano, mientras le hablaba. Campano sonreía. Aseado, buenas maneras, bien colocado, no conseguía ligar la embestida corta, topona y perezosa del sexeño.

Volvió Mora a por todas y un quite de bello vuelo hacia el caballo nos reveló que no se conformaba con la Puerta Grande. Vergüenza torera. El sol doraba el coso y Juan se puso a torear: recibo denso, de brazo medido, serie a derechas lenta, los oles en el aire y el toro vaciándose hasta el fondo, el gesto risueño, el mentón metido, los remates y desplantes despaciosos. Toreo de quilates, de oro, como las luces de su vestido, como el sol envejecido de las siete y cinco en las gradas. Cimbrea la cadera al compás de una música interior y de nuevo, tras rematar la serie, se perfila y mata en lo alto
Al 5º, un jabonero de 631 kilos casi cinqueño, le dio Curro una trinchera llena de gracia. La gracia en el toro es cara y difícíl. Bajó la muleta y la gracia de nuevo, en un pase, convirtió la tela planchada en brasa. Dos muestras que la gente percibe al instante, como un perro de caza el rastro de una codorniz. El resto era tirar de un toro reservón con querencia a tablas. Pero le vio la bondad y muy encima, de frente, le engatusó con naturales dulces que barrían la arena. Y una estocada hasta los gavilanes le puso la oreja en la mano.
Se acababa de producir el milagro: esa corrida que se da en Madrid cada varios otoños y en la que triunfa el toreo nostálgico y milagroso. Y Morenito no quería ser convidado de piedra en esta fiesta. Así que salió el sexto y compuso bien la verónica, calmada ya la tarde. En el quite ya jugaba la cintura y ensanchaba el compás convencido de que había faena grande. Con enjundia, bien empastado, el recibo presagiaba triunfos. Lo tomó en la izquierda y se lo llevó, el aliento a unos centímetros de la tela, para el resto de sus días. En la tercera serie el toro ardía de entusiasmo. Y Morenito sin perderle un paso. Ni un pase. El celo bravo de un pitón prodigioso. Y el milagro de un arte de trincherillas rotas, como la tarde, partida por el secreto intransferible del toreo. Los cuatro dedos con que cayó la espada le cerraron la Puerta Grande.