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suspense "made in spain"

[i]Enterrado[/i], de Rodrigo Cortés: ¿dispuestos a sufrir durante 93 minutos?

domingo 03 de octubre de 2010, 11:15h
Serán los datos de taquilla correspondientes a este fin de semana los encargados de responder a esta pregunta. Y no sólo en España, porque miles de salas en Estados Unidos y del resto del mundo también van a exhibir esta producción española, que se convierte así en el mayor estreno mundial de una película “made in Spain”, después de Planet 51.
El joven director español Rodrigo Cortés, conocido hasta el momento por su filme “Concursante”, nominado a los Goya de 2008 y con dos premios importantes en el Festival de Málaga, ha sido el “atrevido” que en tan sólo 17 días y con un modesto presupuesto de 2 millones de dólares, ha llevado a la gran pantalla la pesadilla de muchos mortales. Porque, ¿quién no ha sentido un terrible desasosiego al pensar en despertarse y descubrir que se encuentra metido en un ataúd bajo tierra?

Sin embargo, el filme no se queda en este hecho ya de por sí tremendamente angustioso. Cortés consigue desarrollar una intensa trama de acción e intriga sin salir de ese reducidísimo espacio ni mostrar más personajes que la víctima de tan cruel destino. La cinta no da tregua al espectador, porque el único protagonista tampoco tiene descanso, y, en ningún caso, se trata de una historia dirigida a que el espectador acompañe al “enterrado vivo” durante el tiempo que dura el filme, o que asista a sus cambiantes estados de ánimo y a sus pensamientos. La película es un thriller agobiante, eso sí, pero que no deja mucho espacio para la reflexión de carácter intimista porque su característica principal es la acción, aunque a través de ella nos llegue también la intensidad emocional del personaje e incluso la propiamente física.

Fotograma de Buried.Y aunque sólo veamos a Paul Conroy, el conductor norteamericano que trabaja en Irak y que despierta en el ataúd después de quedar inconsciente durante la emboscada que sufre su convoy a manos de un grupo de insurgentes iraquíes, lo cierto es que con él están presentes, a través de sus conversaciones telefónicas, otros personajes que, gracias al inteligente guión, se dan a conocer igual que si pudiéramos verlos en la pantalla.

Paul Conroy, a quien da vida un intachable y convincente Ryan Reynolds, marido en la vida real de Scarlett Johansson, despierta en la más absoluta oscuridad y, después de unos primeros instantes de lógica desorientación, acaba por entender que las maderas que le rodean son las paredes de la caja en la que está encerrado y que la arena que se filtra entre las rendijas corresponde a la tierra de algún remoto lugar del desierto iraquí bajo el que se encuentra enterrado vivo. Pasado ese terrible momento inicial que una pantalla en negro reproduce a través de sonidos como jadeos o arañazos, descubre que cuenta con un móvil, que no es el suyo, un bolígrafo, un encendedor Zippo y una navaja de bolsillo.

A través del teléfono se entera de que está secuestrado y de que sólo tendrá una posibilidad de salir si consigue reunir en dos horas el rescate de 5 millones de dólares que el secuestrador le exige, y empiezan entonces sus desesperadas llamadas de socorro a la empresa para la que trabaja, al FBI y al Departamento de Estado norteamericano para salvar su vida. También las conversaciones personales, a su esposa y a su madre, y a través de todas ellas Conroy pasa de ser un absoluto desconocido metido en un sarcófago a convertirse en un ser real con quien la empatía está asegurada y, a partir de ahí, el sufrimiento por todo lo que ocurre en este inteligente y arriesgado filme de acción que devolvió a Ryan Reynolds a su casa de Los Ángeles con la espalda sangrando, los dedos achicharrados por el Zippo que alumbra su tétrica prisión y la piel hecha jirones.
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