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El vals del obrero

Regina Martínez Idarreta
domingo 03 de octubre de 2010, 21:02h
Sé que a estas alturas ya es tarde hablar de la huelga general del pasado día 29. Que los sindicatos y el gobierno ya han cumplido con el paripé y que volvemos a estar todos igual de pichis y, si cabe, más jodidos. El romance entre Gobierno y sindicatos sigue viento en popa. Tan sólo un día después de la supuesta protesta por la reforma laboral, ambos estaban, literalmente, intercambiando besos, liberados ya de la incómoda carga de cumplir su respectivo paripé. Con el país enfrentado a una de las peores crisis de su historia, con una nube negra de cinco años, como mínimo, más, sin crecimiento ni esperanza cerniéndose sobre todos, con un paro juvenil de más del 40%, los sindicatos no podían quedarse de brazos cruzados, ¿verdad? Vergüenza torera lo llaman.

Y es que, por más que se empeñen, el argumento del patrono cabrón, del empresario sanguinario y de la derecha malvada hace tiempo que se quedó en agua de borrajas. Guste o no, Aznar hace casi siete años que se piró y las decisiones las toma el nieto del capitán republicano. Cuestión de responsabilidades. Pero como no mola morder la mano de quién te da de comer, los sindicatos lo han tenido crudo y al final han montado un teatrillo para salvar la cara, aunque sea a costa de hundir un poquito más en el fango a cientos de miles de españoles a los que los tejemanejes políticos no les dan de comer.

Por qué montar al amigo Zapatero una huelga en condiciones cuando era realmente necesaria, cuando quizás habría tenido cierto sentido protestar por una reforma laboral que de igualitaria y socialdemócrata sólo tiene el nombre del partido en el Gobierno, por ejemplo, allá por mayo, antes de que se aprobara. Por qué hacerlo si, al fin y al cabo, aquí lo único que importa es aparentar, salvar los muebles in extremis para que parezca –con eso basta- que algo haces y que tu chupar del bote continuo está mínimamente justificado.

Y así, en nombre de la paz, el obrero y la democracia, España se llenó de piquetes el miércoles pasado. Piquetes que ni aún así consiguieron que a nadie le quedara muy claro contra quién o qué se protestaba –eso era lo de menos- pero que, eso sí, a fuerza de democrática y exquisita coacción rompieron lunas, lincharon esquiroles, cerraron negocios y, en el caso de Barcelona, hasta convirtieron la ciudad en un lugar sitiado. Así da gusto.

Regina Martínez Idarreta

Periodista

Regina Martínez Idarreta es investigadora del Instituto Universitario Ortega y Gasset

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