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España, ¿nación de naciones? (y 2)

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 04 de octubre de 2010, 22:45h
No era probablemente la alusión histórica a la Inglaterra y Francia de finales del cuatrocientos con la que terminaba el artículo precedente un mal comienzo para emprender su continuación. Pues, en efecto, cotejadas con la británica, la complejidad y dureza del nervio dinástico que constituyeron el armazón jurídico-administrativo esencial se aparecen sencillas si no simples. Aquí, el camino hacia la unidad y ulteriormente, una vez ésta conseguida, no estuvo asfaltado por sangre principesca y real, al tiempo que el martirologio de un muy delicuescente y tosco federalismo avant la lettre sólo registró una víctima: la del Justicia Lanuza, cuando las “alteraciones aragonesas” concluyeron manu militari con su degollamiento. Nada hay, pues, de semejanza en el recorrido de las dos monarquías europeas que iniciaron, en compañía de la francesa, a finales del cuatrocientos, el itinerario del Estado-nación, hodierno sometido a ruda prueba en ambas. Los pueblos configuradores de los dos imperios mayores de la historia tras el de Roma y protagonistas, por ende, de la mayor parte de los episodios principales de la historia de los últimos quinientos años se perfilan abocados, según diagnósticos a las veces solventes, a una grave encrucijada en la que puede desbaratarse sin remisión el tejido que hilara su andadura a través de cinco siglos…


Bien, sin embargo, que la profundización en el paralelismo o divergencia en la marcha de los dos grades países por los tiempos modernos pudiera ilustrar no poco acerca del tema ahora debatido, se eludirá tal método para centrarnos exclusivamente en el ámbito español, en el que, desde luego, no falta materia para el análisis y la reflexión. Sobre todo, habida cuenta de que el aireamiento por toda la desvaída rosa de los vientos del pensamiento y los medios de la noción de España como “nación de naciones” no es más, a fin de cuentas y al margen de la valía profesional de algunos de sus avalistas, que una fórmula atractiva y con sex appeal intelectual para cimentar en una bases históricas sedicentemente sólidas el nacimiento y consolidación de un Estado federal.


Aspiración sin duda alguna legítima con tal de que no deturpe la historia y se menosprecie el esfuerzo de los millones de nuestros antepasados que decidieron vivir con idea muy distinta del poder y la convivencia, enmarcados invariablemente por una diversidad inagotable encauzada por una invariable unidad, fruto de un acerbo y un espíritu de muy difíciles referentes históricos. Como, a sensu contrario, inexistentes son los pudiesen implementar con cierta fundamentación una “visión federal” del ayer lejano y próximo del pueblo español. La ansiada “helvetización” –un país de dos religiones, tres lenguas y veinticinco estados o cantones- que tan ardidamente defienden los que con no menos calor apostrofan y ponen en guardia contra los riegos de la “balcanización” y el taifismo, cabe que en un futuro, de ritmo temporal impredecible, sea el ideario que sustente a una monarquía o una república federales; pero en manera alguna puede apelarse para ello a una repristinización o restauración de un pasado que nunca existió. Ningún precedente “federal” de mínima consistencia cabe, en verdad, exhibir a la hora de enriquecer y afianzar con títulos y blasones históricos la tesis que de esta fórmula soberanía política mantienen hodierno sus adeptos. Su único antecedente –unas horas de la Primera República estremecidamente revividas por la pluma impar de Ramón Sender: Mr Witt en el Cantón…- sirvió de inagotable cantera descalificatoria a reaccionarios y autoritarios de todos los pelajes, aunque también a plumas y voces más serenas. Pero, abstracción de ello, no será ocioso insistir en que ningún capítulo de cierta vitola de la historia de la muy plural y contrastada España estuvo vivificado por las ideas y las costumbres federales. El quehacer y dinámica de sus gentes fueron, milenariamente, de la dispersión a la concentración; de lo separado a lo unificado.


Y cuenta que en las vicisitudes postreras de la nación las corrientes progresistas pujaron en su rechazo de la variedad, como dañosa reliquia de un pasado dominado por nobles y curas, oligarquías y caciques…El asturiano Argüelles, el gaditano Mendizábal, el valenciano Joaquín María López, el catalán Figuerola, el castellano Alonso Martínez, el riojano Sagasta, el gallego Canalejas, el andaluz Lerroux y tutti quantti personalidades de igual tenor no vacilaron en alistarse en las tendencias jacobinas y unitarias. De su lado, ningún líder obrero alentó, dentro de su credo internacionalista, la inclinación contraria. Pablo Iglesias, Largo Caballero, D. Julián Besteiro, Prieto, Negrín, José Díaz…, comparecen así para refrendarlo. En otro plano, en el del pensamiento estricto, el más emotivamente federalista de los grandes intelectuales de la centuria pasada, el coruñés D. Salvador de Madariaga –de asombrosa intuición y mirada anticipatorias-, las mil lanzas que rompiera a favor de su ideología no traspasaron nunca jamás la frontera de la autonomía, para él fórmula y regimiento ideales.
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