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Unamuno, Ortega y Juan Ramón: perfiles inéditos

martes 05 de octubre de 2010, 21:31h
Hoy, primer domingo del mes de octubre, veo en la portada de El País una noticia que -cosa excepcional- atrae de inmediato y gratamente mi atención debido a sus protagonistas.

Con motivo del centenario de la Residencia de Estudiantes, del que se ha dado cumplida cuenta en estas páginas digitales, se han celebrado durante el fin de semana diversos actos, y se ha dado a la luz un material curioso que revela detalles y anécdotas de algunos intelectuales. Por allí pasaron, es sabido, pensadores eminentes como Albert Einstein, obsequiado a la sazón con una visita a Toledo en compañía de Ortega.

El diario antedicho muestra una serie de fotos realizadas por los ingenieros españoles José Limeses y Antonio M. Saregui con el fin de conseguir una imagen facial de tres dimensiones, denominada por ellos fotoescultura.

El objetivo de tales tomas era facilitar la talla de las correspondientes cabezas. Los elegidos son nada menos que Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset y Juan Ramón Jiménez, nuestros clásicos por excelencia de la pasada centuria.

La composición, en forma de mosaico, muestra, en total, nueve perspectivas. Cada uno aparece de perfil, derecho e izquierdo, y de frente.
Entre las novedades, se halla, asimismo, un poema del escritor bilbaíno, con su inequívoco estilo antitético.

Lo cierto es que, al verlos juntos, me puse a elucubrar, espontáneamente, sobre la impronta que les dejaría en el recuerdo la Residencia, bautizada por la escritora Rosa Chacel con el elocuente nombre de Acrópolis por lo que tenía -son sus palabras- de colina sagrada el altozano del canalillo donde se erigen los pabellones.

Quizá fuera Unamuno, una personalidad capaz de sobrepujar y prevalecer por encima de cualquier circunstancia, quien preservara una memoria menos percutiente de sus visitas y estancias ocasionales. No obstante, no olvidaría las lecturas de su Cristo de Velázquez ante un atento y conmovido Juan Ramón.

Para Ortega, en cambio, las remembranzas irían, con seguridad, de la gratitud inicial a raíz de la publicación en 1914 de su primer libro, Las meditaciones del Quijote, por Juan Ramón Jiménez, responsable entonces de las ediciones de la casa, localizada aún en la calle de Fortuny, a la brutal escena de la llegada de su alumna y admiradora María Zambrano en 1936, al comienzo de la guerra, con el propósito de obtener su firma para un manifiesto de apoyo a la República.

El filósofo, gravemente enfermo, se había refugiado en el territorio de la Residencia, respetado y neutral en un principio, antes de abandonar el país rumbo al exilio parisino, y vivió la demanda de adhesión al escrito como una auténtica coacción. Luego, dejó constancia de ello, de forma sucinta y clara aunque sin mencionar nombres propios, en el epílogo En cuanto al pacifismo que se añadió a La rebelión de las masas.

Hace cuatro años, la renacida Residencia le rindió un merecido homenaje en la emotiva exposición titulada El Madrid de Ortega.
Concluiré, estas asociaciones a vuela pluma, con algunos retazos líricos, casi textuales, del poeta Juan Ramón Jiménez.
En la Colina de los chopos ve un símbolo del amor, del compañerismo, de la vida alta y pura; el convencimiento de que el espíritu es tan necesario, tan necesarios sus deleites como el respirar o el comer. Y la calle del Pinar, la de la Residencia, le parece un río entre sus dos orillas de castaños grises.
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