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Indignidad

viernes 08 de octubre de 2010, 19:51h
Indignidad cultural e historiográfica, pues para calificarla de ética nadie le ha dado al articulista velas en ese entierro como las proporcionadas por la ignorancia a la tercera autoridad de la nación a fin de deturpar sin medida el quehacer de los españoles en los últimos doscientos años.

Hasta el presente no cabe decir que la celebración del bicentenario de la guerra de la Independencia transcurra con un mínimo de decoro institucional y solvencia científica, salvo excepciones doblemente loables a la vista de tal panorama. Del episodio más triste de la conmemoración proporcionó en semanas pasadas abundante información la prensa y los medios televisivos. En pleno Congreso de los Diputados y con muy escasa ausencia de los legítimos representantes del pueblo español, su Presidente escarneció morosamente la memoria del conflicto antinapoleónico al hacerlo fuente de la inmersión del país en un océano de oscuridades y tinieblas sólo interrumpido, a lo largo de siglo y medio, por un quindecenio de luz y libertad.

Al más desaplicado de nuestros bachilleres causaría sonrojo escuchar dicha descripción del pasado reciente de su patria y se adentraría renitentemente en su refutación si algunos de sus profesores le instara a ello, en un buen pero pesaroso ejercicio de ciudadanía. Sin embargo, las columnas del principal edificio de la arquitectura político-social española estuvieron lejos de conmoverse, sin que se produjera, por lo demás, protesta formal alguna de ninguno de los diferentes grupos parlamentarios; entre cuyos principales deberes se creería estar la defensa de una nación plurisecular con estatuto civilizador. Al margen de algunas protestas individuales y en tono menor expresadas fuera del hemiciclo, el cuadro chafarrinesco y apocalíptico trazado con mano iracunda por tan alta autoridad no suscitó crítica de relieve en sede parlamentaria (y… pocas fuera de ella). Si se repara en que su pintor fue seguidor entusiasta del muy erudito y culto “viejo Profesor” Tierno Galván y que será, de muy lejos, según sus reiteradas declaraciones ante los medios, el memorialista mejor retribuido de toda la historia de España mereced al correspondiente contrato ya firmado por la principal editorial del país y una de las más importantes de todo el mundo, el asombro –y, acaso, también la indignación- subirá de punto.

Desde luego, la sociedad española no semeja hallarse muy ocasionada a gastar tiempo y energías en pro de la imagen y verdadera identidad de su nación. Atenazada por la crisis económica y hondamente instalada en el hedonismo más conformista, cualquier remecida espiritual le empavoriza, buscando en la huida la solución a los problemas, a medio y largo plazo, más decisivos para su convivencia. Pero, aunque en cifras bien modestas, continúan viniendo al mundo españoles que un día querrán desplegar su existencia en una colectividad sin ataduras teratológicas y abierta a horizontes de concordia. Tanto su porvenir como el de las generaciones más jóvenes del presente exigen un tratamiento responsable de las cuestiones más delicadas del ayer sobre el que se cimenta la actualidad. Demasiado recargada se encuentra ésta de asuntos y pulsiones de extrema trascendencia para que, por contera, la frivolidad o el narcisismo acumulen sobre ella despropósitos y escándalos gratuitos.
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