www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Reclamo de líderes

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 11 de octubre de 2010, 18:52h
Posiblemente no haya hodierno en el mundo –y desde luego, muy alzaprimadamente, en el occidental- frase más extendida que la apelación en toda suerte de actividades a gentes con capacidad de liderazgo, en particular, en el universo masculino. La paradoja sobrevenida en unas sociedades conformadas en el primer mundo por “la década prodigiosa” del siglo pasado y, muy en especial, por la revolución incruenta de 1968 es así muy grande. Las mismas generaciones que predicaron con expensas ingentes de creatividad e imaginación la “muerte del padre” y el término de la historia y la historiografía sustentadas en la biografía de las figuras de proa y caracteres carismáticos, hacen eco vehemente en su senectud a las voces –adultas y juveniles- que solicitan de modo imperioso la presencia de líderes de raza al frente de los negocios de mayor trascendencia, singularmente, los políticos. Por ésta y otras muchas contradicciones de las colectividades actuales Nietszche se reirá de forma continua en su huesa, al ver confirmada una y otra vez su sentencia sobre el permanente retorno de lo eternamente igual…

En las naciones del Viejo Continente en que más ruda fue la protesta de la gerontocracia y los caudillismos –Francia, España, Portugal, Gran Bretaña, la antigua Yugoslavia…- por parte de los “sesentayochistas”, hasta ha poco y aún hoy mismo encumbrados en el poder, la ola contestataria a la mediocridad gobernante y grisaciedad de las elites dirigentes semeja estar a punto de convertirse en una marea inundatoria, en ocasiones, con semejanzas amedrentadoras a épocas no muy lejanas y terribles de la historia.

A derecha e izquierda del panorama español, es fácil advertir el anhelo por encontrar personalidades cimeras que provoquen la catarsis y entusiasmo en las bases que conforman los principales partidos, huérfanas a la fecha, según opinión muy generalizada, de guías e impulsores de auténtica estatura gobernante. El que la española sea la única de las grandes democracia europeas que hasta el momento no haya contado con ningún liderazgo femenino de importancia –el de la muy simpática y pugnaz Rosa Díez al frente de UpyD es todavía una incógnita sin despejar-, acrecienta la sospecha –y también el temor- de que en los estratos más hondos del fenómeno lata una pulsión de seguridad varonil y paternal, nociva para la adultez de la convivencia democrática. El que aquí y allá a nivel local y regional se proclamen padres de la patria a figuras de tres al cuarto agrava el hecho indicado y acrecienta al mismo tiempo el miedo a sus consecuencias.

Probablemente, en el inmediato pasado se fue muy lejos en la repulsión de los estadistas y grandes gobernantes que, plutarquianamente, rectoraron los pueblos. El afán igualitario distorsionó de sólito perspectivas y juicios. Sin embargo, en la hora más crucial de la historia más reciente, ninguno de los componentes de la triada capitolina de las sociedades democráticas más importantes –F. D. Rooselvet, Churchill y De Gaulle- actuó con atavismo de clase, y lograron en buena parte su celebridad por su sintonía con los anhelos de sus conciudadanos.

La vertebración de cualquier colectividad demanda una jerarquía basada a su vez en una autoridad que debe descansar en una superioridad establecida institucional y consensuadamente por una sociedad receptiva al mérito y al esfuerzo. Las democracias más acendradas del pasado así lo demostraron. Confiemos en que, tras los eclipses y trastabilleos del presente, la tradición se retome. Tal vez en la escuela -la escuela, siempre la escuela- anide la semilla de la recuperación.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (3)    No(0)

+
0 comentarios