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Remoción democrática

viernes 15 de octubre de 2010, 18:27h
Tal como funcionan, los partidos políticos españoles no sirven para Europa, al menos la Europa tradicionalmente democrática. Viven un formalismo continuamente cambiante por carencia de contenidos claros. Se limitan a siglas, escorzos, gestos, poses que convierten las palabras en eslóganes e imágenes opacas de concepto esmerilado. Unos son liberales, otros socialistas y, otros, punto de cruz o equis de azar en boleto de lotería con esperanza de reintegro y, si la suerte cambia de ciclo, con algo más sustancioso. Todos ellos se entrecruzan en la socialdemocracia, nombre compuesto cuyos elementos adquieren en realidad interpretaciones diversas, especialmente el adjetivo “social”. La denominación ya resulta en sí misma redundante, pues, si democracia decimos, al pueblo, la sociedad nombramos. Se contrae, no obstante, la ecuación implícita, latente, “democracia = poder (krateo, ser fuerte, mandar, gobernar) del pueblo (demos)". El nombre “socialdemocracia” antecede, a su vez, un atributo que equivale a otra latencia semántica: “poder del pueblo organizado socialmente”.

La democracia civiliza, convierte a los individuos en socios de una misma función orgánica, el Estado. Su base constitutiva son los valores que transforman al individuo en ciudadano, pues crea urbes y naciones en función y honra del lugar nativo.

La parte de poder y mandato parece clara. No así, sin embargo, la de socios, pues alteran sus vínculos según las circunstancias, intereses y proyecciones ideológicas que mudan la base sustantiva. Por ello hasta las dictaduras proclaman “democracia” en boca de los socios que la ostentan, con tono de hierro.

Y España parece que goza con estos juegos semánticos dándole vueltas a la composición de adjetivo y sustantivo. Justifica una y otra vez la referencia del nombre, su aplicación concreta.

Decimos esto porque, mientras el resto de Europa no vacila en los valores sustanciales del nombre y sus atributos históricamente consolidados, España aún cuestiona la forma de organización y duda de su futuro desde una rémora histórica que sonroja a la Historia misma.

Europa, la mayoría de sus Estados miembros, proyecta funciones y planes con el alza de mira apuntando al año 2020. España levanta las losas de su espectro y remueve la ceniza de las ideas preguntándose si alguna razón le requiere vivir a finales del siglo XIX, antes de la Guerra Civil de 1936 o rumiar día a día sus consecuencias sin profundizar en las causas y prevenir sus condiciones. Una guerra civil, dijo Churchil, no termina nunca.

Por eso la pregunta decisiva es, hoy día, qué supone España en y para Europa; si conoce qué significa pertenecer a este continente; qué modulaciones cotidianas requiere; giros de conducta, formas de convivencia, etc. O formulada la cuestión de otro modo: ¿representa algo España actualmente, con su tradición histórica, en el conjunto de naciones europeas? Lo que aporta lo conocemos: turismo y campo abierto a la expansión pulmonar de empresas, industrias multicapitales con las que apenas puede competir si no comparte, de algún modo, hacienda.

Europa respira con nuestros productos, costas, pueblos, y selecciona para sus mercados los rendimientos más sustanciosos. Los países de primera velocidad saben muy bien qué podemos ofrecer y ya lo condicionan previamente desde la aprobación de fastuosas inversiones en forma de ayudas a corto o largo plazo, principalmente en infraestructuras. Coches, camiones, trenes, barcos y aviones han de llegar rápido con la mercancía fresca a sus destinos europeos o de otros consorcios internacionales donde haya inversiones convenientes. Para ello necesitan socios fiables y ahí se urden redes políticas con los gobiernos y comunidades autónomas.

Saben el destino que nos espera por bastante tiempo: turismo, servicios, jubilación cada día más precaria y pequeñas élites de negocios, intermediarios, sosias de la política y favores a los economías más fuertes para que inviertan donde ellos negocian o les indiquen. Incluso para que abran camino donde tienen crédito.

Así ha sucedido, está aconteciendo con Hispanoamérica. España podía, y lo hizo, abrir a Europa sus relaciones trasatlánticas. Pudo convertirse en la mediación europea de América y americana de Europa. Pudo. El resultado va siendo, no obstante, incierto. Decidió cubrir la cuota europea de inmigración que le correspondía, en torno, al principio, del once por ciento, más alta luego, con ciudadanos del Este e hispanoamericanos, éstos de forma indiscriminada. El motor de convocatoria eran los capitales invertidos por las potencias extranjeras en nuestro país. De ello procede, en gran parte, el negocio del ladrillo y la burbuja económica creada con tanto polvo de arcilla y cemento. Los bancos llegaron a hipotecar hasta a los nietos de abuelos cuyos hijos aún no habían procreado. Creyeron que la Historia revertía su signo con la inmigración americana. Se estimuló incluso a pueblos africanos a que acudieran en hornadas a la gran expansión del mercado.

Nunca el tiempo virtual tuvo tanto rendimiento en España. Y de aquellos polvos, estas nubes que esmerilan el aire y la claridad de pensamiento urbano.

Somos el país europeo que más universidades tiene; el de más fracaso escolar y abandono de estudios; el que menos universitarios absorbe socialmente y con cierta fuga notable de cerebros. “Que se vaya fuera, si es tan bueno”, me dijo una colega con cargo académico al insinuarle que aquel estudiante doctorado con premio de excelencia era la excepción que aparece muy de vez en cuando. Y se fue. Encontró trabajo en una universidad de primera línea europea.

País el nuestro sumido en crisis aguda de conciencia, cerebro y trabajo. A pesar de ello, la representación política de sus funciones dobla, triplica la administración pública innecesariamente. Ruido de cliqueteo en todas las oficinas y despachos del Estado. Y para afrontar el fraude y gasto social, se retrae la nómina de funcionarios cuyo número se multiplicó en proporción desconsiderada. Se restringe el combustible y se acelera la máquina. Humo, tizne.

Los partidos se han convertido en motores de influencias, negocio y empleo, cada uno con formas distintas. Uno transforma el poder en empresa; otro, lo ejerce como aspiración de clase social; alguno más, hurgando aquí y allá, obtiene crédito de voto. Y casi todos pendientes del erario público y su rendimiento. Una buena parte de las cuotas obtenidas mediante sufragio se destinan, ultimadas las elecciones de turno y consolidadas las actas de representación política, a mantener y conseguir votos futuros.

Me lo contó un asesor de presidencia autónoma hace años: “En la Consejería de Cultura sólo se invierte el diecinueve por ciento. El ochenta y uno restante del presupuesto va para las elecciones siguientes”.

Si habla uno en el ágora, sabemos de inmediato qué dirá el otro. Las intervenciones parlamentarias, tertulias radiofónicas o televisivas, las columnas de periódicos, son ejercicios de antonimia semántica, encubrimiento de significado y, a veces, puro vacío retórico, cuando no frivolidad, impostura y cinismo. Juegan el juego de la contextualización más idónea del dato, para lo que se tergiversa el lenguaje o se crean formas adaptadas a la situación. Los títulos, nominalizaciones de frases, metáforas icónicas, escenificación del ambiente con trajes, maquillaje, luminotecnia, angulaciones de cámara, uso de relieve sintáctico con el montaje de imagen, sonrisas múltiples aunque se digan las mayores banalidades, dramatizan la situación con efecto catártico. El contenido es el “masaje” que está recibiendo el oyente, lector o espectador con el mensaje transmitido.

Analizando algunas conductas y declaraciones políticas, conociendo el pasado de la mayoría de sus bocas, dientes y manos, parece como si fueran franquistas vergonzantes. Llevan, unos y otros, el sello en los actos y modos de ejecución. Sabiéndolo, disimulan hablando y procediendo en sentido contrario. Algunos rivalizan en vergüenza disimulada.

El Estado se convierte así en simulación de principios y valores, instancia de logro económico, espectro de justicia y libertad, remoción de funciones a través del voto ciudadano. Por eso no interesa una educación, formación y estudio serios. Para que esta clase de partidos se sostenga en sus condiciones de rendimiento, hay que evitar la formación crítica de los ciudadanos.

Evidentemente, no todo es y resulta tan precario, pero las buenas intenciones quedan deslucidas por los resultados obtenidos. Y los ciudadanos de mérito adquirido por sus capacidades, ingenio y trabajo, se retraen. Se sabe que los partidos tienen problemas a la hora de reclutar personas sólidas y formadas. Prefieren dedicar su tiempo a otras funciones. El ejercicio de la política no les ofrece confianza.

¿Por qué no crean los partidos entidades de relieve nacional que traspasen y desborden los intereses de grupo y afiliados? Delegan en fundaciones de los grandes bancos, cajas de ahorro y empresas donde colocan a socios de siglas, sindicato o gente del enclave. A la sociedad civil le merman posibilidades y el clientelismo campa de tienda en tienda. Decrece la capacidad crítica o se convierte en remedo de posiciones ideológicas. Aburren. Y esto se traslada a la prensa sometida al vaivén de ayudas en forma de publicidad, filtración de noticias políticas, judiciales, concesión de entrevistas, etc. El público no colabora en la medida adecuada.

España vive ahora mismo otra transición, la europea. Aún no ha asimilado la integración comunitaria que el día a día supone y representa en los grandes países de Europa. Y esto a pesar de las apariencias formales. Allí, lo social se toca, palpa. Es cosa pública, concreta. No se vive de palabras, aunque se usan mucho, pero tienen significados reales, efectivos. Los partidos europeos verdaderamente democráticos agilizan sistemas de corrección automática cuando estalla un escándalo. Se arbitran reformas, sustituciones. Exigen responsabilidades a los afiliados y representantes. Y la oposición es también algo real, con peso específico entre los ciudadanos, pues la pagan. Aquí, en España, se hace causa histórica del litigio entre derecha e izquierda. Allí rivalizan en la imagen de Estado obtenida y el bien social conseguido. Por eso aman sus banderas y están orgullosos de ser franceses, alemanes, ingleses, italianos, portugueses… El político procura algo a la función que desempeña. No se cubre del cargo para ser lo que no era antes de obtenerlo.

Al principio, cuando ingresamos en la Unión Europea, nos invitaban como convidados de piedra a las reuniones internacionales. Luego, avanzados los años noventa, nos pedían unos días antes de la cita postura propia ante las decisiones que se adoptarían, y sin derecho de réplica. Últimamente nos dejan hablar, pero enfilados en los carriles de los grandes bloques. Y ante el desbarajuste social y económico, con el paro, el fraude y el endeudamiento público, nos dieron, primero, instrucciones, y después, al no cumplirlas, prescripciones claras con exigencias explícitas. Y esto fue en mayo último, hace tan sólo cinco meses escasos.

Y mientras tanto, que alguien me lo explique, los bancos españoles logran un lucro anual gigantesco. Las empresas boyantes, y hay varias, tributan fuera la mayor parte de su negocio. Y aquí son ya cinco los millones de parados. ¿Quién trabaja entonces en este país, sumados además políticos, asesores, intermediarios, jubilados…? Algunos analistas europeos se preguntan qué quiere España, dónde metimos los miles de millones que nos dieron, dónde están los bienes de equipo, qué futuro ideamos, con qué contribuimos al proyecto conjunto de sus Naciones y Estados.

España necesita una remoción democrática urgente.
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