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Descrédito de los políticos (y 2)

lunes 18 de octubre de 2010, 13:50h
En una plano menos general y más concreto en el que se desenvolvía el artículo precedente, más gremial y corporativo, los juicios del reciente y lamentablemente fallecido en la plenitud de su descollante obra, Tony Judt, en punto a la diferencia abismal existente, según él, entre la elite gobernante del liberalismo clásico y la hodierna, no puede por menos que suscitar también reservas de muy amplias proporciones. En la época en que ejercieran sus funciones algunos de los gobernantes enaltecidos por su penetrante pluma, fueron criticados e incluso denostados por buena parte de la opinión pública. La política es siempre res dura y son muy escasos aquéllos de sus servidores en grado eminente que gozaron en vida del aplauso generalizado de sus conciudadanos.

Que un historiador de su indisputada valía haya introducido en la misma cesta de su particular axiología al gran intelectual Léon Blum (1872-1950) que apenas rectoró –en tres mandatos: mayo1936-junio 1937; marzo-abril, 1938, y diciembre de 1946-enero l947)- el gobierno de su país durante un año y medio, o a Willy Brandt, que pilotó la Alemania Federal durante un lustro mal contado, con Lloyd George –diciembre 1916-octubre, 1922- o Churchill –mayo 1940-junio, 1945; octubre 1951-abril 1955- y no se diga con el eterno Premier victoriano William Gladstone o el cuatro veces presidente F. Delano Roosevelt, no pasa de ser una eutrapelia de un muy desenfadado servidor de la severa y adusta Clío. En tan escaso tiempo al frente de Francia el muy culto y humanista líder socialista Léon Blum no dispuso de horas para consolidar el programa del Frente Popular que acaudillase en la primavera de 1936, limitándose el tercero de sus gabinetes a una mera labor de puente y gestión provisional. Aparte de encarnar la alternancia en la hasta 1969 muy conservadora Alemania de Bonn, el también socialista W. Brandt (1913-199) apenas tampoco le fue permitido, por la difícil coyuntura en que transcurrió su gobierno, protagonizar el célebre viraje hacia el diálogo con el régimen comunista de Pankow, que tantas esperanzas despertara. En extensos sectores de su país y de Occidente. Sus admirados compatriotas Lloyd George y Churchill recibieron en sus muy dilatadas biografías políticas sañudas críticas provenientes desde todos los cuadrantes, muy en especial de los de su misma posición… El primero, con 16 años ininterrumpidos en poltronas ministeriales se vio fundadamente acusado de haber destruido por ambición personal su propio partido liberal, junto con ser universalmente conocido en los bastidores parlamentarios y periodísticos como el Goat, a causa de su imprevisible y atrabiliario carácter. De su lado, el tradicional menosprecio de los hombres públicos británicos y, en general, de la sociedad británica hacia los Estados Unidos determinó que, no pocas veces, se peraltara, en los varapalos dirigidos con asaz frecuencia y acritud contra el gran estadista su oriundez norteamericana –por parte materna-, como raíz próxima de los comportamientos violentos e incluso “gansteriles” que algunos de sus múltiples adversarios le atribuyeron, en especial, en los años treinta, antes de retornar al Almirantazgo.

Lógicamente, cada cual elige las preferencias que quiere. Pero cuando un reputado profesional habla si no ex cathedra sí desde una tribuna de su especialidad y con propópositos catonianos –muy legítimos, por lo demás, singularmente, en días de vaciamiento y anomia morales-, debe medirse en extremo la definición y medida de su particular axiología y, aún más, de su aretología…
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