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ENTRE ADOQUINES

[i]Fernando Alonso enciende el rojo de Ferrari[/i]

martes 26 de octubre de 2010, 08:20h
En un circuito nuevo con demasiadas cosas por terminar, la carrera de Corea del Sur, a falta únicamente de dos citas para que finalice el Mundial de esta temporada, se ha convertido en un auténtico rio revuelto en el que Fernando Alonso ha tenido la oportunidad de pescar unos valiosísimos puntos. Las dos salidas de los bólidos haciendo el trenecito detrás del Safety Car, dejaban a todos defraudados, incluidos los propios pilotos, esos seres hechos de una pasta que no es de este mundo, quienes, aunque admitían por radio a sus equipos la nula visibilidad en el trazado, también eran conscientes de que aguantar tanta tensión a la espera de saber cómo y cuándo iba a continuar la carrera, acabaría por pasarles factura.

Por una parte, a sus mentes que, a pesar de estar curtidas por toda clase de experiencias límite, rebosantes de adrenalina, también pueden experimentar algún fatal error de concentración, pero, sobre todo, a la mecánica de sus monoplazas y, por supuesto, a la sensibilidad de los neumáticos, que tantas veces han decido el final de las carreras. Hoy, el agua que el circuito de Yeongan parecía escupir descaradamente a las viseras de los cegados pilotos, en vez de drenarla como habría cabido esperar, ha sido más que nunca la protagonista de una función que fluctuaba entre el aburrimiento y la excitación. El caprichoso trazado coreano que no daba pie con bola, se convertía así, en juez y parte a la hora de recolocar en el ranking a los cinco aspirantes a ganar este Mundial.

Salvados los riesgos que siempre conllevan las primeras curvas en las salidas con semáforo, todos los pilotos que iban quedando intentaron domar sus impulsos ganadores conduciendo con “prudencia” hacia la primera meta: la de no acabar bailando por el bañado césped artificial, atrancado en el indigno fango, o, mucho menos, estrellando su coche contra el muro. Dice siempre Alonso después de uno de esos fines de semana en los que parece salirle todo al revés, que la suerte, buena o mala, siempre es aleatoria y que acabar por tocar a todos. Esta mañana, parecía que en Red Bull se habían quedado con todas las papeletas para la mala. Webber no midió bien y acabó empotrado en la pared y Vettel tenía que ceder su liderato en la carrera casi al final de la misma, para apagar con un extintor su furia y el fuego que salía insultante de su motor.

“Grande, Alonso”, le decían desde su equipo al piloto español nada más cruzar la bandera a cuadros. Él, hombre de pocas palabras, sólo acertaba a reír y su felicidad llegaba a través de la radio a todos los aficionados. El discreto y eficaz piloto asturiano ha devuelto a Italia el orgullo por su “Scuderia”. Ferrari empieza, por fin, a dejar atrás el granate oscuro que amenazaba con teñir uno de los iconos más amados del país transalpino gracias a Alonso, a pesar de que hasta hace poco no eran muchos los que querían al español a los mandos de uno de los rojos caballos de la marca. Alonso ha vuelto a encender de pasión el color de la casa gracias a su talento, a su capacidad de trabajo y a su tesón.

Después del tambaleante comienzo del Mundial, Alonso se ha puesto el primero en la clasificación general y, a falta de dos carreras en las que puede pasar de todo, porque la emoción de lo incierto es precisamente lo que enamora del espectáculo de la velocidad extrema, el asturiano ha demostrado a quien todavía lo dudaba que es, sin duda, uno de los mejores pilotos de Fórmula 1 de todos los tiempos.
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