Los calzoncillos del duelista
miércoles 27 de octubre de 2010, 09:59h
Las cuestiones de honor han sido siempre algo serio. Hasta hace no mucho, la gente se batía a sable, espada o pistola por cualquier fruslería. En París, sin ir más lejos, la actual Plaza de los Vosgos acogió en sus soportales multitud de lances de esgrima, generalmente entre mosqueteros. Pese a que el cardenal Richelieu los prohibió -so pena de muerte-, los espadachines franceses gustaban de darse estocadas en dichos soportales, encima de los cuales vivía el propio cardenal. Algo parecido sucedía en los aledaños de la Plaza Mayor de Madrid, cuyas iglesias en ocasiones tenían auténticos problemas de espacio para acoger a tanto duelista que, una vez dada buena cuenta de adversarios infortunados, se “acogían a sagrado” en el templo que más a mano tenían.
Podrá pensarse que los duelos forman parte de un pasado algo lejano, y no es así. Allá por 1902, el propio Partido Socialista Obrero Español llegó a prohibir a sus militantes que resolvieran sus diferencias de semejante manera. Y ya bien entrado el siglo XX había quien seguía exigiendo “una satisfacción personal” para restañar el honor herido. Es lo que le sucedió al insigne Agustín de Foxá, un lenguaraz e ingenioso diplomático español destinado en Italia, país del que fue expulsado por un incidente con el propio cuñado de Mussolini. Corría entonces el rumor de la mujer del conde Ciano le era infiel. Cierto o no, el caso es que durante una recepción, el conde reprendió a Foxá por hallarse éste con alguna copa de más. “Foxá, le va a matar a usted la bebida”. “Y a usted Marcial Lalanda”, respondió el español, en clara alusión a la presunta cornamenta del “cuñadísimo” y a la suerte que correría a manos del famoso diestro de la época. Cuando le tradujeron el chascarrillo, Ciano quiso batirse allí mismo con Foxá, lo cual fue impedido por los presentes. Al diplomático español le costó el cargo y una severa reprimenda de Serrano Súñer.
Pero si hay un episodio ridículo a propósito del honor es el conato de duelo que tuvo lugar en Bilbao con motivo de un fiasco teatral. La anécdota la recoge Indalecio Prieto, y refiere que el estreno de la obra en cuestión no fue del agrado del público, algo que incomodó mucho a su autor. Decidido a buscar algún culpable, lo encontró en el responsable de la partitura, imprecándole de un modo tan grosero que no quedó más remedio que concertar hora y lugar. Pero una vez enviados los padrinos, el furibundo autor reparó en un detalle gravísimo; no podía citarse en el campo del honor sin la indumentaria adecuada. Tanto exterior como interior. Y era en ésta última faceta, por mor de las penurias económicas del literato, donde surgía el problema: no había en su armario un solo par de calzoncillos o camiseta que no tuviera algún remiendo. Imperdonable a todas luces.
La solución fue escribir a sus más allegados, solicitando que le enviasen alguna muda en condiciones para un evento tan trascendente. Dicho y hecho. El rumor corrió como la pólvora por todo Bilbao, tanto que a media tarde la casa del duelista más bien parecía un almacén de lencería. Así las cosas, al alba y con puntualidad germana -esa que los españoles gastan únicamente para estas cuestiones- los contendientes se hallaban dispuestos a todo en un pinar de Las Arenas. Pero justo entonces surgió de entre los árboles un buen número de guardias civiles que detuvieron a los presentes e impidieron el fatal desenlace. Hubo quien dijo que el chivatazo a la Benemérita lo había dado el propio escritor, temeroso de lo que pudiera pasarle. Eso sí, tras el duelo fallido se quedó con un buen remanente de calzoncillos, y el resto los empeñó. Con honor, eso sí.
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Abogado
ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset
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