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Los profesionales del silencio

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 29 de octubre de 2010, 17:00h
En un mundo poblado de voces y ruidos, el reclamo a la soledad y el silencio ha vuelto a “poner en valor” –execrable aunque quizá ya legitimado galicismo- los templos tibetanos y los monasterios de la Francia profunda o de la Castilla de los primeros albores. Quizá ello responda a una “moda” más del sofisticado mundo del turismo, si bien, aun así. sus efectos serán muy beneficiosos para el conjunto de la comunidad, por la exigencia espiritual implícita en una demanda de tal naturaleza.

Pero, a la espera de una decantación más definitiva de un fenómeno más de la sociedad de masas, no puede dejar de repararse en la estridente ausencia hodierno de personas y actividades con vocación de anonimato. Al margen de las órdenes religiosas de regla contemplativa esparcidas antaño a través de casi todo el mundo por diferentes credos –muy en especial, el cristiano-, la civilización occidental fomentó instituciones y oficios en los que el silencio constituía el principio inspirador. La estructura de los Estados se articuló así primordialmente en profesiones y servicios llevados a cabo por individuos sin ninguna afección por una presencia pública. Jueces, militares o educadores, en ejercicio pleno y no delegado de sus derechos civiles, hablaban y actuaban mediante el cumplimiento de sus específicas funciones, sin que sus voces y opiniones rebasaran nunca el ámbito estrictamente privado.”La Administración no habla, sólo escribe”, o “el magistrado se pronuncia por medio de sus sentencias”, se escuchaba hasta no ha mucho en nuestro país, entre otras frases de idéntico tenor. Hastiados de la omnipresencia castrense en los dos imperios napoleónicos, los políticos y la opinión pública galos de la III República Francesa constriñeron al Ejército a ser el “gran mudo” en una comunidad en la que la madurez de la democracia multiplicaba los pareceres y posturas públicas.

En la actualidad, el camino iniciado en el cruce del XIX al XX y asentado definitivamente tras la Primera Guerra Mundial semeja haber alcanzado un punto sin retorno. A los efectos, España podría ser un ejemplo insuperable. Pues, en efecto, será muy arduo hallar un miembro de cualquier organización económica, política, social o académica que no esté presto y hasta busque con ansia la oportunidad de dejar oír su sentir, por cauces extra-profesionales, acerca de las más variadas cuestiones incluidas las más íntimas o reservadas de su corporación o trabajo. Coroneles y generales despliegan de ordinario un llamativo esfuerzo en conferencias y ponencias defendidas en los más contrastados foros respecto de asuntos en los que, a las veces, no se termina de ver su nexo con la noble profesión de las Armas, tan admirablemente exaltada por Cervantes. De igual modo, catedráticos y profesores se muestran con frecuencia más inclinados a escribir en publicaciones periodísticas o de amplio radio que en revistas especializadas. Y así podría ilustrarse la precedente afirmación casi ad nauseam en el panorama español del presente, con intensidad y fuerza no demasiados habituales en otras naciones de rango cultural semejante.

Por supuesto, que nada de lo anterior debe estimarse como una crítica de la divulgación ni de la necesaria socialización de los saberes. Pero no por ello ha de ocultarse que, frente a la babel enardecida, sin calendario ni horario, de la realidad mediática y convivencial de la España del día, algunos de sus integrantes experimentan ostalgia de los tiempos en que existían en su espacioso solar, por deseo y de sólito también por ordenanza, gentes recluidas en sus labores y profesionales del silencio.
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