A propósito de la Mezquita-Catedral
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 01 de noviembre de 2010, 14:57h
Con argumentos atendibles y pertinentes, el flamante obispo de Córdoba, Mons. Demetrio Fernández, ha abogado recientemente por desterrar del lenguaje cuotidiano y oficial el término, de universal generalización, de Mezquita-Catedral, para trocarlo por el de Iglesia Catedral de la sede de Osio. La mención del célebre prelado descubre por sí sola una venerable y dilatada trayectoria en los anales de la cristiandad nacional y aun de todo el orbe católico. Siete siglos antes de que los invasores musulmanes erigieran la primera y principal mezquita de los Omeyas peninsulares sobre los cimientos de la basílica de S. Vicente, la religión de Cristo se consolidaba aceleradamente sobre el solar cordobés, del que, con el paso del tiempo, habría de descubrirse como su seña de identidad más importante. Quinientos años más tarde, con la reconquista del valle del Guadalquivir por las huestes del gran monarca Fernando III se reanudaba la cadena de la tradición cristiana, y la bella mezquita califal (por haber recibido durante el siglo X sus aportaciones arquitectónicas más relevantes, según ratifican recientemente, entre otros, los sobresalientes estudios del canónigo Nieto Cumplido) se erigía, convertida en catedral, en el centro de la vida religiosa y social cordobesas.
De este modo, pues, los testimonios históricos deponen, de modo irrefragable, a favor del carácter esencialmente católico del grandioso edificio-símbolo de la fisonomía de la urbe (como, de igual manera, lo hacen los artísticos, según la autorizada opinión de eximios estudiosos). La sanción de los siglos es así muy clara en pro del carácter cristiano de la llamada comúnmente desde ha varias décadas Mezquita-Catedral. La sabiduría del pueblo –o de los historiadores…- semejaba armonizar con ello las dos corrientes espirituales que confluían en el templo, sin atisbo alguno de primacía o polémica ideológicas. En días todavía próximos, los presupuestos de tal denominación cambiaron a radice, y la controversia –a menudo, politizada- añascó todo. En la tierra de San Acisclo, Sta Victoria y S. Eulogio, alhacarienta e ignaramente, se reivindicó un inexistente pasado, que, conforme a sus ardidos defensores, exigía el retorno o, al menos, la coexistencia, dentro del, espiritualmente, indefinible y único recinto, de los credos de Jesucristo y Mahoma. En ningún otro lugar del Viejo Continente –de imposible comprensión al margen de la impronta cristiana- se detectó ninguna polémica semejante, al tiempo que en el solar de la media luna resultaba de todo punto inimaginable cualquier campaña en beneficio de la restauración del culto cristiano en zonas en las que éste alcanzara la máxima relevancia con anterioridad a su ocupación, manu militari, por los seguidores del Islam.
A tenor de lo acabado de recordar, las posiciones en el actual y falaz contencioso no pueden ser más nítidas, y, por consiguiente, el juicio, imparcial y objetivo, sobre el deturpado pleito se decanta con suma facilidad. Empero, no ha de olvidarse que, junto al análisis indicado, aparecen en la presente disputa otras razones que no cabe soslayar. Probablemente sea muy plausible y, desde luego, legítimo que, como deseaba el Sr. Obispo, se inicie, por los sectores confesionales, una vasta operación conceptual y terminológica para arraigar en la conciencia colectiva el uso preferente del vocablo Catedral en vez del de Mezquita para referirse al núcleo primordial y nutricio de la fe cristiana de centenares de generaciones cordobesas. Al acometer tal empeño, la más extensa porción –sociológicamente- de la comunidad cordobesa y española no pondrá en peligro la convivencia ni la cohesión del país. Mas, al engolfarse en ella, habrá de reparar que si la oportunidad o el coyunturalismo no son, por supuesto, valores transcendentes, la prudencia, a los ojos de la moral de Cristo, sí lo es, en especial, en algunas ocasiones. Y la hodierna, habrá de convenir que tiene todas las trazas de ello. En la ciudad ahincadamente postrada en el furgón de cola de la renta y productividad nacionales, en la que, como en tiempos malhadados, la estación de tren se está dibujando, para sus jóvenes, como el espacio más concurrido, desterrar o eclipsar el vocablo mezquita del uso diario y, sobre todo, del santo y seña mediático de la antigua corte califal, equivaldría a suprimir su slogan o acicate más atractivos cara al turismo, todopoderoso señor de vida y haciendas, de esperanzas y utopías para un gran número de sus habitantes y, de forma muy singular, para unos cuadros dirigentes que durante inacabables decenios tanto contribuyeron a la postración de una ciudad de sin igual belleza.
¿Mudanza o inercia, costumbre o innovación? Un poco paradójicamente, habida cuenta de las fuerzas en presencia en la liza, tal vez el futuro, cuando menos inmediato –capitalidad cultural en un horizonte que se toca con los dedos-, aconseje proseguir el camino conocido.