El paisaje (republicano) después de la batalla (I)
Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
miércoles 03 de noviembre de 2010, 09:00h
Cuando todavía no se conocen todos y cada uno de los resultados de las múltiples elecciones americanas de ayer, 2 de noviembre de 2010, el primer martes después del primer lunes en la tradicional formulación constitucional para la celebración de los comicios en los Estados Unidos, resulta ya evidente el significativo cambio de paisaje politico: el Partido Republicano recupera la mayoría de la Cámara de Representantes mientras mejora sus números en el Senado y aleja a los demócratas del mágico numero de los sesenta escaños, el requerido para romper cualquier maniobra “filibustera” de bloqueo. Al mismo tiempo los republicanos amplían su representación entre los gobernadores de los estados de la Unión, profundizando su presencia en el cuerpo politico y social del país. Los analistas podrán discutir si se trata de una ola gigante o de un tsunami y seguramente muchos demócratas hoy se lamen las heridas de la contienda pensando que podía haber sido peor. De hecho, y como a menudo suele ocurrir en el pais, los pronósticos electorales han resultado básicamente acertados. Incluso en su tendencia a excluir los mejores y más dramáticos escenarios de éxito para los vencedores. Con todo, absurdo resultaría que la Casa Blanca y el Partido Demócrata intentaran ocultar el alcance del resultado: un brutal repaso a la política seguida durante los dos últimos años, desde que Barack Obama fuera elegido Presidente de los Estados Unidos.
Puede resulta repetitivo pero no por ello menos necesario extraer de nuevo la más evidente y positiva de las lecciones que suelen ofrecer los electores americanos: su disposición a pedir cuentas prontamente a los gobernantes que consideran incompetentes, incapaces o simplemente insuficientes. La contundente mayoría demócrata que hace dos años ocupó todos los escalones del poder nacional, desde la Casa Blanca hasta el Congreso de los Estados Unidos, está hoy recibiendo el correctivo de los malos resultados económicos, traducidos en un nivel de desempleo desconocido desde los años ochenta del pasado siglo. Ante esa realidad el empeño de los líderes demócratas para presentar como éxitos las medidas de estímulo económico, la reforma de la sanidad o la intervención pública en General Motors y Chrysler no solo no han logrado convencer al votante sino que he excitado su sentido de la frustración: los puestos de trabajo no acaban de crearse, le economía no muestra signos de revitalización y las cuentas públicas desaparecen en la orgía de la deuda y los déficits. Son precisamente esos los mimbres sobre los que la nueva mayoría ha conformado las líneas fundamentales de su contraoferta programática. Tienen dos años para mostrar su viabilidad a la ciudadanía.
Porque sería apresurado entonar el funeral por Obama y los suyos. La serie histórica a la que tan aficionados son los americanos, muestra varios casos recientes –entre ellos el de Clinton en 1996, al ser reelegido para un segundo mandato, y el Bush en 2004, en las mismas circunstancias- de partidos en el poder que han perdido las elecciones intermedias para luego conseguir la renovación presidencial. Para ello es imprescindible comprender el alcance del cambio acontecido, mostrar cintura para el compromiso y escuchar las demandas de la ciudadanía. En este caso naturalmente la que ha otorgado significativas mayorías al Partido Republicano.
Y por su lado bien harían los conservadores en analizar la composición de su mensaje y de su militancia y afinar sus ofertas para los dos años que restan de los cuatro en el mandato presidencial. Les va en ello la posibilidad de recuperar la Casa Blanca y, como dicen los mas ardorosos de sus militantes, hacer de Obama un Presidente de un solo mandato –como Carter, o como Bush padre-. En particular deben preguntarse si les conviene que el movimiento conocido por el evocador nombre de Tea Party, en sus variadas manifestaciones, se apodere del alma del Partido Republicano tras haber sabido infundir nueva vida al conservadurismo –cosa que por cierto merece atención y reconocimiento- y convierta la desmesura en imposible propuesta de gobernación. Todavía en las primeras horas del recuento electoral ya sabemos de los resultados mixtos de los miembros o afiliados o endosados del Tea Party: Rand Paul, de conocido historial libertario, ha ganado ampliamente en la elección para el Senado en Kentucky y Marco Rubio, hijo del exilio cubano –igual que su antecesor en el puesto, Mel Martínez- representará a Florida en la Cámara Alta. Pero Christine O´Donnell, que en tantas cosas se parece a Sarah Palin, la ex gobernadora de Alaska e impulsora principal del movimiento, no solo ha perdido su candidatura al Senado por Delaware sino que ha impedido que un republicano moderado, con buenas posibilidades para ello, ocupara el puesto que había dejado Joe Biden al acceder a la vicepresidencia. Partido Republicano y Tea Party se necesitan mutuamente. Tienen dos años para examinar la mejor manera de hacer fructíferas sus relaciones. Para intentar volver a la Casa Blanca de la única forma que los clásicos conocen: ofreciendo una solida plataforma de centro que concite adhesión y entusiasmo a una amplia mayoría del electorado.
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Embajador de España
JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas
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