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Y ahora, el funcionario

Antonio Domínguez Rey
viernes 05 de noviembre de 2010, 16:18h
Asistimos en España a un proceso de banalización casi general de los valores cívicos. Le tocó a la cultura, a la educación, al sentimiento religioso, al concepto de trabajo, a la organización familiar, al consumo indiscriminado, a la necesidad del ocio, a la función política. Y es ahora el turno del funcionario.

Cuando mugen, satisfechas, las vacas gordas, los gestores de la función pública miran al funcionario con sorna. “Eso no es plan de vida con futuro”, me decía un estudiante de ingeniería textil hace años. La ocasión eran unas oposiciones que yo preparaba para profesor de Instituto de Bachillerato. (Antes se escribía el título de esta función pública con mayúscula). Ya disponía él de una marca notable de coche, pues, aún sin concluir los estudios, realizaba trabajos de asesor para alguna empresa. Y estando en cuarto de carrera, aceptó una propuesta sustanciosa de una industria en un pueblo de los alrededores de Barcelona. En aquellos tiempos, finales de los años setenta y comienzos de los ochenta, era posible compaginar trabajo y estudios con un poco de organización y disciplina de método.

Vino tiempo después una crisis económica causada por el precio ascendente del petróleo y nos encontramos una mañana en Madrid, donde tenía novia. Iba yo un lunes temprano a coger el SEAT 850 rumbo a un pueblo de La Mancha. Charlamos unos minutos y me dijo que estaba en paro, sin haber concluido la carrera de Ingeniero. Lo primero que me espetó, a la puerta de un bar, fue que no había derecho a que unas oposiciones otorgaran trabajo permanente. En Inglaterra no sucede esto, decía. Claro, como que allí andan a lazo en procura de profesores, pues las empresas nacionales e internacionales pagan mejor a sus empleados, le repliqué. Y Francia tiene más de millón y medio de funcionarios en el extranjero, para cuidar su imagen de Estado, siempre rentable si bien se administra. Y los cuidan con esmero, añadí.

Un buen modo de banalizar la figura del funcionario es vaciar de sentido sus funciones. Y como éstas no pueden desaparecer en una sociedad bien organizada, se relativiza su cometido, la función de la función. Se crea una retórica nominal que permita reajustes continuos, rotaciones, borrado de fronteras, límites, fusión de áreas, perfiles. En el Instituto se tradujo esto convirtiendo a los profesores en comodines de la función docente.

Pero la mejor manera de desvirtuar la función pública del funcionario es incrementar su número sin necesidad alguna. Sucede esto en época de vacas flacas, con las crisis. Al escasear la oferta de trabajo por parte de empresas, industria y comercio, se recurre al político e incluso procura éste modos legales de convertir su función perentoria en permanente.

Al no justificarlo la naturaleza de las cosas, sus relaciones, propiedades, su correlación con atributos elementales y organizativos del Estado, como son la economía, el sustento diario, educación, distribución de bienes, ocio, seguridad, política, el incremento de funcionarios trivializa sus competencias.

Este fenómeno produce en España, una paradoja singular. La canalización de los modos particulares de cultura, tal como se manifiesta ahora el pasado próximo en economía, familia, religión, orden político, estructura docente, empresarial, incrementa el menos y adquiere potencia a medida que decrece el más representativo del Estado. Asistimos a una inversión. Y no porque quede en el aire el atributo. Desaparece sin que otro ejerza la atribución necesaria e imprescindible. Tal vacío resulta peligroso.

El poder se convierte en predicado casi absoluto de la función pública y sentido del Estado. La distribución de las funciones tiene como único objetivo el voto, la creación de afecto político en aras de la permanencia en el cargo. Priman las alianzas sobre el contenido real de la intención e inquietudes del ciudadano. Y ahí entra el papel de los nacionalismos históricos, los únicos capaces de otorgar sentido a su pasado reciente y remoto, es decir, una función autonómica. Por eso son ellos quienes imponen su ritmo al Gobierno y estructura a la organización del Estado. El resto se acomoda como puede en la canalización general del país.

Consecuencia de ello es la abundancia de mediadores, intermediarios, asesores, tasadores, oradores de nuevo cuño. No importa que un ministro, o ministra (el género obtiene relieve social), conseller o conselleiro, no tenga formación apropiada, de atributo. Es suficiente con que reúna condiciones de voto. Sus predicados son ahora el gesto expresivo, la oralidad vibrante, rapidez comunicativa. En una palabra, púlpito.

El rostro se iconiza. Convierte el tipo en prototipo de un área, zona, coto de influencia. Y esto requiere actitudes y destrezas retóricas, proxémicas, caldeo de partido y sindicato. El icono fonémico personaliza al oyente o telespectador. Tonos timbrados, armónicos, transiciones moduladas, graves y agudas, en contraste o implicativas, según ocasiones, pero, sobre todo, ritmo. Quien consigue uno propio de audiencia conecta con el público que es cada hombre dentro del partido, asamblea, mitin, grupo. El tono vincula con el fondo perceptivo del entorno a través de una resonancia de los individuos aforados en una causa común. Incrementa sus razones sujetivas. El receptor se individúa colectivamente. Está siendo el rostro anónimo de una voz atenta a su inscripción en el discurso. La voz tiene cara y, el rostro, palabra. Se toca el aire vibrado.

La distribución de funciones es entonces máxima en número y calidad. Asesores léxicos, de sonido e imagen, gesto, palabra y oratoria preparan el ambiente y corre por la asamblea una onda impulsiva cuya expresión hipostasia. El adjetivo es sustancia: presidente, ministro, “conseller”, “conselleiro”…, funcionario.

La palabra, ya imagen, y la imagen, fonologizada, deben resultar el icono máximo de presencia, un cuerpo vivo, un alma corporeizada. Refleja así lo que ha dado en denominarse erótica del poder. Un eros singular: deseo apasionado de sentido. Tal es el significado, amor en función erógena: hallar un sentido en medio de la masa y del concierto anónimo de la existencia.

Cuando el discurso sólo dispone de triquiñuelas formales y carece de contenido, la forma recurre a otros reclamos que eroticen la recepción pública. Y aquí entra la retórica espontánea, de lonja y mercado, con sucedáneos atributivos: léxico fácil, abultado, palabra “ómnibus”, que decía Antonio Machado traduciendo a Nietzsche, la descalificación del otro y el exabrupto, a veces injurioso. Una palabra en la que quepan todos aunque se resuma en un solo rostro o nombre. El otro interlocutor se convierte entonces, especialmente si aspira al poder, en contrincante, adversario, enemigo, usurpador, parásito…, y hasta, según las circunstancias, en dictador, tirano, vampiro social. Y pronto se agudiza el símil animal. Unos cocean, otros ladran, tienen plumas. Hay incluso quien lloriquea ante la pérdida del cargo.

La eliminación del Otro como posible alternativa de poder resulta motivo especial del discurso y de la acción distributiva del erario público. Los problemas económicos, educativos, sociales, empresariales, causados por el partido en funciones de Gobierno se atribuyen al Otro, con lo que la oposición política, el opositor público, se ve envuelto en una contraoposición por parte del mismo poder gubernamental. La democracia entra en contradicción consigo misma. Se desprotege.
Una de las tentaciones del Gobierno en tal situación es recurrir, entre otros medios, y como amparo, al incremento de la función pública. Puede echar mano de ella en el momento oportuno, pues la inversión realizada es aval de vínculo político, al tiempo que caución y seguro de crédito fácil en tiempo de crisis máxima. Te doy, te quito, pero sigues permanente, mientras el paro crece, la realidad se debilita, la retórica se hincha y la banca se ríe. Todos acuden a ella llegado el momento, funcionario, político, comerciante, empresario, turista, endeudado.

Esta facilidad de incremento de la función pública previendo recortes futuros que garanticen un presupuesto de Estado y una posible adhesión de voto más o menos cercano, contribuye también a la banalización del empleado público, como ahora se lo denomina. Y el nombre nunca es ingenuo. Si de empleados hablamos, empresa o comercio tenemos. El Estado ya es Empresa. Por tanto, contrata según quiere o necesita. El político tiene la llave y la cerradura en la mano. Ambiciona además lo que crea por si le falla la previsión y ha de abandonar el cargo. Se impone entonces la lógica de los hechos. Es mejor rentabilizar la experiencia del cargo y funcionalizar su ejercicio de algún modo. No sería rédito perder tanta experiencia acumulada en el desempeño de funciones sociales. La crisis ya no favorece puestos de compensación política como antes y además los sucesivos cambios de gobierno y legislatura van obturando los que existían. Se impone un nuevo modo de acceso y figura de funcionario.

Esta situación tiene ahora mismo voz y rostro en España. Se acicala para la ocasión. Ya no parpadea como antaño. El ritmo del párpado vibrante cuando se habla sin fundamento, desprotege el discurso. Lo ensombra de sospecha. El rostro ha de ser limpio, sin arrugas. Y si las tiene, el canon lo dicta el actor americano o el transcurso de la vida. La arruga del rostro requiere, para ser bella, curtido de cielo raso y ventisca, sol crudo de estepa, montura de piel quemada por barnices de uso y brida. Un primer plano sólo lo resiste un rostro limpio o tajado por crudezas de trashumancia. Hay, sin embargo, arrugas de colonia y química, como palabra, de crema y frasco.

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

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