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¿Resucita el capote?

José Suárez-Inclán
domingo 07 de noviembre de 2010, 19:15h
Llega noviembre, la luz comienza a desaparecer, un temporal se lleva las hojas de los árboles, el frío avanza desde el norte y se instala en la piel de toro; el inconsciente colectivo de los hombres conmemora los tiempos pavorosos en que nuestros ancestros temían la muerte de la tierra y de su savia y apela a los difuntos, ofreciéndoles flores —vida y aroma sobre la entraña fría del enigma, una memoria en la que resucitarlos— acudiendo en el rito colectivo a reclamar la vuelta de la vida. La pragmática cristiana no ignoró estos latidos de la tierra y levantó de este vendaval los huesos de los muertos para que no murieran, para hacerlos santos. Huesos de santo, buñuelos de viento. Las antiguas tortas y mandas paganas, transformadas y endulzadas en los no menos paganos pasteles cristianizados. Noviembre: los difuntos, los santos…

Los toros, siempre atentos al palpitar vital, rito y representación terrestre por excelencia, se paran asimismo tras los últimos coletazos del otoño primaveral, ante el paso inexorable del invierno que asoma. También desaparecen las luces del toreo, que entra en el silencio oscuro del mundo de las sombras y truecan la Estigia mediterránea por el charco atlántico para no extraviar el camino, para seguir fulgurando, al calor del sol y al zumbar de moscas, en el otro lado del invierno, en la primavera americana del planeta. Este silencio taurino, ayuno de fiesta, acrecienta en nuestros pueblos y ciudades el silencio simbólico del tiempo frío —fatídicamente hecho carne en estas fechas con la muerte del banderillero Adrián Gómez— y la afición nos lleva a rememorar faenas pasadas, a hacer balances y a destacar hechos de la temporada: a resucitarla en definitiva. No voy a hacer yo —muchos lo han hecho y lo harán con constatado o presumible acierto— mi particular repaso, con sus memorias floridas y sus melancólicos olvidos, pero sí quisiera volver la mirada hacia un percal que desde hace tiempo me revolotea: me refiero a la capa. Al capote torero resucitado.

Desde aquellos toreros de patilla y madroñeras, redecilla y puro, con capa al hombro, que pusiera Goya en el paseíllo de la pintura, hasta aquellos que entran en alta definición por el salón de casa, el flote minucioso de los pelos del flequillo, lenta la gota de sudor en el balcón de la nariz, desde las cámaras de Digital +, ha pasado el capote por ciclos de altibajos, de la pasión desbordada al ignorado desprecio.

Parece ser que en las últimas décadas el toreo de capa era considerado, hasta hace nada, como una suerte menor en el toreo, una especie de trámite más o menos vistoso en beneficio de la muleta, reina y señora del último tercio y llave de los billetes de la lidia moderna. Los amantes del capote y sus suertes no lo hemos tenido fácil. Pareciera que el capote, sin desprenderse del todo de su origen, se hubiera quedado perdido por las veredas del toreo romántico, que son las veredas perdidas por las que siempre se encuentra el toreo. Es cierto que según se van puliendo las cosas el amplio percal deja paso a la franela corta y sedosa, que hay menos espacio para el engaño, pero es igualmente cierto que cuando el toro embiste al capote lo hace de salida, con todas sus cualidades y su fiereza intacta, o al quitarlo del caballo, cuando la puya aún no ha desgranado todo su efecto.

Los que no vimos quebrarse a Belmonte en su media, ni abrasarse con el toro en la tela a La Serna, echar la capa atrás a Gaona, iluminar la noche a Cagancho, girar por bulerías a Chicuelo, alargar la alegría del tiempo a Pepín Martín Vázquez o a los hermanos Vega de los Reyes, llenar el mundo de sombreros a los pies de Manolete, iniciarse un murmullo cósmico tras un tercio de quites entre El Andaluz y Manolo Escudero, fantasear en tierras calientes —Valle-Inclán dixit— a Silverio, a Ortiz, a Armillita… jugar a la gracia divina a Pepe Luis; los que nos iniciamos aún niños con el capote empacado de Ordóñez, con la cabecita de Manolo Vázquez asomando por el pajareo de su esclavina y con los regocijos de Bienvenida, seguimos soñando con vuelos de tela rosa.

Tuvimos suerte. En las décadas doradas de los 60 a los 80 ardió la arena con las chicuelinas de Camino (que eran las de Manolo González), las pellizcadas de Diego Puerta, las que irrumpían con la apostura barroca de Manzanares, y las que volvían de sobaquina con Manolo Vázquez de nuevo. Tuvimos suerte con la media verónica con que Antoñete aposentó una columna en Las Ventas, con el capotillo inmenso e imposible del gran Curro Romero, el son pausado y paciente de Manolo Martínez, con las líneas clásicas, escépticas o trágicas, que dibujaron Bernadó o El Inclusero, con la elegancia melancólica de Manolo Cortés y el compás pausado de Curro Vázquez, con el buen veroniqueo de Ortega Cano y de Robles, con los destellos salineros de Galloso y el silencio vertical de Ojeda. Tuvimos suerte, tanta suerte que un día surgió de la nada, de un rincón perdido y misterios del sur, el capote de Rafael de Paula con un quite tan mágico, tan asombroso, que se agotaron las palabras de la afición. Bajó del cielo al infierno el capote del gitano, subió del infierno al cielo. Muchas veces, las suficientes. Más de las que se han dicho. En muchas plazas: de primera, de segunda, de tercera, en el campo… Torero de toreros, capote de capotes, Rafael ha sido lo inefable, místico y dionisíaco, poesía del toreo hecha carne y viento, alma y dolor de una época. Al aire de su asombrosa irrupción aún se movieron los capotes de Pepe Luis hijo, de Cepeda, de Aparicio, de Finito de Córdoba, como asombradas sombras de un prodigio. Y tras aquellas sombras dulces la luz de Joselito, madrileña y mexicana, clásica, alegre y trágica. Poca cosa ocurrió después: dibujos caligráficos de Ponce, muchas chicuelinas estáticas de muchos y el alborozo americano y variado del Juli. Y en esto, tras unos años de sequía, llegó como en tormenta, con la memoria paulista encendida, Morante de la Puebla. Llegó a devolver el capote a su sitio, al espacio romántico que confunde la realidad y el sueño, que es el espacio romántico —un espacio temporal— del toreo. Porque el toreo es arte romántica o no es. Y el capote de Morante ha vuelto a ser —ha devuelto a su ser— el arte romántico —y clásico— del toreo. Y al vuelo mágico de este capote parece que se hubiera esponjado, llenado de garbo y pausa, de profundidad, el del Juli, hubiera resucitado el de Ordóñez en Cayetano, se fuera adensando el de Manzanares hijo, se reposara el del Fandi, reaparecieran el de Pauloba y Juan Mora, se enrabietara el de Luque, se afilaran los de Castella, Perera, El Cid y Talavante, y encontrara la curva desde su duelo vertical el de José Tomás.

Hoy, en esta sombra silenciosa de noviembre, me pareciera que bulle más de un capote pidiendo resurrección. ¿Tendremos suerte?
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