Vascos razonantes
jueves 11 de noviembre de 2010, 10:34h
Como un buen unamuniano que era, a don José Miguel de Azaola, le gustaba expresar su pensamiento de forma, que podríamos llamar paradójica. Así si reflexionaba sobre la descentralización, no se limitaba a exponer las ventajas de esta forma política sino que insistía en los inconvenientes de su contrario, esto es, la centralización, que ejemplificaba tan gráficamente como podía. La democracia descentralizada es la democracia del detalle que fomenta la participación de los ciudadanos que conocen lo que les conviene y pueden controlar en la cercanía a quien les gobierna. Pero la afirmación de la descentralización regional exige acabar con el centralismo , sistema en el que el Estado absorbe las energías de la sociedad que se siente más que protegida asfixiada por el poder político. Para Azaola este sistema inspiraba los modelos del Estado unitario francés o español, representados arquetípicamente por sus respectivas capitales, París y Madrid, tan semejantes en tantas cosas.
Azaola fue una figura bien atractiva, un intelectual de fuste. Perteneció como elemento central a una generación de pensadores y creadores vascos, alrededor de los años sesenta del pasado siglo, que trabajando en buena medida a la intemperie , esto es sin apoyo institucional alguno, consecuencia sobre todo de la carencia de Universidad, han dejado un legado reflexivo sobre la identidad del País Vasco y su inserción en España, de la mayor importancia. En este grupo de vascos razonantes, por utilizar una expresión que tanto nos gusta a Antonio Elorza y a mí, cada uno de ellos, eso sí, con parecida altura, asumió un determinado papel, desempeñando su especialidad respectiva: Julio Caro Baroja, la antropología, Koldo Michelena, la lingüística, Ignacio Arocena, la historia, José de Arteche, el ensayismo o José Miguel de Azaola, los estudios de la descentralización regional. Se trataba de un conjunto de profesionales en estrecha relación: de hecho en sus respectivas publicaciones son numerosas las referencias que hacen a los trabajos o las posiciones de los demás. Por ejemplo José de Arteche en su De Berceo a Santamaría, dedica alguna viñeta a los integrantes del grupo: así informa de que Azaola estaba escribiendo una novela existencialista, o da cuenta de los estudios historiográficos de Arocena, a quien de otro lado veía todos los días, pues mientras Arteche era bibliotecario de la Diputación de Guipúzcoa, don Ignacio profesaba como archivero de la provincia. Azaola construye en buena medida su Vasconia como un diálogo con sus compañeros de generación a los que recurre cuando se incursiona en dominios, como puede ser la lingüística vasca o la historia, que no domina totalmente. Este grupo, de otro lado, veía amplificado su eco en la sociedad vasca a través de su influencia en un círculo de personas más jóvenes y pertenecientes asimismo a diversas profesiones, en el campo de la docencia o la investigación, es el caso de Agud Querol, profesor de griego del Instituto Conde de Peñaflorida de San Sebastián, o Juan Ignacio Tellechea, estudioso bien reconocido del mundo espiritual de los Austrias, etc . Pero no muy lejano a este grupo de intelectuales, conectado a este núcleo, como halo o corteza del mismo, podría relacionarse a gentes como Paulino Garagorri, Antonio Beristain, etc. En su intervención en el curso sobre Pensamiento Político Vasco en la Universidad de este verano donostiarra, José Lázaro además de ofrecernos una conferencia estupenda sobre el escritor y psiquiatra Luis Martín Santos proyectó una película en la que aparece todo ese corro del que estamos hablando reunidos, creo, en Itzea (el caserío que la familia Baroja tenía en Vera de Bidasoa) por un Julio Caro, casi juvenil y con atuendo informal, en mangas de camisa vaya. En el grupo en el que asoma un bien reconocible Aita Barandiarán, con sotana como no podía ser menos, se ve a un figurante con manifiesta voluntad de pose que lleva al cuello lo que debe ser algún aparato de fotografía y que identificamos como Carlos Castilla del Pino.
Es curioso, según hicieron notar Maite Echenique y Joseba Arregi, como este grupo sin instrumento institucional alguno, se hizo sentir en la sociedad de su tiempo, ejerciendo una influencia que por ejemplo hoy no cabría atribuir a sector intelectual alguno, a pesar de los medios con que pudiese contar. Este conjunto de intelectuales ejercía una rectoría indudable con la base exclusiva de la competencia profesional y la ejemplaridad de una dedicación a la comunidad, según una disposición vital que en un caso que les recuerda, como son los caballeritos de Azcoitia, se podría denominar con toda propiedad patriotismo. Llamativamente esta colección de personalidades no se movía en una estela nacionalista, salvo en el caso de Michelena. Su vasquismo indubitable se acogía a un espectro ideológico más amplio, que se preocupaba por la situación del País Vasco en España, según planteamientos que se entenderían más bien como manifestaciones del fuerismo, fuesen cuales fuesen las concreciones de esta actitud…
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Catedrático
Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.
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